En el cuerpo técnico de la selección argentina hay un consenso absoluto: nadie piensa en retirarse ganador ni en administrar la gloria conseguida en Qatar.
Todo lo contrario. La idea es volver a intentarlo. Ir otra vez por la Copa del Mundo. Y hacerlo desde el mismo lugar que llevó al grupo a la cima: la convicción humana, la cercanía y el disfrute del proceso.
“No hay manera de que no intentemos repetir la felicidad que sentimos en Qatar. No hay otra opción. No hubo otra posibilidad. Si no, ¿para qué estamos?”, dice un integrante del grupo que lidera Lionel Scaloni. Lo expresa emocionado, casi al borde de las lágrimas. “Yo estoy sanamente loco y el otro —por Scaloni— es más loco que yo… en el buen sentido”, agrega. Ese semblante atraviesa la vida cotidiana de un cuerpo técnico integrado por Scaloni, Pablo Aimar, Walter Samuel y Roberto Ayala como ayudantes de campo, junto con Luis Martín como preparador físico y Matías Manna en el análisis de video. Un grupo que, lejos de sentir el peso paralizante de defender el título, se mueve con naturalidad y con una idea clara: disfrutar el camino sin resignar competitividad.
El miedo a caer del pedestal no aparece en el radar. La presión por estar a la altura tampoco domina la escena. Lo que existe es una enorme responsabilidad por hacer todo lo posible para volver a competir al máximo nivel. “Tomamos todos los recaudos que hay que tomar para el Mundial. No hay nada que no hagamos, pero estamos centrados en lo humano, en la gestión del grupo, en hacer que las cosas pasen. Y que en el proceso la pasemos lo mejor posible. Porque si perdés y, además, no la pasaste bien en el proceso, todo es el doble de doloroso”, explican desde el entorno del seleccionado.

Ese concepto de “pasarla bien” no tiene relación con la relajación o la falta de exigencia. Apunta a descontracturar y humanizar la convivencia. La experiencia traumática de Rusia 2018, durante el ciclo de Jorge Sampaoli, dejó marcas profundas en varios integrantes de esta gestión. La robotización de la rutina, la tensión permanente y la distancia en los vínculos fueron aspectos que Scaloni y compañía decidieron modificar desde el primer día.
Por eso, en esta selección, un mate puede transformarse en una charla de fútbol o en una conversación sobre la vida. Una sesión de video puede derivar en historias familiares, hijos, cansancio acumulado por las temporadas europeas o cuestiones emocionales. El método no es únicamente táctico: también es humano.
La relación con los futbolistas se sostiene bajo esos códigos. El cuerpo técnico campeón del mundo no cree en la verticalidad extrema ni en los liderazgos rígidos. Cree en el vínculo, en el ida y vuelta y en la convivencia como una plataforma competitiva.
“No todas las charlas son de fútbol”, explican cerca del plantel. Y ahí aparecen las familias, las rutinas, el desgaste mental y físico, las emociones y hasta las preocupaciones cotidianas. Mate va, mate viene.

Incluso la relación con Lionel Messi se mueve bajo esa lógica. Sin solemnidades innecesarias ni protocolos artificiales. “Somos todos adultos”, sintetizan cerca del capitán. Nadie necesita marcar territorio frente al mejor jugador del mundo y, al mismo tiempo, nadie lo trata como una figura intocable. Messi convive con naturalidad dentro del grupo y, lejos de imponer distancia, facilita todo. En lo futbolístico también hay una idea muy clara: no existe un equipo titular inamovible. Hay una base. Y eso está verbalizado puertas adentro. Argentina funciona como un plantel amplio.
La selección vive en modo competitivo, aunque con una diferencia importante: sabe que en algún momento volverá a perder. Y que eso no será un drama. La obsesión no pasa por sostener un invicto emocional, sino por seguir intentando. Porque dentro del grupo de Scaloni la idea sigue siendo la misma desde Qatar hasta hoy: “Si no intentamos ser campeones del mundo otra vez… ¿para qué estamos?”.

