Moda. Nicolás Zaffora, del monasterio a la moda: El error es un facilitador del aprendizaje
El sastre, galardonado con un premio Martín Fierro de la Moda por su distintivo enfoque, revela el impacto de un pasado complejo y una filosofía de aprendizaje constante a través del error.
A fines de abril, durante la entrega de los premios Martín Fierro de la Moda, Nicolás Zaffora recibió el premio al mejor diseñador de moda masculina. La imagen parecía encajar con el relato clásico del éxito profesional: años de trabajo, crecimiento y una meta finalmente alcanzada, pero él no lo vivió de esa manera.

Para Zaffora, el galardón significó la confirmación de una forma de trabajar y de entender el oficio muy propia, una mirada forjada a través de una historia personal marcada por experiencias extremas.
Detrás de la precisión de sus tijeras y la distinción de sus prendas, Zaffora lleva consigo un pasado marcado por la tragedia de la dictadura argentina, la austeridad del claustro y una resiliencia que bordea lo milagroso.
En 1977, con apenas 15 meses de vida, sus padres (militantes de la organización Montoneros) fueron secuestrados y desaparecidos. En ese entonces, la crianza de Nicolás quedó en manos de un abuelo militar, quien lo formó bajo una disciplina rígida que culminó en el Liceo General San Martín.
Pero el destino de Nicolás no estaba en el cuartel. En ese momento, el actual sastre se inició en un camino de búsqueda espiritual que lo llevaría, paradójicamente, a encontrar su oficio entre las sombras de un monasterio.
El aprendizaje del silencio y la obediencia
Durante 10 años, Zaffora vivió en un monasterio, una experiencia que, según relata, le dejó más secuelas que recuerdos positivos. Fue allí cuando, no por vocación sino por regla, recibió el encargo de comenzar a confeccionar las sotanas, porque comprarlas resultaba muy costoso.
“Todo comenzó por obediencia. Mi superior me dijo que tenía que hacer las sotanas, y le obedecí. Como no sabía cómo hacerlo, busqué a alguien que me enseñara el oficio dentro del monasterio, pero no había maestro de eso. Entonces fui a buscar a otros lados”, precisa en diálogo con La Voz.
Esa búsqueda lo condujo a Natalio, un hombre de fe que se convirtió en su primer mentor y que hoy sigue siendo su amigo. Zaffora recuerda haber salido del monasterio vistiendo su sotana y rezando el rosario, golpeando puertas en galerías humildes para pedir ser discípulo de alguien.
"Imaginate a un joven de 20 años, con 1,90 metros de altura, de sotana, y golpeando puertas de galerías para pedirle a gente que hacía ruedos de jeans que me dejaran ser su discípulo", evoca durante la charla.
Con Natalio como guía, Nicolás no aprendió la alta costura que hoy practica, sino los rudimentos. “Mi tarea era confeccionar trapos para gente que no se mira al espejo", explica.
Descubrir un nuevo mundo
A los 21 años, por varios motivos, Nicolás decidió abandonar la vida religiosa. Pero la salida no fue fácil. Al cruzar las puertas del monasterio, se encontró con un mundo que le resultaba totalmente ajeno, como si hubiera “cambiado de planeta”, compara en la charla.
“La experiencia religiosa para mí fue muy traumática, por el formato que tenían en ese lugar. No estoy en contra de la vida religiosa que plantea la Iglesia católica, ni de ninguna otra religión, pero en ese lugar había matices nocivos y tóxicos. Como ese lugar ya se disolvió, entonces puedo hablar un poco más libremente. Pero cuando me fui, me fui internamente roto y lacerado. Había castigos físicos, morales y psicológicos también. Era bastante duro y áspero el ambiente en el que estábamos", cuenta.
Sin dinero, sin familia –salvo su hermana– y sin un rumbo claro, pasó cinco años intentando entender cómo habitar su nueva realidad.
–Siendo que de tu vida en el monasterio no tenés los mejores recuerdos, ¿cómo lograste separar emocionalmente el oficio de ese trauma?
–Eso me llevó un tiempo de recuperación, y no sé si me recuperé. Tan normal no quedé (bromea entre risas). Es un trabajo de superación que hice, hago y seguiré haciendo. Cuando me fui, el mundo se sintió como un cambio de planeta para mí. Estaba como recién llegado al mundo, sin una estructura familiar como contención.
Fue tras ese lustro de trabajo interno que le surgió realizarse una pregunta fundamental: "¿Qué sé hacer y qué hago con eso?", se cuestionó, y la respuesta estaba en sus manos.
Nicolás comenzó haciendo arreglos para amigos y esas pequeñas transacciones fueron la semilla de lo que hoy, 16 años después, es una marca consolidada de sastrería de primer nivel.

El método Zaffora
Como ya contamos, el premio Martín Fierro para Zaffora no fue solo un trofeo, sino la validación de un sistema de trabajo. Un método subjetivo que equilibra el esfuerzo, el aprendizaje y el valor del error como facilitador del conocimiento.
“Mi más profunda filosofía es que siempre estoy en tránsito. Siempre estoy aprendiendo para mejorar. No me pongo metas a las cuales llegar, nunca llego, siempre estoy caminando. Ese es el núcleo de mi método”, dice, y sigue: “Para mí, el error es un facilitador del aprendizaje. Errar para mí es una oportunidad para aprender, ese es el valor positivo del error. Me detengo a ver qué hice, qué tengo que volver a aprender o qué tengo que mejorar. Lo encuentro y modifico”.
“Un premio merece la felicidad, pero no corro detrás de ellos porque me dan un shock de dopamina, que reconozco es lindo sentir de vez en cuando. Mi camino es seguir aprendiendo todos los días, mejorando y tratando de ser mejor todos los días", explica.

–¿Te definirías entonces como un diseñador en constante transformación?
–Te lo diría más amplio, soy un humano en constante transformación.
El lujo de lo artesanal
Frente a la inteligencia artificial y la serialización industrial, muchos sostiene que el trabajo artesanal adquiere una relevancia mayor, y el diseñador adhiere a esta concepción.
Ante el avance avasallante de la industria textil China en el mundo, el contenido experiencial y el esfuerzo humano que conlleva una prenda hecha a mano es, para él, un verdadero lujo.
“A mí me pasa que no me detengo a ver videos creados con IA. Al minuto de escuchar el texto, me doy cuenta y lo cambio. No quiero ese contenido, quiero el contenido experiencial de un humano. Y pienso que no debo ser el único al que le pasa esto. A lo que voy es que todo lo que tenga talento detrás, esfuerzo, superación y una calidad significativa, siempre va a estar presente”, analiza.

–Te escuché decir que el mayor enemigo de lo artesanal es el desconocimiento. ¿Me desarrollás un poco esta idea?
–¿Quiénes vendían ropa antes de la revolución industrial? Sastrerías y modistos. No existían las marcas, ni la industria. Todos eran talleres de artesanos y se hacía a mano, aunque de diferentes calidades. Por eso había diseñadores muy conocidos, y después sastres y modistos de barrio más modestos. Hoy, con el avance de la industria, los artesanos que quedamos trabajando con estos métodos renacentistas somos la minoría. Somos proveedores de nicho que no tenemos los micrófonos ni la chequera infinita de los grandes grupos o marcas. Entonces, lo que hacemos no es tan difundido. Eso, acumulado a lo largo de muchas generaciones, es ignorancia popular. Es conocimiento no adquirido, es un saber general de otra época, no de la actual. Y ese es nuestro principal enemigo.

Vestirse como un acto de comportamiento
Para Nicolás, vestirse es comportamiento: “Es un error pensar que vestirse es moda. La moda es por temporada, algunos cambios de matices en colores, y cambios epidérmicos superficiales, pero vestirse es algo más profundo”.
En este sentido, la ropa es una herramienta de comunicación no verbal y, en su rubro, identifica que muchos hombres aún no comprenden del todo este concepto.
“Los hombres, por algún tipo de sesgo cognitivo, despreciamos el vestir. El 80% de los hombres no se visten, se cubren por las inclemencias del clima”, apunta.
Zaffora sostiene que la ropa habla a 100 metros de distancia. Comunica educación, estatus y competencia, incluso antes de que el hombre pronuncie una palabra. Según su visión, la "hiperindividualización" del siglo 21 dejó a su género “mareado”, sin la seguridad de herramientas de representación que antes daban los uniformes institucionales.
“Alcanza con ponerse una chaqueta. No estoy hablando de un traje, ni siquiera de un blazer, estoy hablando de una campera de cuero, una segunda capa, una chaqueta canchera, algo que cubra, dos capas siempre es mejor que una. A la noche, siempre usar dos capas”, recomienda.
Hoy, en su atelier, Nicolás busca ofrecer soluciones que hagan al hombre sentirse "apropiado, agradable y distinguido". Su propuesta combina la sastrería clásica con prendas cancheras para el día a día, como chaquetas bomber o pantalones chinos.
“Acá, los hombres que vengan con inquietudes de vestir mejor se van con todas las soluciones, no solo teóricas, sino concretas”, promete.

