Polémica. Opiniones encontradas sobre Toy Story 5: ¿se justificaba una nueva entrega?
A favor: Lo que está en juego
Roger Koza
Hay una película notable de Radu Jude titulada Plastic Semiotic, en la que el cineasta rumano retrata las cuatro etapas de cualquier vida (infancia, adolescencia, adultez y vejez) construyendo escenas con juguetes de todo tipo y permitiendo comprender cómo los juguetes mueven a aceptar un orden simbólico específico.
De eso no se ocupó nunca la primera franquicia digital de animación, que comenzó en 1995 con Toy Story, la cual, no obstante, sí dejó entrever siempre la relación pedagógica entre las emociones y esos objetos encantados.
En el uso libre de la imaginación, los niños investían lúdicamente a los muñecos de personalidad e intenciones. Así empezaban a comprender el mundo.
En la quinta entrega, Andrew Stanton advierte una amenaza concreta: los juguetes materiales, como el huemul patagónico y la zarigüeya de una sola raya, están en vías de extinción. Los entretenimientos en pantalla sustituyen a los juguetes: ya no se manipulan objetos, sino imágenes. Hay un plano general en Toy Story 5 donde se puede observar a varios niños (y también adultos) mirando absortos sus tablets en soledad.
Al atardecer, ya nadie juega cara a cara; la pantalla es, apenas, un simulacro de encuentro. Sin envilecer a los dispositivos, la película desglosa los riesgos, plasma dilemas y busca una síntesis. No ilustra su tesis, más bien enhebra orgánicamente tales cuestiones en una trama que no prescinde de una aventura (colectiva) teñida por pasajes cómicos.
El gran acierto (conceptual antes que estético) de la película de Stanton es confiarle una imagen distintiva, con otra textura, a los momentos en que la niña protagonista imagina situaciones con sus juguetes dejando constancia de qué está en juego si la experiencia cognitiva de la infancia estuviera confinada exclusivamente a la pantalla.
Hablar de la castración de la imaginación no es incurrir en una formulación ingeniosa. Puede suceder, está sucediendo.
En contra: El problema es su propia vara
Por Diego Tabachnik
La saga Toy Story está, con total justicia, guardada en un lugar profundo y sagrado en los corazones de millones de espectadores. Las tres primeras entregas están dentro de las mejores películas (y no sólo de animación) de todos los tiempos.
Sin embargo, la tentación de seguirla explotando como si fuese una fábrica de dólares llevó a Pixar a una cuarta entrega en 2019 y ahora una quinta parte. Pues bien, lo que era obvio sucedió: esta nueva película no está a la altura de su propia vara.
No se trata de que sea mala (¡de hecho, es buena!), sino que la comparación es inevitable y el resultado, sabido.
Hay tres puntos específicos para remarcar como falencias en Toy Story 5. Por un lado, le faltan más gags efectivos, pensando que no deja de ser una comedia familiar. Hay humor, pero es poco.
Por el otro, también carece de más secuencias de aventuras o acción como sí tenían las anteriores (con su pico máximo en Toy Story 3, cuando el oso Lotso pone a los protagonistas al borde la muerte en el horno de fuego).
Por último, es demasiado políticamente correcta, algo que tampoco está mal per se, pero Toy Story había estado hasta ahora por arriba de las tendencias. En todo caso, las creaba y no las seguía.
Por estos días se viralizó una vieja entrevista a Quentin Tarantino en la que marcaba el punto. “Soy un fan de Toy Story. La tercera es magnífica, y si viste las otras dos es devastadora. Después hicieron la cuarta… pero yo ya no tenía deseos de verla. Terminaron la tercera parte tan perfecta como era posible. Entonces, no me importa si lo que sigue fue bueno. ¡Yo ya terminé con eso!”.
Que se prepare Quentin, porque seguro habrá una sexta.

