Del abuso infantil
El abuso infantil es una pandemia que obliga a padres e instituciones de bien público a informarse mejor y actuar más para proteger la integridad psicofísica de los niños.
Profesionales de distintas especialidades, desde psicoterapeutas y sexólogos hasta sociólogos, reunidos en conferencias y jornadas, comparten su preocupación por la extensión del delito del abuso infantil, esa pandemia de pedofilia y pornografía que acosa a todas las regiones del mundo, sean cuales fueren las creencias y culturas que en ellas imperan. Es un mal de la época y el más aborrecible delito de iniquidad que pueda padecer una sociedad.
Diversos factores han contribuido a esta expansión de la perversión. Los medios de comunicación masiva son utilizados para propagar estímulos sexuales primarios y establecer contactos con individuos y grupos que practican esta perversión, que en nuestro país victimiza a uno de cada cinco niños, según estadísticas que no siempre reflejan la realidad. Porque el pudor, la protección de la intimidad y la recuperación psicosomática de la criatura vejada suelen inducir a los padres a mantenerla alejada de requisitorias policiales y judiciales. De ese modo, el acto de maldad puede quedar impune.
Pero se incurriría en un grosero reduccionismo si se atribuyese sólo a la corrupción de la aldea global la multiplicación de las agresiones. Un aspecto repudiable de este problema lo constituye el hecho de que un alto porcentaje de los atentados contra el pudor infantil son perpetrados por familiares directos de las víctimas o por amistades vinculadas con sus familias.
La crisis de la institución familiar ha contribuido a ello y, aunque la víctima pertenezca a un hogar estable, las condiciones económicas obligan a los padres a permanecer durante gran parte del día fuera de sus domicilios y a confiar la custodia de sus hijos a individuos cuya perturbación moral parece dotarlos de la mayor astucia para disimular sus pulsiones depravadas.
Súmese a ello el desarrollo de una verdadera cultura de la solidaridad (complicidad) corporativa, que protege a sus miembros de la acción de la Justicia. El escándalo que estremece a la Iglesia Católica es la más patética demostración de este deleznable corporativismo. Centenares y miles de miembros del clero, en distintos países, fueron juzgados y condenados o se encuentran sometidos a proceso, porque durante décadas la estructura jerárquica de esa comunidad religiosa los protegió del escándalo mediático, aunque habían incurrido en el escándalo que Cristo condenó con palabras de dureza inusuales en él, como se lee en Mateo 18:6.
Toda criatura vejada exhibe síntomas y cambios inequívocos de conducta que deben alertar a los padres. Si la globalización de la información es el medio de mensajes de depravación, los padres encuentran en ella abundante material para orientarse mejor para velar por la integridad psicofísica de sus hijos. No están desamparados frente a la depravación individual o colectiva, individual o corporativa.

