Discriminación
Es bueno corroborar con datos certeros lo que ya sabíamos; pero esto nos pone en las puertas de una disyuntiva: seguir negando la cuestión o asumir que existe y que somos parte de ella.
Desde siempre hemos escuchado que el nuestro es un país multicultural e inclusivo, en el que los hijos de los inmigrantes de diversas latitudes podían ascender en la escala social sin demasiadas trabas ni condicionamientos. Cualquiera podría discutir sobre este tema en la puerta de una discoteca un sábado por la noche, cuando los celosos custodios de la entrada discriminan por color de piel y marca de indumentaria. O en uno de tantos shoppings, en cuyos locales de ropa las empleadas son invariablemente jóvenes, de tez clara y figura cuidada.
A veces en pequeñas dosis, y otras de una manera grosera, nuestra sociedad discrimina. La sospecha, por si hiciera falta, ha sido corroborada por el Barómetro de la Deuda Social Argentina 2013 de la Universidad Católica Argentina, con cifras contundentes que muestran un preocupante índice de discriminación en el orden nacional y un nada envidiable primer puesto para la provincia de Córdoba, en la que dos de cada 10 ciudadanos padecen las consecuencias de la discriminación.
De los datos relevados se infiere que es en el Gran Córdoba donde el problema adquiere ribetes más preocupantes, quizá porque allí es donde se produjo la radicación masiva de inmigrantes bolivianos, peruanos y hasta coreanos en años recientes. Y porque en esas áreas se manifiestan con mayor crudeza los desajustes de una sociedad que en las últimas décadas borró toda pretensión igualitaria.
Se discrimina por color de piel, por la ropa y por el acento, pero también por el lugar de residencia. Así, vemos que es difícil obtener un empleo cuando se declara domicilio en una barriada populosa o semimarginal y, mucho menos, cuando no se han completado los estudios de segundo nivel. Allí emerge otro rostro de la cuestión, las consecuencias de diversas gestiones que consideraron la inversión educativa como un gasto y aplicaron fuertes recortes, deteriorando un sistema educativo que fue modelo en el continente.
Con todo, las trazas de la discriminación están hondamente arraigadas en una sociedad que siempre llamó “turcos” a sirios y libaneses y aplica la calificación de “negro” a todo lo que parezca falto de blasones.
Por si hiciera falta rastrear los orígenes de nuestra conducta en la materia, ya en el Martín Fierro se anota un fuerte desdén por el “gringo” y, cuando el gaucho Fierro se pasa de copas, provoca y mata a un “moreno”.
No somos nuevos en la cuestión, podría alegarse. Es bueno corroborar con datos certeros
lo que ya sabíamos; pero esto nos pone en las puertas de una clara disyuntiva: seguir negando la cuestión o asumir que existe y que somos parte de ella. Se supera con más inclusión, lo
que casi siempre quiere decir más educación. Todos estamos incluidos entre los que deberían reeducarse.

