El pulso del Mundial. El secreto mejor guardado de la Scaloneta: por qué esta Argentina nunca te deja a pata
Después de la épica clasificación ante Egipto, una escena protagonizada por Rodrigo De Paul volvió a mostrar qué hace diferente a este seleccionado. El sentido de pertenencia, la humildad y una convicción que trasciende al fútbol explican por qué este equipo parece invencible.
Era todo euforia en la intimidad argentina el martes, una hora después de que se había hecho realidad la heroica victoria sobre Egipto. Ya con el pase a cuartos de final en el bolsillo, los jugadores habían festejado a rabiar, en una cadena de abrazos que comenzó entre ellos y quienes rodean a la selección, siguió con uno simbólico con la gente y, un poco más tarde, con sus familiares, ya fuera en la tribuna o en las zonas bajas del estadio.
Después de semejante emoción, en la antesala del espacio donde se realizaría la zona mixta —donde cientos de periodistas esperaban para hablar con los protagonistas—, Rodrigo De Paul se emocionaba mientras veía a sus pequeños hijos disfrutar con una pelota. Sonrisa amplia, ojos brillosos: el mediocampista, uno de los puntales futbolísticos, físicos y anímicos de este seleccionado, reía con ellos en un pasillo del estadio.
Quizá en esa simpleza y en la disposición a disfrutar cada momento se sintetiza gran parte del secreto del éxito de este ciclo, que comenzó en 2018 con Lionel Scaloni, primero como interino y luego como director técnico oficial de Argentina. Un cargo que asumió sin experiencia en la conducción de mayores, pero con una fórmula que dio frutos.
Sucede con este grupo que compite en el Mundial 2026, pero también se repitió en todos los que se fueron formando a lo largo de estos ocho años. Ese sentido de pertenencia, ese amor por la camiseta, ese orgullo por representar a la Celeste y Blanca se arraigó en cada futbolista que fue llamado a ser parte en diferentes momentos del proceso.

Scaloni se rodeó de colaboradores que, como él, se identificaron con los seleccionados nacionales desde muy chicos: Pablo Aimar, Walter Samuel y Roberto Fabián Ayala, todos jugadores de selección, con varios mundiales disputados tanto en juveniles como en la mayor. Gente que se impregnó de sangre albiceleste desde muy joven y que supo aprender esa devoción por defender los colores, algo que luego logró transmitir.
Había una base, porque si algo hay que destacar del futbolista argentino es su deseo de ser parte de las selecciones y de venir, como sea y desde donde sea, a jugarse entero por Argentina.
Hay un espíritu amateur que trasciende el superprofesionalismo en el que compiten todos los futbolistas de este seleccionado, aunque jueguen en las principales ligas o clubes del mundo. En este plantel hay jugadores de la Premier League inglesa, de la Liga española, de la Serie A italiana, de la Bundesliga, de la Ligue 1 francesa, de la liga brasileña y de la Liga Profesional argentina. Solo dos de sus referentes, Lionel Messi y Rodrigo De Paul, compiten en una liga emergente como la MLS, pero es por elección propia; podrían hacerlo sin problemas y sin desentonar en cualquier lugar del planeta.
Sin embargo, con todos esos pergaminos, se desviven por venir a la selección y, según quienes los ven a diario, disfrutan cada instante que les toca compartir. “Son como una familia, re humildes. La verdad, es difícil de creer porque uno piensa que son estrellas… ¡son los campeones del mundo! Todos los que están con ellos son muy buena gente”, contó en Kansas alguien que tuvo contacto directo con la logística de la delegación durante el Mundial.

Por eso, por esa decisión de estar, por esa alma amateur más allá de cualquier ganancia, pasan cosas como las del martes en el partido contra Egipto. Es como que el grupo —le vaya bien o mal, juegue mejor o peor— nunca “te va a dejar a pata”. Y eso, en tiempos de individualismo, de lucimientos personales, de egoísmos y del “sálvese quien pueda”, es un valor y un arma fundamentales que permiten sacar fuerzas desde la última fibra. Y en ese instante es cuando Argentina parece invencible, aunque en algún momento le toque perder.

