
Shakira, sobre su show en Copacabana ante dos millones de personas: Fue inolvidable y escalofriante
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Redacción La Voz
La justicia, a veces, parece tener el pulso de un guionista de suspenso. Mientras el Tribunal Superior de Madrid dictaminaba la absolución de Shakira en una causa por fraude fiscal, y le devolvía no solo la honra sino una cifra astronómica de 60 millones de euros, Flow mantiene en su menú a Celeste.
No es una coincidencia menor: la serie española funciona como un espejo deformante –y extrañamente preciso– de la persecución estatal que la barranquillera denunció durante casi una década.
El fallo judicial que beneficia a la intérprete de Hips Don’t Lie se centra en una victoria de la matemática sobre la presunción. La Agencia Tributaria española sostenía que en 2011 Shakira ya era residente fiscal en el país, debido a su relación con Gerard Piqué. Sin embargo, la ley es fría: para ser contribuyente, se deben pasar más de 183 días en territorio español. Hacienda solo pudo demostrar 163 días.
Esos 20 días de diferencia representan hoy una de las mayores derrotas para el fisco español, que deberá reembolsar a la artista las multas y los intereses cobrados indebidamente.
Para José Luis Prada, el abogado de la cantante, este desenlace pone fin a un “calvario de ocho años” marcado por la falta de rigor administrativo. Pero más allá de los tribunales, este fenómeno de “caza de brujas” contra celebridades –que ya alcanzó a Messi y a Cristiano Ronaldo– ha encontrado en la ficción su narrativa definitiva.
Aquí es donde entra en escena Sara Santano, el personaje central de Celeste. Interpretada por una Carmen Machi que maneja con maestría el microgesto y la gesticulación extrema, Sara no es la heroína convencional de una serie de acción. Es una gris inspectora de Hacienda, una funcionaria al borde de la jubilación que decide convertir su último caso en una cruzada personal.
Su objetivo es la Celeste del título (Andrea Bayardo), una megaestrella latina que, para Sara, no es una persona, sino un “concepto” que debe ser capturado y transformado en un número dentro de un expediente.
La serie, creada por Diego San José y dirigida por Elena Trapé, se autodefine con ironía como un “thriller tributario”, pero en el fondo es una exploración sobre la soledad y la persistencia de una mujer que ama su trabajo, aunque eso signifique ser la villana en la historia de los demás.
La retórica de la serie es inquietante por su cercanía con la realidad. En la ficción, al igual que en el caso de Shakira, la trama gira en torno a demostrar la residencia de la estrella para obligarla a tributar. Lo que Celeste propone es una reflexión sobre si el fin justifica los medios. Sara Santano es descrita como una “Terminator”, una mujer “perra y bicha” que utiliza toda la maquinaria del Estado para cazar a su presa.
Esta figura de la “inspectora obsesionada” dialoga directamente con la defensa de Shakira, quien siempre sostuvo que "nunca hubo fraude" y que fue víctima de una presión injustificada.
En la serie, el espectador se encuentra en una encrucijada moral: admira la tenacidad de la funcionaria, pero teme la frialdad con la que el Estado puede escrutar la vida privada de un individuo para cumplir sus metas recaudatorias.
Con seis episodios de 30 minutos, Celeste no tiene ni un minuto de relleno. Es una comedia que sabe mutar a drama, sostenida por un guion que los críticos califican como “uno de los mejor rimados de los últimos años”.
Celeste pervierte su propia premisa: no se trata del glamour de las giras mundiales de la estrella, sino del silencio de las oficinas donde se decide el destino financiero de los íconos populares.
El caso real de Shakira también tiene sus matices oscuros, como el acuerdo alcanzado en 2023 por otros periodos fiscales y su mención en los “Paradise Papers”.
Sin embargo, la absolución reciente refuerza la tesis de la realización: en la guerra entre el fisco y la fama, la verdad suele estar escondida en los detalles más ínfimos, en esos 163 días que no llegaron a ser 183.
En definitiva, mientras Shakira recupera sus millones y cierra un capítulo amargo, los espectadores podrán ver en Celeste la otra cara de la moneda: la de quienes, desde una oficina, intentan demostrar que ni siquiera las diosas del pop pueden escapar a la implacable lógica de una declaración jurada.