Adiós para siempre. Euphoria se despidió definitivamente con su tercera temporada, plagada de pesimismo, decadencia y venganza
Este domingo, estrenó su último episodio después de una deriva bastante singular. Brillante para unos, un zafarrancho para otros, no fue una serie más.
Alerta de spoilers.
Es oficial. El largo y tortuoso camino de Sam Levinson, Rue (Zendaya) y su troupe de almas rotas ha llegado a su estación final. No habrá más esperas de cuatro años, ni más especulaciones sobre el destino de la Generación Z en la pantalla de HBO Max. Sam Levinson confirmó en el pódcast Popcast de The New York Times que la tercera temporada de Euphoria es, definitivamente, la última, una noticia que la cadena ratificó poco después.
El telón cae para un drama que nació como un retrato de la ansiedad adolescente y que terminó convertido en un western crepuscular donde la redención no fue más que un espejismo en el desierto.
La decisión de clausurar la historia no fue un capricho artístico, sino el resultado de un desgaste estructural. Entre la segunda y la tercera temporada, el mundo cambió: los protagonistas se convirtieron en estrellas de blockbusters inalcanzables y la realidad de la producción se volvió insostenible.
Levinson, que admitió escribir cada temporada como si fuera la última, decidió que In God We Trust, el episodio final estrenado este domingo, fuera el testamento definitivo de una obra que marcó una época.
Rue Bennett: la tragedia de la realidad pura
El cierre de la serie no buscó la complacencia. En un movimiento que seguramente dividirá a la audiencia por años, Rue Bennett (el personaje interpretado por Zendaya), el corazón palpitante del relato, muere antes de la mitad del episodio final. No hubo una despedida gloriosa. Fue una caída seca, provocada por el veneno del siglo XXI: fentanilo.
Alamo Brown (Adewale Akinnuoye-Agbaje), el nuevo barón del mal, le tendió una trampa sádica al entregarle pastillas adulteradas, confiando en que la debilidad del adicto haría el trabajo sucio por él.
Zendaya, en su actuación más descarnada, nos regaló una última fantasía antes de partir. Segundos antes del colapso, Rue imagina que entra en su antigua habitación y ve a su madre, Leslie (Nika King), extendiéndole la mano en señal de perdón.
Un tratamiento de iluminación suavizada, acreditada a Marcell Rév, nos hizo creer en el milagro del regreso al hogar, solo para cortarnos la respiración con la imagen de Ali (Colman Domingo) encontrando el cadáver frío de su protegida en el sofá.
Para Akinnuoye-Agbaje, esta muerte representa un ejercicio de “arte responsable”, según expresó en una entrevista reciente. En un mundo donde el consumo de drogas se ha vuelto una ruleta rusa, mostrar que el camino de Rue terminaba inevitablemente en el cementerio fue, para los creadores, la única forma de ser honestos con la problemática que abordaban.
Sin embargo, la crítica no fue tan clemente, calificando el cierre de “espectacular fracaso” por su nihilismo absoluto y su falta de empatía hacia los personajes que durante años buscamos salvar.
Alamo Brown: el juego de ajedrez con la muerte
El antagonista de esta temporada, Alamo Brown, fue más que un simple villano; fue el catalizador del fin de la inocencia.
Akinnuoye-Agbaje describió a su personaje como alguien que disfruta del “juego de ajedrez de la muerte”. En otra entrevista reveladora, el actor explicó que Alamo veía en Rue a una discípula, una joven ambiciosa que reflejaba su propia juventud. Pero en el momento en que ella se volvió útil para la DEA, su “fecha de vencimiento” llegó.
Alamo no solo era un criminal, sino un hombre acosado por sus propios fantasmas, alguien que a pesar de sus pecados soñaba (en sus últimos minutos) con una vida de valla blanca y familia tradicional. Pero la justicia en el universo de Levinson no llega por la ley, sino por el plomo. En un duelo que parece extraído de una película de Sergio Leone, Ali confronta a Alamo en el club Silver Slipper.
La escena fue pura tensión cinematográfica: una botella de champán rodando por la barra como el reloj de arena que marca la vida de los hombres. Alamo, fiel a su naturaleza de “hijo de puta sin código”, intentó disparar antes de tiempo. Lo que no sabía es que la traición ya lo había sentenciado: su mano derecha, Bishop (Darrell Britt-Gibson, otro gran intérprete de esta tercera temporada), había vaciado su arma.
Como dijo Akinnuoye-Agbaje, Alamo estaba muerto antes de que la bala de Ali lo alcanzara; la traición de los suyos fue el verdadero disparo final.
Ali: del patrocinio a la venganza militar
El arco de Ali fue quizás el más transformador. Tras años de intentar salvar almas mediante la palabra y la empatía en las reuniones de Narcóticos Anónimos, la muerte de Rue lo quebró. En el final, vemos a un Ali que reniega del sistema de recuperación, declarando que la empatía ya no es útil frente al mal absoluto que envenena a los niños por dinero.
Vestido con su antiguo uniforme militar y portando una escopeta recortada, Ali se convirtió en el ángel exterminador que la serie necesitaba para cerrar su capítulo más oscuro. No hubo arrepentimiento en su mirada tras ejecutar a Alamo. Para él, fue un acto de servicio, una forma de ser útil ante la pérdida irreparable.
No obstante, este giro hacia el vigilantismo fue uno de los puntos más cuestionados por los especialistas, quienes señalaron la contradicción moral de un personaje que, mientras rezaba por la paz, cargaba un arma.
El destino de las supervivientes: cristales y soledad
Mientras Rue se convertía en fantasma y los hombres se mataban por honor, el resto de los personajes deambulaba por sus propias ruinas. Cassie (Sydney Sweeney) terminó encerrada en una “casa de muñecas” de lujo. Tras la desaparición y muerte de Nate (Jacob Elordi), se convirtió en una magnate de OnlyFans, viviendo en una mansión de cristal dedicada a la promoción de modelos. La imagen final de ella, a contraluz por su aro de luz, llorando frente a una cámara mientras actúa para sí misma, es el retrato perfecto de la soledad digital contemporánea.
Maddy (Alexa Demie), por su parte, encontró una libertad amarga tras la muerte de Alamo. Atrapada en el club intentando pagar las deudas de su pasado, la bala de Ali le devolvió las llaves de su propia vida.
Jules (Hunter Schafer) quedó relegada a un silencio casi poético, pintando el retrato de la mujer que amó y perdió, como si el arte fuera el único refugio capaz de contener el dolor de la ausencia.
Un Amén en el desierto
El final de Euphoria intentó, en sus últimos minutos, encontrar una nota de gracia. Ali visita la granja de la familia Miller, ese lugar que Rue describió como el más pacífico de la tierra y al que había recurrido en el episodio inicial de esta tercera temporada, luego de contrabandear narcóticos desde México. Allí, en una escena cargada de simbolismo religioso, Ali comparte la mesa con desconocidos que guardan un asiento vacío para Rue.
En ese asiento aparece ella, la Rue que ya no sufre, la que sonríe con una pureza que nunca pudo conservar en vida. “Que Dios nos bendiga a todos”, susurra la voz de Zendaya mientras la cámara se aleja hacia el cielo de una nación que la vio nacer y la consumió.
Se va Euphoria y con ella una forma de entender la televisión como un exceso sensorial y emocional. Sam Levinson se despide con un “Amén” que suena más a despedida que a plegaria. Para algunos, fue un final digno de la crudeza de la realidad; para otros, una oportunidad perdida de ofrecer algo más que pesimismo.
Lo único cierto es que, tras siete años y 26 episodios, se ha apagado para siempre el brillo de una historia sobre la decadencia moral - espiritual y por qué no material de un imperio que dinamita cualquier sueño.

