Punto de vista. Lali y la pregunta que ya no tiene sentido: ¿quién va a reemplazar a los grandes?
El Indio, Cerati, La Negra Sosa o Luca Prodan son irrepetibles, y está bien que así sea. La pregunta no es quién los reemplaza, sino si somos capaces de reconocer a los nuevos ídolos cuando los tenemos enfrente.
Cada vez que muere un grande, o cada vez que el tiempo los aleja un poco más, aparece la misma pregunta. ¿Quién va a venir a llenar ese lugar? ¿Quién va a ser el próximo Indio Solari, Gustavo Cerati, la próxima Mercedes Sosa, el próximo Luca Prodan? La pregunta tiene buenas intenciones, pero está mal formulada y vale la pena detenerse a pensar por qué.

Los ídolos no nacen en el vacío, se construyen en contextos específicos, en fricciones históricas particulares, en momentos que no se repiten. Cerati fue Cerati porque existió el rock argentino de los ochenta, porque hubo una generación que necesitaba exactamente lo que él tenía para dar, en el momento exacto en que lo tenía para dar. La Negra Sosa fue lo que fue porque el folklore atravesó dictaduras y resistencias, y ella se convirtió en el cuerpo y la voz de todo eso. El Indio Solari fue el Indio porque Los Redondos fueron una contracultura antes de ser un fenómeno masivo y porque él habló cuando había cosas muy concretas sobre las que había que hablar.
Esos zapatos no están vacíos. Están llenos, y lo van a seguir estando, porque la música no muere con quien la hizo. Los fanáticos del Indio pueden vivir a través de su música hoy, mañana y dentro de cincuenta años. Eso es la prueba de que el arte verdadero no tiene fecha de vencimiento. Esperar que llegue alguien a ocupar ese lugar es, además de inútil, una forma de no ver lo que está pasando delante de nuestros ojos.
El error de mirar hacia atrás para ver hacia adelante
Hay una trampa generacional en esta forma de pensar. Quienes crecieron con ciertos ídolos tienden a medir a los nuevos con la vara de los que ya conocen, y esa vara casi siempre resulta demasiado alta o demasiado equivocada. Los nuevos ídolos no les hablan a quienes ya tienen los suyos, les hablan a las generaciones que están creciendo ahora, con sus propias problemáticas, sus propios contextos y sus propias necesidades.
Pensar que esta época está acéfala de figuras que generen pensamiento, que acompañen, que propongan algo más que entretenimiento, es otro error. Están, pero hay que saber mirar. Y sobre todo, hay que estar dispuesto a reconocerlos aunque no suenen como lo que uno esperaba.
Lali y la lógica rota del silencio
Lali Espósito es, en este momento, uno de los casos más elocuentes de lo que significa construir un ídolo contemporáneo. No llegó de arriba: llegó de apostar todo, literalmente, a un proyecto musical que al principio no tenía el respaldo de nadie. Puso en juego sus ahorros, ignoró los consejos de quienes le decían que ese no era su camino y siguió. Llenó estadios Vélez. Después se convirtió en la segunda mujer en llenar dos noches seguidas el Monumental de River.

Pero lo que hace a Lali un caso interesante no es solo la escala de sus logros, es lo que hizo con su plataforma mientras los acumulaba. Le aconsejaron que no hablara, que no opinara, que no dijera lo que piensa sobre temas sensibles, porque eso podía espantar fanáticos y afectar números. Lali hizo exactamente lo contrario: opinó, se posicionó, le hizo frente al Presidente de la Nación, y aun así llenó dos River Plate.
Eso rompe una lógica que la industria repite como si fuera una verdad inamovible: la lógica del silencio conveniente, del artista que se cuida de no incomodar a nadie para maximizar su alcance. Emilia Mernes, por poner un ejemplo, tuvo que mirar fuera de cámara ante una pregunta sobre la realidad del país, buscando que alguien le indicara cómo no responder. El contraste con Lali es tan grande que no necesita comentario.
El Indio como espejo
El Indio Solari no era un hombre de muchas entrevistas. Pero cada vez que hablaba, dejaba algo picando. Se posicionó políticamente, incomodó, generó debate. Y cuando llegó el momento de su despedida, el pueblo argentino se unió para darle un último adiós que trascendió generaciones, estilos musicales y pertenencias políticas. Porque los ídolos verdaderos, cuando lo son de verdad, terminan trascendiendo cualquier barrera.

Lali está en ese camino. No porque sea Cerati, ni porque sea el Indio, ni porque sea nadie más que ella misma. Sino porque está haciendo lo que hacen los que trascienden: construir desde la autenticidad, sin pedirle permiso a la industria, y usar la voz cuando hay algo que decir.
Los zapatos de los grandes no se llenan. Pero al lado de esos zapatos, hay lugar para otros. Y a veces, si uno se corre un poco de la nostalgia, puede ver que ya están puestos.

