Opinión. La trampa del arte como ascenso social: qué preguntas nos deja la película Un poeta
En la película colombiana, un profesor descubre el talento poético de una alumna. Se cuestiona, así, el arte como herramienta de movilidad social.
Así como la vida profesional y el ocio, el arte ha aceptado el mandato de la productividad. Se asume que las inclinaciones artísticas deben ser explotadas, preferentemente ante las instituciones que pueden dar algo de dinero a cambio. Un poeta (2025) resulta un filme excepcional que pone en tensión esas variables desde una de las ramas aparentemente menos redituables del arte: la poesía.
En esta película colombiana, dirigida por Simón Mesa Soto y disponible en HBO Max, se cuenta el calamitoso presente de Óscar Restrepo. Es un hombre adulto con poemarios publicados hace tiempo y al que los colegas le tienen el poco respeto que no le tiene su propia familia. No aspira a tener trabajo, es alcohólico y su hija adolescente lo mira con vergüenza en las pocas ocasiones que se encuentran.
Las circunstancias lo obligan a trabajar como profesor en una escuela donde tiene como alumna a Yurlady, una quinceañera con gran talento para la poesía. Ese descubrimiento le da un propósito: lograr que su alumna salga de su contexto vulnerable a través de una carrera literaria.
Gracias a esa obsesión del protagonista, la película despliega ideas complejas y verdaderamente tensionantes sobre el posible uso de la poesía como vía de ascenso social.
Artista obediente
En el filme, la joven promesa de la poesía es obligada a entrar en el circuito institucional del arte: premios, becas, estímulos, clases y elegantes ceremonias con canilla libre.
El retrato que Un poeta hace de este circuito encierra una crítica muy sutil. Aparecen los filántropos europeos que ponen el dinero y llegan al país latinoamericano a buscar un tipo de arte en particular: ese que habla de racismo, machismo, exclusión y pobreza. Quieren la confirmación de sus prejuicios y el relato del sobreviviente que se abre paso verso a verso.
Surge así la pregunta por los sentidos que asume el arte cuando se lo propone como salida para quienes viven en contextos vulnerables.
Cuando se disponen políticas públicas de promoción, cuando el interés está puesto en ofrecer colectivamente las condiciones necesarias para quien quiera tomarlas, el arte se vuelve una herramienta. La poesía, por ejemplo, asumiría el papel de abrir a nuevas experiencias humanas como un fin en sí mismo.
El escenario es bastante diferente cuando intervienen esos circuitos dirigidos a un sector definido de la población, dirección que termina siendo una confirmación de sesgos. Rozando la exigencia, se espera que los poetas de las villas hagan poesía villera, que las mujeres violentadas denuncien a sus agresores con metáforas, que el oprimido elabore una estética de la opresión para hacer todo más digerible y elegante.
Adiós a la libertad creadora.
Condición de posibilidad
A partir de este año, Irlanda ejecuta el programa Basic Income for the Arts, que dispone un estipendio mensual y permanente para todos los artistas de su país, con el objetivo de resolver la inestabilidad de ingresos habitual del sector. No exige cumplir con un número de obras y no interfiere con otros trabajos o beneficios sociales: solo se espera que el artista sea artista.
Cuando Óscar de Un poeta le insiste a su alumna para que se presente a un concurso de poesía, asume la lógica del arte como ascenso social, como último salvavidas destinado a unos pocos. Esta lógica atenta contra la libertad de la que parte cualquier creación artística y se desprende del avasallamiento de la productividad sobre la posibilidad.
Mientras el arte como vehículo de ascenso social sigue la lógica de lo rentable y la meritocracia individual y aislada, la lógica de la posibilidad presenta al arte como una herramienta dispuesta colectivamente para quien desee tomarla y expresar algo o nada de la existencia humana.

