Las denuncias del Papa
Es loable que Francisco haya solicitado a la sociedad que se combata el abuso infantil; ahora, tras las palabras, se impone una firme política institucional en ese sentido dentro de la Iglesia.
El domingo pasado, el papa Francisco, a propósito de una nueva conmemoración de la Jornada por los Niños Víctimas de Violencia, solicitó a toda la sociedad "claridad y valentía" para defender los derechos humanos y para luchar contra los diversos tipos de abusos que se ejercen sobre las personas, en especial los niños. El mensaje, que incluyó "un saludo especial" a una organización no gubernamental religiosa fundada hace más de 20 años y que lucha contra todo tipo de abusos perpetrados contra los niños, incluido el sexual, fue rápidamente interpretado como una señal de que Francisco está dispuesto a combatir la pedofilia en el interior de la Iglesia Católica.De hecho, varios analistas recordaron que, pocas semanas atrás, el Papa había solicitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe "actuar con decisión" frente a los abusos sexuales. Ese pedido significaría, en concreto, proteger y ayudar a los menores abusados, proceder contra los culpables y comprometer a las conferencias episcopales de cada país a actuar de la misma manera.Según información brindada recientemente por la Congregación para la Doctrina de la Fe –organismo que controla tanto la ortodoxia doctrinaria como la disciplina sacerdotal–, sólo en los últimos tres años el Vaticano ha recibido unas 1.800 denuncias de abusos sexuales a niños y adolescentes, cometidos por religiosos.El problema más grave, si fuera posible aplicar una escala comparativa en estos casos, es que las denuncias son nuevas pero los abusos datan de mucho tiempo atrás, porque durante un larguísimo período se impuso una política de silenciamiento. En concreto, fue Benedicto XVI quien por primera vez alentó lo que expertos vaticanos denominaron "tolerancia cero" frente a la pederastia.Sin embargo, hay sectores de la Iglesia que aún se resisten a denunciar los casos ante la opinión pública y optan por proteger a los abusadores.Este es quizá, de cara a la sociedad mundial, el mayor desafío que enfrenta el papa Francisco: demostrarle al mundo –más allá de la fe que profese cada quien– que la Iglesia Católica ya no admite a los abusadores entre quienes han consagrado su vida a la religión, sea cual fuere el lugar que ocupe en la jerarquía, desde simples sacerdotes a obispos.Es una buena señal, entonces, que Francisco haya utilizado su mensaje dominical para referirse en público al tema de los abusos, aunque lo haya hecho de manera un tanto indirecta. Pero lo importante es que esa señal debe ser acompañada por el compromiso y el testimonio diario de todos y cada uno de los protagonistas de la vida eclesiástica, a lo largo y a lo ancho del mundo, desde el propio Vaticano hasta la diócesis más lejana.

