Estreno. Comentario de El pasajero del diablo: la lucha contra el demonio
Escenas impactantes y un enemigo aterrador marcan este filme, que logra mantener al espectador en vilo, homenajeando el terror que brilló en décadas pasadas. Calificación: buena.
Es por ahí, claro que sí, es por donde va el director noruego André Øvredal en El pasajero del diablo, su nueva película. Hablamos del terror, de cómo debe hacerse, porque tampoco la pavada, no hay que descocarse tanto, solo amar el género de verdad y estar dispuesto a hacer películas como las que nos fascinaban décadas atrás, sobre todo en la de 1980, cuando el terror era la opción más rápida y divertida y segura en videoclubes o cines de barrio, o incluso en la televisión por cable.
Øvredal es un director (un artesano, en la jerga de la crítica) que ya demostró conocer la materia con la que trabaja en películas concentradas y efectivas como La morgue (2016) y Drácula: Mar de sangre (2023), pequeñas piezas de terror que mejoran la tradición del género y entregan lo que el espectador va a buscar al cine: un par de buenos sustos y una historia bien narrada con la duración justa, nada más y nada menos.
Y en El pasajero del diablo los sustos están bien puestos, con escenas enrarecidas y atmosféricas y un villano sólido y tremendo, de esos que meten miedo y se sienten amenazantes en cada plano, un malo que pone los pelos de punta en cada aparición y que hace que roguemos que no atrape a los protagonistas, Tyler (Jacob Scipio) y Maddie (Lou Llobell), una pareja a punto de comprometerse mientras viaja en una de esas furgonetas asociadas al estilo de vida conocido como “van life”, acondicionadas para cocinar y dormir.
En la ruta hay una especie de entidad diabólica que toma forma humana, una criatura de rostro deformado que atrapa y mata a cualquiera que se detenga en la carretera, sin importar el motivo. La clave para que este demonio no vaya detrás de uno está, justamente, en no parar jamás, incluso cuando alguien necesite ayuda después de un accidente.

La película engancha muy bien con la devoción a San Cristóbal, el santo patrono de los viajeros y conductores, protector contra los peligros del camino y a quien muchos le rezan para llegar sanos y salvos a destino. En Argentina, el equivalente popular sería el Gauchito Gil, al que suele tocársele bocina cada vez que se pasa frente a uno de esos altares con banderas rojas al costado de la ruta, como forma de agradecimiento o protección.
El prólogo es fantástico y contundente porque presenta al enemigo de manera espectacular y deja claro desde el comienzo que será el responsable de acechar las carreteras y perseguir hasta la muerte a quien se baje del auto.
La criatura marca cada vehículo con tres líneas, como los rasguños de una garra gigantesca, y según cierta leyenda, cuando esas marcas aparecen hay que tener cuidado porque es el mismísimo diablo el que empieza a seguirte. La única manera de salvarse consiste en llegar a una especie de iglesia perdida en un camino alternativo, un terreno sagrado y bendito capaz de ahuyentar al demonio conocido como el “Pasajero” y cortar la maldición.
Øvredal demuestra un manejo admirable de la puesta en escena (como en la secuencia de la playa de estacionamiento), además de un dominio absoluto de la tensión, el miedo y el suspenso. Sabe administrar los elementos de los que dispone y trabajar a los personajes sin dejar de hacer una película de terror efectiva y “chiquita”, de esas que queremos ver un fin de semana para pasar miedo y sentir que la entrada valió la pena. Y también para salir de la sala cantando: “I am a passenger / And I ride and I ride...”.
Para ver El pasajero del diablo
Passenger, Estados Unidos, 2026. Terror. Dirección: André Øvredal. Guion: Zachary Donohue, T.W. Burgess. Elenco: Jacob Scipio, Lou Llobell, Melissa Leo, Joseph Lopez, Miles Fowler, Alan Trong, James William Clark, Tony Doupe, Devielle Johnson y June Clemons. Fotografía: Federico Verardi. Música: Christopher Young. Duración: 94 minutos. Restringida para menores de 17 años. En cines.

