Live action. Moana, otra remake sin sentido
El director tendría que haber apostado por un registro más realista para que la aventura no se viera tan artificiosa y se pudiera diferenciar de la versión animada. Calificación: regular.
Se valoran mucho el esfuerzo y la buena onda que le pusieron a la versión de acción real de Moana, a 10 años del estreno de la original animada.
Es importante, y a veces hasta mejor, que los actores que les ponen voz a los personajes puedan poner también el cuerpo y la cara, sobre todo cuando la película cuenta con un personaje tan marcado y relevante como el Maui de Dwayne Johnson, ídolo indiscutido de la acción mainstream.

Ahora bien, esta nueva versión, dirigida con pulso aceptable por Thomas Kail, hubiera tenido más sentido si no se limitara a repetir el mismo registro, la misma manera de encarar la historia y hasta el mismo tratamiento de los efectos especiales, con planos calcados de la versión original, porque para eso está la animación de 2016, donde sí funcionan todas las cuestiones fantásticas y espectaculares, como las escenas del demonio de lava Te Kā, el cangrejo gigante Tamatoa o los Kakamora, esas pequeñas criaturas piratas con armadura de coco.
Es decir, el director tendría que haber asumido el riesgo de hacer una película de aventuras en escenarios completamente reales, sin tanto CGI, con la valentía de mojarse los pies y optar por un registro más realista para que la aventura no se viera tan artificiosa. De ese modo, el viaje que emprende Moana (interpretada por la joven Catherine Laga’aia) no parecería otra animación más, justamente aquello de lo que esta versión tendría que haberse diferenciado.
Recuerden que es Maui quien roba el corazón de la diosa Te Fiti y que es el volcánico Te Kā quien va detrás de él para oscurecer y arrasar las islas de la Polinesia. El problema es que no queda del todo claro por qué Maui roba el corazón de Te Fiti (la explicación que da no satisface), lo que termina sintiéndose como una licencia que debilita la trama, restándole fuerza al conflicto que pone en marcha la aventura.
El resto es lo que ya vimos en la primera versión y, un poco, en la segunda, de 2024. Moana crece en su isla junto a sus padres, Tui (John Tui) y Sina (Frankie Adams), su abuela Tala (Rena Owen) y sus mascotas, el cerdito Pua y el gallo Heihei, y se prepara para convertirse en la nueva líder. Ya adolescente, siente el llamado del océano para ir más allá del arrecife y encontrar a Maui, el semidiós del viento y el mar (armado con un anzuelo mágico gigante y con un cuerpo musculoso lleno de tatuajes vivientes), para que la ayude a devolver el corazón de Te Fiti y salvar a los suyos.
En el camino se van conociendo y forjando una amistad verdadera, entre números musicales con las canciones pegadizas de siempre y la recreación de las típicas danzas folklóricas de la Polinesia, elementos que, por supuesto, ya estaban presentes en la película de 2016.

En cuanto a los momentos musicales, siguen siendo uno de los pocos aciertos de la película. Las canciones conservan su capacidad para quedarse en la memoria y cada número funciona como un respiro dentro de la aventura, sin romper el ritmo del relato. Además, acompañan con eficacia el crecimiento de Moana y refuerzan el espíritu aventurero y la identidad cultural de la historia.
El Maui de Johnson está tan calcado al de la animación que le quita al filme la posibilidad de ser mucho más interesante; la misma lógica se extiende al resto, como si Disney no se animara a hacer una aventura nueva y original en la que se pusieran en juego el arte dramático de los protagonistas y la puesta en escena, en lugar de limitarse a repetir lo que ya había hecho la animación.
Este problema la perjudica de principio a fin. Se la termina viendo casi de memoria, sin demasiada gracia. Es Moana otra vez, apenas revestida de acción real. Una verdadera pena.
Para ver Moana
Estados Unidos/Nueva Zelanda, 2026. Aventuras. Dirección: Thomas Kail. Guion: Jared Bush y Dana Ledoux Miller. Elenco: Catherine Laga’aia, Dwayne Johnson, John Tui, Frankie Adams, Rena Owen, Amaya Masoli y Jemaine Clement (voz). Fotografía: Oscar Faura. Música: Opetaia Foa’i, Mark Mancina y Lin-Manuel Miranda. Duración: 115 minutos. Audiencia general. En cines.

