
Luciano Castro reapareció tras su internación: Pedí ayuda y me ayudaron
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Redacción La Voz
La película no es nueva, ya la hemos visto otras veces. De repente, algún famoso queda envuelto en un escándalo (léase infidelidad o cualquier otro hecho íntimo que sale a la luz) y el sistema mediático automáticamente se activa para buscar la novedad y sus derivaciones.
Hasta ahí, las reglas del juego; más allá, es escarnio. Lo que ocurrió con Luciano Castro en los últimos meses es un claro ejemplo de esto.
Pero repasemos el caso desde el inicio.
A principios de enero, se filtraron audios privados de WhatsApp del actor argentino, quien, durante una estadía laboral en Madrid, intentó seducir a una joven llamada Sarah Borrell en España.

La encargada de filtrar los audios fue la propia Borrell, quien, sin saber en qué se estaba metiendo, compartió su experiencia con una amiga que, a su vez, era amiga de Fernanda Iglesias. Las cosas del destino…
Sin saber quién era exactamente Castro, la joven danesa que reside en Madrid terminó envuelta en un megaescándalo mediático del otro lado del Atlántico que le costó a ella su trabajo como moza, y a Luciano, su pareja con Griselda Siciliani y su salud mental.
Lo que ocurrió entre la explosión por los audios filtrados y las declaraciones recientes del actor en el programa de Moria Casán daría para una nota aparte. En resumidas cuentas, las derivaciones del caso ocuparon no sólo horas de televisión y cientos de páginas en internet, sino una serie de memes muy creativos que terminaron por viralizarse en las redes sociales de manera que quienes no estaban atentos a los chimentos acabaron por conocer el caso en tono de humorada y burla.
La inteligencia artificial fue puesta al servicio del humor, y aunque a priori pudo no haber “mala leche” sobre el tema, el resultado final fue muy desafortunado.
El actor terminó su vínculo con Siciliani y debió internarse en un instituto de salud mental, previo paso por algún programa televisivo en el que asumió su reiterado patetismo. “Es patético, escucharme me da mucha vergüenza”, dijo entre muchas otras cosas.
El miércoles, y tras varias semanas de internación, Castro volvió a exponerse públicamente y contó que tuvo que pedir ayuda porque solo no podía con la situación.
“Hubo gente a mi lado que se ocupó de darme una mano. Lo primero que tenés que hacer es rendirte porque, si no te rendís, seguís haciendo para el afuera y no para vos”, dijo al programa La mañana de Moria. Y luego recalcó: “Tenés que rendirte literalmente, ponerte de rodillas, rendirte, aceptar el tratamiento con las condiciones aunque no te gusten. Ya no hay tiempo de victimizarse. Cambié victimizarme por sanar”.
“La 'tele' cada vez es más cruel y no te podés quedar atrás, vos tenés que ir como va la 'tele'. Si vos seguís siendo naíf, terminás siendo Susana Roccasalvo y yo no quiero ser eso, quiero ser alguien competitivo”, dijo Fernanda Iglesias en una entrevista reciente al analizar su carrera y su perfil polemista.
Lo que llama la atención de sus declaraciones es que, sin pudor, la panelista asumió la crueldad como parte de las reglas del juego.
Y no es para menos si tenemos en cuenta que la crueldad es la característica más celebrada en estos tiempos que corren. Desde las autoridades máximas de nuestro país, y del mundo en general, hacia abajo, muchos se jactan de sus actos crueles. Ser cruel ya no es visto como algo que, aunque siempre latente, haya que esconder.
Eso explica por qué Iglesias y muchas otras personas, entre ellas las exparejas de Castro, aprovecharon que el actor estaba en el suelo para pegarle.
Esta no es una columna para defender al actor, pero, en todo caso, las explicaciones de sus actos se las debe solamente a Siciliani (o a sus ex), con quien, por otra parte, parecía mantener una pareja no necesariamente exclusiva. De ahí que la propia actriz dijera que lo que más le molestó del caso no era el hecho en sí, sino las repercusiones que generó. Siciliani se vio arrastrada a un barro sobre el que ella no construyó su carrera.
Tampoco vamos a decir que el ensañamiento fue exclusivamente con Castro porque sabemos, por muchos otros casos mediáticos, como el recordado Wandagate, que ya no hay piedad con nadie.
Sin embargo, vale decir que, si el actor se vio sobrepasado por la situación y lo mencionó al menos en una entrevista, no había necesidad de seguir ensañándose con él porque nunca se sabe dónde terminan los efectos del escarnio público y, poniendo en perspectiva su accionar, aunque reprochable, no constituye ningún delito y no hay mayores razones para que sigamos opinando del tema hasta el infinito.
Hay quienes, como Wanda Nara, saben construir un emporio del barro mediático y, otros, como podrían ser Castro y algunos más, que no soportan la presión de ver su cara ridiculizada en televisores y en pantallas de celulares.
Las personas públicas viven de su fama, pero también tienen derecho a no padecerla. No hay contrato tácito en el que se lea que la humillación es parte de las reglas del juego.
Ojalá el caso sirva, al menos, para seguir hablando de salud mental.