Sin quererlo, en los últimos años, la selección malacostumbró a los argentinos. Después de Qatar, siguió honrando su corona con más títulos y una productividad envidiable, dejando poco margen para la crítica y la preocupación. Tras colgarse la tercera medalla, se llevó la Copa América y arrasó en las eliminatorias para el Mundial que comenzará en junio próximo.
Ese sostenido nivel de competitividad casi no tiene parangón respecto de otras selecciones albicelestes. El equipo de César Luis Menotti quedó eliminado en la segunda ronda de España 82 y solo el seleccionado de Carlos Bilardo pudo sostener la ambición hasta caer en la final de Italia 90.
Ambos equipos, cuatro años antes, habían sido campeones del mundo. En el proceso posterior padecieron el, hasta lógico, letargo que suele afectar a las formaciones que llegan a lo más alto y no logran mantenerse. A esto se suma que, siempre después de la gloria, las uñas filosas de los adversarios parecen crecer con la intención de arañar algún triunfo que los lleve a la cúspide. Vencer al campeón del mundo siempre fue la consigna y el gran objetivo de todos.

Durante este último trienio, la selección dirigida por Lionel Scaloni no tuvo quien la criticara. ¿El motivo? No dio margen para el cuestionamiento. Sus logros deportivos se sustentaron en la jerarquía de sus jugadores y en un alto nivel de profesionalización, tanto dentro como fuera de la cancha. Ganaba con su sola presencia. Tenía autoridad e inspiraba respeto, como muy pocas veces antes.
El viernes por la noche, en la Bombonera, Argentina tuvo su peor expresión desde la consagración asiática. ¿Ese bache en su ruta hacia el próximo Mundial es motivo de preocupación? Puede decirse que no. Más que evaluar una respuesta colectiva, el entrenador nacional observó la reacción de algunos futbolistas que todavía no tienen asegurada su presencia. Nico Paz, con su juego y su gol, pareció ser el más afianzado en ese sentido.
Scaloni puede presumir tranquilidad al saber que cuenta con Emiliano Martínez, Cristian Romero, Alexis Mac Allister, Enzo Fernández, Lionel Messi, Julián Álvarez y Lautaro Martínez como columna vertebral: la misma que dio en 2022 la gran vuelta olímpica. Su tarea pasa por definir quiénes ocuparán los laterales, tanto en defensa como en ataque, para lo cual no le faltan candidatos.

¿Más preguntas? ¿Thiago Almada será el generador de fútbol junto a Messi, o lo serán Paz o Franco Mastantuono? ¿O el oriundo de Pujato apostará por el nervio y la energía de Nico González o Giuliano Simeone para ganar en sacrificio y disciplina táctica?
Las especulaciones son muchas y, dentro de este juego de apuestas por uno u otro, aparece ese segundo tiempo ante Mauritania, que no alarma, pero sí advierte que, en menos de tres meses, Jordania, Argelia y Austria intentarán salir de sus cuevas para alardear con haberle sacado al menos un punto al campeón o, por qué no, con dejarlo en la banquina en la primera curva de la competencia.

En ese sentido, las expectativas, aun con el lauro vigente, deben apuntar a un mesurado optimismo, a un entusiasmo equilibrado que inspire el futuro de una selección que curó sus cicatrices con trabajo y en silencio, y que supo llegar a lo más alto desde la nada misma. Esa experiencia, ese aprendizaje, la vuelven confiable, aunque un bicampeonato aparezca como una ilusión casi imposible.

