Cine. Miradas opuestas a "Cumbres borrascosas":
A favor: El amor después del amor
Sofía Ferrero Cárrega
Defender esta versión de Cumbres Borrascosas implica, ante todo, defender un imaginario. Emerald Fennell, la directora, asume el clásico de Emily Brontë desde una experiencia íntima de lectura y filma aquello que la conmovió: escenas, climas, cuerpos, paisajes.
Las comillas del título, “Cumbres Borrascosas”, funcionan como señal de esa apropiación. Anuncian una obra emparentada con el texto original, atravesada por él, pero concebida desde una mirada singular.
Muchas de las críticas parten de exigirle a la película fidelidad literal al texto original o cuestionan cierto corrimiento moral del conflicto, una especie de actualización con perspectiva de género. Pero el cine no es literatura filmada. Es otro lenguaje.
Allí donde la novela construye la intimidad con palabras, el cine lo hace con la luz, las texturas, los gestos, la distancia o cercanía de cámara.
Y la verdad es que tampoco sabemos cómo se amaba en el siglo XIX. Sabemos, en todo caso, cómo se escribía sobre el amor en ese siglo. Lo que heredamos son formas de representación que moldearon nuestra imaginación romántica.
Y en buena parte de las representaciones cinematográficas que toman lugar durante la era victoriana, la pasión ha sido narrada a través de figuras femeninas medidas o arrebatadas, casi infantiles en su entrega.
Pero en esta, las protagonistas están lejos de ser musas o víctimas, y tampoco son heroínas contemporáneas injertadas en el siglo XIX. En su versión, Fennell defiende un imaginario romántico que busca devolverle a la pasión su carácter indómito, su violencia latente.
Además, esta versión se permite mostrar sin pudor ciertas cursilerías del amor. Hay escenas y formas de filmar la pasión que rozan el cliché: cuerpos bajo la lluvia, miradas largas, abrazos intensos, todos recursos que forman parte del imaginario romántico que heredamos y que la película no esquiva ni ironiza, sino que los asume y en ese gesto reconoce que el amor también fue contado así, con exceso y dramatismo.
Por todo esto, la adaptación descaradamente sensual de Emerald Fennell del clásico de Emily Brontë se disfruta mejor en sus propios términos.
En contra: Cómo arruinar un clásico
Martina Bär
Muchas cosas para decir, casi ninguna buena, y que Cumbres Borrascosas no sea ni remotamente parecida al libro es la “menos peor”. La película comenzó a venderse como soft erótica y luego como “la mejor historia de amor de los últimos tiempos”; ese título está de más.
Hay que admitirlo: Margot Robbie y Jacob Elordi son buenos (y lindos) actores, pero no transmiten la química esperada. Tampoco encajan en el physique du rôle, lo que hace que la novela pierda toda crítica social.
Pero esto no es lo peor. Las escenas eróticas (que sí lo son) aparecen a la mitad de la película, todas juntas y apelmazadas en un montaje sin alma.
El romance no se construye porque no se desarrolla en el tiempo, a pesar de que los primeros minutos de la película muestran la infancia de Cathy y Heathcliff. Con esos dos momentos, la película intenta convencernos de que siempre se amaron, pero eso no es amor. Es muchas cosas, pero ¿amor?
Uno de los puntos más fuertes del libro es el deseo que nunca llega a concretarse. La politóloga española Máriam Martínez-Bascuñán hizo una crítica sobre la película en El País: “Emily Bontë, que murió a los 30 años, probablemente sin haber conocido el sexo, sabía algo que Fennell descarta: la imaginación es más poderosa que la experiencia”. Esa es exactamente la gran falla de la obra.
Esto viene de la mano con el otro gran problema: las cosas suceden porque sí. Nada está explicado o dado a entender. No hay causas y los personajes no conocen las consecuencias de sus actos.
Es una película hecha para liberar dopamina a cada instante; es bonita, pero no dice nada. No aporta una mirada nueva, pero tampoco es fiel al libro. Si este es el futuro de las películas de época, no quiero conocerlo.


