Ingeniería. Seguridad Vial: apuntes para movilizarnos más seguros
Su rol trasciende la construcción de infraestructuras y atañe a la Salud Pública.
La Ingeniería Civil en su rama vial contemporánea atraviesa una transformación fundamental: nuestra misión ha trascendido la mera construcción de infraestructuras para involucrarse también en el ámbito de la Salud Pública. Históricamente, la seguridad vial se percibía como un conjunto de normas de conducta, pero hoy la entendemos como un desafío estructural de gestión donde la ingeniería tiene un factor fundamental.
Globalmente, los siniestros de tránsito arrebatan 1,19 millones de vidas cada año a nivel global. En Argentina, las cifras de 2023 (última actualización) revelaron la pérdida de 4.486 habitantes, lo que representa un promedio de 12,3 fallecimientos diarios; esencialmente, ocurre una muerte cada menos de 2 horas en nuestras rutas y calles, a lo que le debemos sumar a quienes quedan con secuelas físicas transitorias o permanentes, con problemas psicológicos, y en otra medida, los daños en la infraestructura, vehículos asociados y tiempos perdidos por todos los afectados. Retomamos, por ende, una conversación vital iniciada en este mismo suplemento institucional en junio de 2021, cuando el ingeniero Alejandro Guzmán Vega expuso la urgencia de abordar la “pandemia vial” que afecta a nuestra sociedad.
A nivel general, la Seguridad Vial se estructura en cinco pilares: la gestión de la Seguridad Vial, el diseño de infraestructuras de tránsito y movilidad más seguras, los vehículos más seguros, los usuarios de la vía con conductas más seguras y la respuesta eficaz posterior al siniestro. Dentro de este esquema, el rol de la Ingeniería Civil y vial es particularmente preponderante en los dos primeros componentes.

Los sesgos existentes
El primer paso hacia una movilidad racional es corregir los sesgos cognitivos que los usuarios (y lamentablemente, aun muchos decisores de políticas públicas) mantienen frente al fenómeno del movimiento. Citamos algunos de ellos.
El costo del tiempo y la velocidad: existe la creencia de que lograr altas velocidades agiliza el sistema. Sin embargo, en un trayecto típico de 6,5 km (como el ingreso por avenida Colón desde la Circunvalación hasta Plaza Colón), circular a 40 km/h en lugar de 60 km/h añade (en promedio) apenas 3 o 4 minutos al viaje. Esos minutos pueden representar la diferencia entre la supervivencia y la fatalidad: a 30 km/h, la probabilidad de vida de un peatón es del 90%, mientras que a 50 km/h el riesgo de muerte se eleva al 80%.
La anatomía del impacto: un conductor difícilmente procesa la magnitud de la energía cinética que comanda. Colisionar a 50 km/h genera una fuerza equivalente a caer desde un cuarto piso; al alcanzar los 80 km/h, el impacto iguala una caída desde un noveno piso. Ningún cuerpo humano, por más joven o sano que sea, está diseñado para absorber tal energía. La limitación Visual: la capacidad de ser visto no es automática. Sin iluminación reglamentaria o elementos reflectantes, los límites biológicos de la retina impiden detectar a un usuario vulnerable a tiempo para ejecutar una maniobra segura.
Cambio de paradigma: del error humano al Sistema Seguro. Nuestra intervención se fundamenta hoy en la filosofía del Sistema Seguro. Este enfoque parte de una premisa de humildad profesional: los seres humanos cometemos errores y siempre los cometeremos. Por lo tanto, la responsabilidad ya no recae exclusivamente en el conductor, sino en el diseño de un sistema que sea “indulgente”.

Las infraestructuras viales deben concebirse bajo el principio de tolerancia al error, mediante diseños que orienten naturalmente el comportamiento del usuario. La propia configuración de la vía (su geometría, sección y tratamiento del entorno) debe inducir velocidades y maniobras acordes al contexto, sin depender exclusivamente de la señalización. De este modo, el diseño pasa a ser una herramienta activa para promover conductas seguras.
Auditorías y gestión basada en evidencia
Para que estas soluciones sean efectivas, es imperativo profesionalizar la gestión vial mediante herramientas técnicas específicas. Citamos apenas algunos ejemplos.
1. Auditorías de Seguridad Vial (ASV): a diferencia de las inspecciones tradicionales, las ASV son procedimientos formales que evalúan el potencial de riesgo de una vía desde la fase de proyecto hasta su operación. El ingeniero civil actúa aquí como un auditor que detecta fallas de diseño antes de que se traduzcan en lesiones.

2. Identificación de puntos críticos: la gestión moderna no espera a que ocurra una tragedia. Utilizamos datos de siniestralidad para determinar puntos negros o ciegos, y aplicar medidas correctivas de alta ingeniería antes de que el siniestro se repita.
3. Tecnología en materiales: el uso de pavimentos con mayor coeficiente de fricción y sistemas de contención deformables son algunos ejemplos para facilitar la reducción de riesgos.
Conclusión
La Seguridad Vial debe entenderse en términos de la cultura del respeto de uno mismo y hacia los demás, y entender los riesgos asociados a la movilidad. Por lo tanto, requiere un enfoque multidisciplinario. Por supuesto, se debe traducir en políticas públicas con gestión y diseño adecuados. Por eso, establecer profesionalismo y políticas en distintos plazos donde se incluyan a los ingenieros civiles especializados para auditar y rediseñar nuestras vías es, posiblemente, la política de salud más apropiada: la prevención.
Cada dispositivo regulador, cada rotonda técnicamente calculada y cada reducción de carril son piezas de un engranaje diseñado para un único propósito: que el destino de cada viaje sea, invariablemente, el regreso al hogar. Los ingenieros civiles estamos aquí para asegurar que la ciencia aplicada proteja lo más valioso que tenemos (la vida humana), sin perder viabilidad económica y con prevalencia de la sustentabilidad.

