Series. Miradas opuestas de La casa del dragón, tercera temporada: ¿atrapante o repetitiva?
Estrenó la tercera temporada de la serie que narra los acontecimientos de la caída de la dinastía Targaryen en Canción de hielo y fuego. Dos opiniones sobre estos primeros episodios.
A favor: el renacer de la novela de los domingos
Brenda Petrone Veliz
Volvió La casa del dragón, volvió la novela de los domingos, y lo hizo con una contundencia que parecía haberse perdido en el camino. Tras una primera temporada que cumplió con sentar las bases y una segunda entrega que se percibió estancada, el arranque de esta tercera temporada en HBO Max fue simplemente fenomenal.
La serie finalmente encontró el timing y la velocidad oportunos para elevar la épica y el "aura" del relato, logrando posicionarse como un producto que, aunque todavía está por debajo del fenómeno original de Juego de tronos, se sostiene con una fuerza envidiable.
El gran acierto de esta entrega radica en la evolución de los personajes y sobre todo de las mujeres, que siguen siendo las grandes protagonistas. Rhaenyra (Emma D'Arcy) carga con una lucha moral e interna fascinante, mientras se percibe cómo, poco a poco, va perdiendo la cabeza por la Corona.
La tirantez de la relación con su ¿amiga? Alicent Hightower (Olivia Cooke) recupera el centro de la escena. El vínculo con sus hijos ya está en un punto áspero y delirante que la desacomoda, pero no por mucho tiempo. Por último, una cosita: ¿Rhaena Targaryen como la nueva villana? Qué gran decisión.

Otro factor que realmente le da un "picante" especial a estos episodios es la figura de Raymond. Aquel hombre que inicialmente quería comerse el mundo y reinar en solitario dio paso a un guerrero que acepta marchar un paso por detrás de su reina, siendo pieza clave tanto en la guerra terrestre como aérea.
Pero la sombra de su pasado genera una atmósfera de desconfianza que atrapa al espectador. El puñal por la espalda acecha en cada rincón. En conclusión, La casa del dragón volvió con lo mejor de la saga: guerra, dragones y una familia delirante.
En contra: mucho ruido y pocas nueces
Nicolás Lencinas
Cuando se decidió expandir el universo de Juego de tronos, uno de los principales objetivos de los showrunners fue mantener cautiva a la enorme audiencia de fanáticos que había dejado la exitosa serie original.
En ese sentido, puede decirse que el objetivo se cumplió. La casa del dragón tuvo un comienzo prometedor, con una historia centrada en la dinastía Targaryen que logró captar rápidamente la atención del público.
Sin embargo, en esta tercera temporada, se nota que el recorrido comenzó a perder fuerza. Lo que en un principio era un drama político cargado de tensión, intrigas y personajes complejos fue derivando en una historia cada vez más previsible, sostenida por una fórmula que empieza a repetirse.
A medida que avanza, la serie también pierde una de sus mayores fortalezas: la construcción de sus personajes.
La trama se vuelve cada vez más directa, con menos espacio para el desarrollo político y las zonas grises que distinguieron tanto a GOT como a los primeros capítulos de La casa del dragón. En ese camino, las muertes inesperadas dejan de funcionar como golpes narrativos para convertirse en recursos de impacto.
Al mismo tiempo, varios personajes que parecían llamados a desempeñar un papel decisivo terminan relegados o sin un rumbo claro, como por ejemplo la familia Velaryon, encabezada por Corlys, el rey Aegon II y el enigmático Larys Strong, que hasta aquí, quedaron a la deriva.

El caso de Otto Hightower sintetiza buena parte de esas decisiones. Durante años fue el verdadero arquitecto del poder en Poniente, el hombre que tejió los hilos de la política junto al rey Viserys Targaryen y movió las piezas que desencadenaron la guerra civil.
Su muerte resulta tan abrupta como insatisfactoria. Desde el punto de vista dramático parece un desenlace absurdo para un personaje de semejante peso, aunque cumple una función clara dentro del guion: volver a enfrentar a Rhaenyra Targaryen y Alicent Hightower.
La casa del dragón sigue siendo una producción de altísimo nivel técnico, con actuaciones sólidas y una puesta en escena imponente. Pero la espectacularidad ya no alcanza para disimular una narración que perdió fuerza con el correr de los episodios.


