Recomendada. “Rooster”, una serie que explora los límites del humor woke
La mejor disposición ante los ideales progresistas es el humor, esa actitud que admite la maldad y la bondad, la contradicción y la ironía.
Ahora que el pensamiento progresista enfrenta una ola de desprestigio y ridiculización, es momento de responder con humor. No con humor socarrón, sino con ese que nos hace reír a partir de un sentido común que a todos nos resulta cercano.
En ese escenario ideológico se despliega Rooster (HBO Max), una comedia dramática protagonizada por Steve Carrell.
La serie de 10 episodios se centra en Greg (Carrell), escritor de bestsellers de medio pelo que se leen en la playa. Acepta dar una charla en la universidad donde su hija Katie (Charly Clive) es profesora, sólo para saber cómo sobrelleva un divorcio que la humilló ante todos los claustros.
La relación de ambos es la dimensión sentimental y conmovedora de la serie, donde Greg explora su vulnerabilidad y el inacabado duelo de su propio divorcio.
Forzado a quedarse a dar clases, Greg conoce a colegas y estudiantes que lo exponen a una situación incómoda tras otra. Se siente mal en todos lados, está perdido, quiere estar solo y a la vez sostener una conversación sin miedo, pero no puede.
Como Alicia cuando cae en la madriguera, aparece en un mundo con leyes y palabras propias que lo convierten en un villano, donde sus buenas intenciones se interpretan en sentido opuesto. Son los recursos actorales de Carrell los que convierten estos desconciertos en pasos de comedia, tal como lo supo hacer en The Office.
Greg no se reconoce porque se mira a través de los ojos del wokismo, del progresismo personificado en la universidad.
Incomodidad
Existe un antes y un después del surgimiento del movimiento #MeToo, un quiebre que no solo refiere a su trascendencia. Fue una bisagra porque resulta imposible en el presente escribir, pensar y hasta hacer humor sobre ciertos temas sin aludir a las ideas fundamentales del movimiento.
Después de su surgimiento en 2018, ¿dónde quedaron sus efectos en la cultura, los intentos de apaciguarlo con el "antiwokismo", la llegada a la discusión pública, las censuras, las confesiones y los juicios? ¿Qué se hizo con todo eso?
La era pos-#MeToo no resulta ser una etapa saneada, moralmente pulcra y protagonizada por sujetos que tienen plena conciencia de cómo conducirse en la vida. Es, por el contrario, una era confusa que exige el autoexamen casi continuo de intenciones y acciones, y una vigilancia protectora sobre el espacio que los otros ocupan en nuestra esfera vital. Pocas veces la ética y la política fueron tan definitorias de la vida social de una persona.
Hay quienes ven en este enchastre de cambio de paradigma una señal clara para abandonar los ideales progresistas, para volver a ese pasado de “la cosa sana” que era sano solo para el que estaba en la vereda privilegiada.
Contra las apariencias, no se trata de un reclamo de viejos que no se ajustan a lo nuevo: los jóvenes aprenden de los viejos y en el camino arrastran esa inadecuación.
Alivio cómico
Uno de los logros de Rooster, más allá del éxito o el fracaso de los remates de las escenas, es el dar por supuesta la cultura woke: en lugar de justificar lógicamente por qué sus principios son o no correctos, vuelve sobre ella en una suerte de reflexión humorística.
Así resulta que la mejor disposición ante los ideales progresistas es el humor, esa actitud que admite la maldad y la bondad, la contradicción y la ironía. Una alumna denuncia que el docente incurrió en body shaming al decirle “ballena blanca” sin captar la referencia literaria, al mismo tiempo que otras dos caen en el hechizo del profesor encantador mediante las arcaicas estrategias del patriarcado.
Rooster es una de las expresiones de la consumación del progresismo, de la forma más acabada que alcanzó un movimiento que produce un sano desconcierto.
A las obras artísticas que encarnan lo woke desde lo confesional y la tragedia se suma ahora un ejemplo cómico que señala lo torpe que puede resultar el querer hacer las cosas bien.

