Recomendada. Las razones por las que vale la pena ir a ver Hoppers: Operación castor
La animación cuenta la historia de animales de una reserva que corren peligro de ser erradicados cuando los humanos quieren construir una autopista. Calificación: muy buena.
Luego del traspié que significó su anterior película, Elio (2025), Pixar y Disney vuelven más sólidos y efectivos en Hoppers: Operación castor, una animación llena de ingenio y ritmo con una protagonista dispuesta a hacer lo imposible por salvar la reserva natural de los animales que tanto ama.
Ya se podrán imaginar el tono conciliador de la historia, tan característico de ambas factorías, sobre todo porque sus producciones suelen hacer referencia (subrepticia e indirectamente) al contexto político mundial, que parece exigir al cine apto para todo público posicionarse del lado bueno de la vida, aunque para algunos eso signifique simplemente quedar bien con Dios y con el diablo.
En la película dirigida por Daniel Chong, los animales de la reserva que el alcalde de Beaverton quiere erradicar deciden “apalastrar” a los humanos, hartos de las trampas que estos usan para ahuyentarlos y construir una autopista.
Aquí entra la negativa de la estudiante universitaria Mabel Tanaka (voz de Piper Curda), cuya postura es no ser extremista y limitarse a asustar a los humanos hasta que comprendan el error de expulsar a los animales. Es decir, los humanos representan a los malvados que quieren invadir su hábitat natural.
Mabel es una amante de los animales y del skate, y milita contra las políticas de Jerry Generazzo (Jon Hamm), el codicioso alcalde que busca la reelección extendiendo una autopista que atraviesa la reserva donde viven distintas especies. Pero pronto todo cambia: un día sigue a un castor que se dirige a un laboratorio universitario donde la Dra. Sam (Kathy Najimy) experimenta con una tecnología capaz de transferir la conciencia humana a animales robóticos.
Mabel aprovecha la situación para meterse en el cuerpo robótico de un castor e introducirse en el mundo animal, lo que da lugar a una inesperada amistad con Rey George (Bobby Moynihan) y a una aventura frenética en la que luchan contra los planes de Jerry.
Y ese traspaso de la mente de Mabel al cuerpo del castor robótico se conecta, casi sin querer, con una suerte de sensibilidad therian. De alguna manera, Mabel es una therian, alguien que se disfraza o se mete en el cuerpo de un animal para comportarse como tal e interactuar con sus pares peludos, además de irradiar un amor desbordante por la especie animal y de mimetizarse hasta sentirse un castor más, lo que garantiza la empatía y la identificación del público infantil.
Pixar y Disney suelen ser garantía de calidad en materia de animación, y el director no desentona ni afloja el pulso en ningún momento, sosteniendo un ritmo vertiginoso, sin pausas distractivas ni puntos muertos que entorpezcan el relato. En ese marco, los animales y el reino de George (que evoca a las recientes Exterminio) dominan la escena y entregan las dosis justas de acción y diversión que toda gran animación debe tener, además de dejar un mensaje de bondad y de amor por todo ser vivo.
Hoppers: Operación castor es, dentro de los límites permitidos, una película arriesgada y sumamente entretenida, en el sentido de que no titubea cuando Titus (Dave Franco), el Rey Insecto y segundo villano, se convierte en un Jerry robotizado (haciendo la operación inversa de Mabel) para aplastar a los humanos, con algunos gags que son de lo mejor y giros que dan en el clavo.
Hay allí, en ese gesto, una insinuación interesante: que no siempre se puede ser conciliador con los malos de la historia, aunque hacia el final vuelva al carril del entretenimiento de fórmula para toda la familia.

Para ver Hoppers: Operación castor
Hoppers, Estados Unidos, 2026. Animación. Dirección: Daniel Chong. Guion: Jesse Andrews. Voces (versión original subtitulada: Piper Curda, Bobby Moynihan, Jon Hamm, Kathy Najimy, Dave Franco, Eduardo Franco, Aparna Nancherla, Tom Law, Sam Richardson, Karen Huie y Meryl Streep. Fotografía: Jeremy Lasky e Ian Megibben. Música: Mark Mothersbaugh. Duración: 105 minutos. Apta para todo público. En cines.

