Discos. Charli xcx y lo que deja su Music, Fashion, Film: el desorden, el lugar más honesto para habitar
La cantante británica sacude el orbe pop con una obra profunda y despreocupada al mismo tiempo, que sucede al torbellino de brat, su antecesor.
Las esquirlas del verde lima todavía están en el aire. No hace tanto que el mundo entero (desde Kamala Harris hasta el Deutsche Bank) decidió que ser una “mocosa” malcriada era la única respuesta posible al agotamiento existencial de la década. Charli xcx, esa petisa de pelo indomable y mohines de “me importa NADA lo que pienses de mí”, acababa de resetear el pop global con brat (2024), una toma de posición en favor del agite de noches salvajes y el rímel corrido. Pero, fiel a su naturaleza de experimentalista descarada, la británica no se quedó a disfrutar de las mieles del estrellato convencional. En lugar de eso, decidió que la pista de baile estaba muerta y que era hora de prender fuego a su propia caricatura.
Hace unos días llegó Music, Fashion, Film, su séptimo álbum de estudio. Y si brat era un hedonismo narcótico diseñado para el Boiler Room, esta nueva obra es un giro analógico, sobrio y profundamente meta sobre lo que significa ser una estrella en la era de la hiper-exposición. A sus 33 años, Charlotte Aitchison nos entrega un memento mori (un recordatorio de finitud) de 30 minutos y 5 segundos que se siente como un vistazo (a veces incómodo, siempre brillante) detrás del telón de la fama.
Charli xcx, una curadora precisa
La primera señal de que Charli estaba por hacer pito catalán a las convenciones fue la tapa. En un blanco y negro granulado, la cantante reúne a John Cale, Marc Jacobs y Martin Scorsese en lo que parece la cocina de una casa. Es una imagen icónica y provocadora que ya levantó polvareda en redes: ¿por qué solo hombres para representar la Música, la Moda y el Cine? Pero Charli, que se hizo de abajo desde los tiempos de MySpace y MSN Messenger, sabe perfectamente lo que está haciendo.
Al rodearse de estas leyendas de la maquinaria de la fama, se posiciona no solo como una estrella de pop, sino como una curadora de la cultura misma.
Este álbum no es una secuela de brat, es su polo opuesto. Mientras que su disco anterior era directo, espontáneo y “crónicamente conectado a internet”, Music, Fashion, Film es una reflexión profunda sobre el proceso y sobre cómo su vida cambió bajo el peso del éxito masivo.
Como ella misma le dijo a Rolling Stone, no hay gratitud creativa en hacer lo mismo dos veces. Por eso, junto a sus colaboradores de siempre, A.G. Cook y Finn Keane, ha sofocado el sonido de club para abrazar un rock de guitarras que suena deliberadamente a insinuaciones de canciones. O a partes de una, a esbozos.
Rock Music, primer corte, fue interpretado por muchos como un dedo medio a los nuevos fans que se subieron al tren del brat summer. Con guitarras que zumban en baja fidelidad, Charli arrastra “Creo que la pista de baile está muerta... así que ahora estamos haciendo música rock”.
Es un gesto de estética “hazlo tú mismo” impensable en una Taylor Swift o una Dua Lipa. No es un álbum de rock en el sentido clásico; es un álbum de Charli xcx jugando con la idea de la autenticidad.
Niveles magistrales de sátira
En Wink Wink, la sátira alcanza niveles magistrales. Con un aire a los franceses The Teenagers, Charli juega con los estereotipos que le cuelgan: la chica mala, la mujer fatal y, ahora, la parodia de la esposa tradicional (tradwife). “Tal vez me curtí a tu padre / Mentira, solo lo digo por el efecto”, canta con un guiño literal al oyente.
Es una artista que entiende que, en 2026, la identidad es un bien de consumo, algo que se compra y se vende en una pasarela que va directo al infierno.
Pero no todo es ironía y desprecio por lo barroco. Debajo de las capas de cinismo, Music, Fashion, Film esconde momentos de una honestidad brutal, de esa que conecta con la Generación Z por su falta de filtros. I’m Afraid es, quizás, el punto más alto de este desnudo emocional.
Sobre guitarras que recuerdan al MTV Unplugged de Nirvana o a los Pixies, Charli expulsa ansiedades sobre su reciente matrimonio con George Daniel (baterista de The 1975) y traumas infantiles vinculados a su padre. “Todo este dolor me hace creer que soy una mejor artista ahora/ Una excusa que me digo para actuar egoístamente”, admite allí.
También hay espacio para la gratitud. Magic Metal Montana es una carta de amor platónico a A.G. Cook, el arquitecto de su sonido. “No hablamos, hacemos música, así hablamos nosotros”, canta sobre un fondo de guitarras que evocan a los primeros Strokes. Es un recordatorio de que, a pesar de lo conseguido y su resonancia, Charli sigue siendo esa chica que pedía plata a sus padres a los 14 para publicar su debut.
En cortes como Camera, explora su nueva ambición por la actuación y se pregunta si es “estúpida” por querer ser una “chica en la pantalla” a los 34 años.
La canción se transforma en una rapsodia celestial que sugiere que actuar es, probablemente, la única forma de no sentirse ella misma, aunque paradójicamente el público la perciba como “más Charli” que nunca.
Un mentor inesperado
Pero el verdadero golpe de efecto, el que eleva este trabajo por encima de un simple cambio de género, es la participación del director David Cronenberg. El maestro del body horror cierra el álbum con un monólogo en No One Lasts Forever, donde reflexiona sobre la finitud del artista frente a la inmortalidad de la obra.
Como analiza Variety, la voz de Cronenberg repitiendo que “nadie dura para siempre” y que “el olvido es libertad” funciona como un mantra liberador para una Charli que se siente observada a través de un espejo de doble vía.
Cronenberg, a sus 83 años, le habla como un mentor, asegurándole que, aunque el arte sobreviva miles de años, para el artista que ya no está, eso no tiene sentido experiencial.
Esta colaboración no es un mero adorno para justificar el título del álbum. Es el núcleo emocional de Music, Fashion, Film.
Charli, que siempre ha entendido el pop como una conversación entre mundos y fachadas, utiliza las palabras del director de Crash para aceptar que las fantasías de estrellato no son reales, pero los sentimientos que provocan sí lo son.
El disco se convierte así en un objeto macabro pero lleno de una “libertad nihilista”: si nada es eterno, no tiene sentido perder el tiempo preocupándose por el legado; simplemente hay que “hacer la maldita cosa”.
Entonces, Charli nos regala un disco que nos hace pensar y nos desafía a sentir, recordándonos que, pese al fin del brat summer, el desorden sigue siendo el lugar más honesto para habitar.
Entre el guiño irónico y la crudeza de una guitarra chirriante, la británica nos dice que la libertad consiste en poder cambiar de opinión y de piel tantas veces como sea necesario.
A fin de cuentas, si nadie dura para siempre, lo único que queda es el ruido hermoso que hacemos mientras estamos aquí.



