Camino a la Palma de Oro. Almodóvar estrenó Amarga Navidad: realidad y ficción chocan en Cannes
La última película del aclamado director explora la autoficción, desdibujando las líneas entre realidad y ficción en un juego narrativo en el que brillan los personajes femeninos.
Amarga Navidad, la esperada nueva película de Pedro Almodóvar estrenada ayer en el Festival de Cannes, comienza en 2004. El personaje de Barbara Lennie siente un dolor de cabeza inaguantable. Una tormenta azota España; los truenos resuenan el interior de su cabeza, y en cierto momento no hay otro remedio que ir a un hospital. Le pide a su joven novio, un stripper, que la acompañe.
La escena es de Almodovar de punta a punta. El suéter azul combina con las cortinas del mismo color del hospital, los diálogos tienen ese punto intermedio entre la literatura y la vida, las cuerdas de Alberto Iglesias persisten con la ubicuidad característica de los melodramas del cine clásico. La firma de Almodóvar es nítida; un plano suyo es tan reconocible como las palabras de sus diálogos.
En el momento mismo en que la pareja llega al hospital, en la proyección de prensa realizada en Francia y que empezó unos minutos antes de la oficial, se escuchó un grito de ahogo y desesperación. Los presentes en la proyección tardaron un rato en darse cuenta de que era alguien del público y no un sonido proveniente de la película. La función se detuvo.
Tras unos minutos de desconcierto ante una mujer que respiraba con dificultad, la sala fue evacuada, y de inmediato llegaron los médicos. La mujer que se había descompuesto salió en camilla, como los espectadores pudieron constatar mientras esperaban afuera para volver a la sala. Al reanudarse la función, en el momento exacto de la escena interrumpida, pasa una camilla, de derecha a izquierda, velozmente, como si la mujer que casi muere en la función se hubiera transfigurado en extra del filme.
La anécdota es didáctica y pertinente. La película de Almodóvar está construida en un ida y vuelta, entre la historia en sí y su escritura, en las manos de Leonardo Sbaraglia tecleando un nuevo guion que se llamará como la película, “Amarga Navidad”, entre 2026 y 2004, durante las elecciones en España.
La noción de autoficción es la clave del relato, y en ese sentido la película consiste en observar los mecanismos de construcción de ese procedimiento por el cual la voluntad de ficción fagocita lo real. Todo lo que existe alrededor de un cineasta puede ser transformado en un episodio de ficción.
Ellas brillan
Lo notable en Amarga Navidad son los personajes femeninos; tanto las secundarias como las principales prodigan una cualidad dramática que colorea el tono general. Bárbara Lennie es la protagonista de la ficción que imagina el alter ego de Almodóvar. Su presencia es luz en cada plano; la española tiene ese plus de las grandes actrices: le basta con estar frente a cámara. Pero la fuerza de su interpretación no proviene del misterio de la fotogenia, sino del entendimiento sobre lo que dice a través de un texto y de la forma en la que se dispone a escuchar a quien interactúa.
Lo mismo puede decirse de Aitana Sánchez Gijón, quien en la película es la asistente del personaje de Sbaraglia y que conoce muy bien cómo funciona el imaginario del cineasta. La penúltima escena de Amarga Navidad es un duelo dialéctico entre el cineasta y ella acerca de los límites que existen sobre el “robo” de los secretos de vidas ajenas para revestirlos de otras cualidades. Es una escena donde el propio Almodóvar parece hablar de sí, aunque la lección sobre los usos del saber que se tiene de las vidas de otros es extensiva a la vida propia.
¿Cuánto hay de Almodóvar en Sbaraglia? ¿Por qué creer que en él habría aún menos pudor para mostrarse que en los otros personajes? Es la flor del secreto del cineasta. Nunca se sabrá.
¿Quién ganará la Palma de Oro en Cannes?
¿Será el año de Almodóvar? Nadie puede saberlo. De 22 películas, sólo faltan seis. Ninguna puede ser considerada hasta ahora “la película del festival”, aquel título que al proyectarse parece llevar la marca de su grandeza. De lo visto hasta acá, Soudain, de Hamaguchi, ha sido la diferente. La otra película inusual es demasiado clásica para que la reconozcan. ¿De quién es? ¿Cómo se titula?
Paper Tiger es otra magnífica película de James Gray. Siempre que tiene una película en Cannes dignifica la competencia, aunque los jurados suelen darle la espalda, como si se tratara de un señor que hace películas que ya no tienen lugar en el siglo en curso.
Paper Tiger es discretamente grandiosa: de lo que parece muy poco –una propuesta de negocios– se revelan un mundo y una época. Lo que puede hacer Gray con la historia de dos hermanos que intentan hacer un negocio con la mafia rusa en 1978 en Manhattan es colosal por la inteligencia para prestar atención a la microscopía de los vínculos familiares con la economía y las fantasías del sueño americano que aún definían el imaginario estadounidense de ese tiempo.
La película de Gray, por cierto, tiene la mejor escena del festival: el personaje de Adam Driver se esconde de los rusos entre maizales. Lo buscan para matarlo. Se escuchan los tiros, el viento sopla y los aviones que se dirigen al aeropuerto irrumpen con el sonido de las turbinas. La confusión es total. Es un momento en que se inmiscuye un indicio de algo trascendente.
Se trata de una lección de cine y suspenso, de una escena que sólo puede ser concebida sonoramente antes del montaje y del rodaje. Suele olvidarse: el cine es sonido e imagen, por igual. Lo cierto es que películas así hay cada vez menos.
Esperar que el variopinto jurado de este año pueda apreciar la virtud del maestro estadounidense es como pedirle al presidente del país de Gray algo de mesura y sensatez.

