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En el corazón de Traslasierra

Brochero es, entonces, un santo cordobés y no “de Córdoba”.

27 de diciembre de 2016 a las 12:00 p. m.
Miguel ángel Ortiz (Especial)
En el corazón de Traslasierra

Una tarde tórrida de febrero de 2004 llegamos a Villa Cura Brochero para cubrir los festejos en razón de que, en el Vaticano, el religioso que le da nombre al pueblo había sido declarado venerable. Era un paso más en su camino a la santidad: antes era siervo de Dios y luego se aspiraría a que fuese declarado beato. El pueblo, entonces con menos pavimento y atractivos que ahora, prolongaba su siesta en una temporada turística que aún duraba. ¡Lo cierto es que no había festejos! Los vecinos vivían un júbilo callado y costó encontrar situaciones e imágenes que celebraran el nuevo paso del Cura Gaucho.

Hasta entonces, la figura histórica de José Gabriel Brochero era sostenida por los muchos nietos de sus seguidores personales, que lo habían “santificado” en vida (la mayoría de las viejas familias del valle) y por los fieles de muchos lugares que lo tenían como una figura “de culto”. Había pocas estampas y costaba conseguir una estatuilla del futuro santo. La misma Iglesia no había puesto todo su empeño, durante el siglo 20, en difundir su vida milagrosa y su obra profusa. Por ejemplo, en los programas de las escuelas católicas de Córdoba no siempre se enseñaba Brochero.

Cuenta Doña Jovita que, a los fines de hacer llover, en un pueblo transerrano metieron “de prepo” dos santos falsos a una procesión: “San Ramón Hidrante” y “la Virgen Desatanubes”. Cuando el cura encargado les pidió sosiego, una vecina le dijo: “Y padre… si no los ventilamos, nunca llegarán a estampita…”.

Ese es el punto: Brochero fue ventilado por su gente en la última década y llegó a la estampita y también a los altares. A una decidida actitud de la Iglesia, se sumaron los fieles, la prensa, los decisores sociales y políticos en general. Indudablemente, los milagros reconocidos de Nicolás Flores Violino y Camila Brusotti fueron imprescindibles para que desde el dogma se reconociera la santidad que los brocherianos pedían desde hacía un siglo.

Brochero es, entonces, un santo cordobés y no “de Córdoba”. No sólo porque su actualidad es un logro de los cordobeses (y por haber nacido en nuestro territorio) sino porque su perfil humano y cultural expresa al habitante de esta tierra: el humor, el pragmatismo, el ingenio verbal y la solidaridad de nuestro santo son muy “de acá”.

Este 2016 fue el año que los transerranos, nuestros padres y ancestros, esperamos desde que tenemos memoria: el de la canonización de nuestro cura. Y como tal pasará a la historia, con el desenlace feliz que muchos se murieron esperando ver. El visionario que murió ciego seguirá bendiciendo a Córdoba con pequeños y grandes milagros, y hasta con el turismo religioso que deberá aprenderse.

Ahora lo importante será superar la moda, tan tentadora en nuestra cultura. Llegar a estampita, incluso con merchandising de por medio, fue necesario para “instalar” al nuevo santo. Bueno sería que cada uno, cada día, y más allá de colores o religiones, viva su ejemplo de entrega, de honestidad cívica, de coherencia y voluntad; enseñanzas que hicieron de su vida su milagro más tangible.