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Deportes

Análisis. River–Boca, un clásico que fascina al mundo y desnuda sus límites

El superclásico conserva su magnetismo global, pero se juega entre rendimientos ajustados, más lucha que brillo y una logística de seguridad que evidencia una cultura futbolera en retroceso.

17 de abril de 2026, 18:46
River–Boca, un clásico que fascina al mundo y desnuda sus límites
Conferencia de prensa Superclásico entre Boca y River.

Retumban con más fuerza los tambores, anticipo de un enfrentamiento especial, único y global, tal como lo imponen sus particularidades. Juegan River Plate y Boca Juniors y el planeta fútbol, desde cualquier región del mundo y más allá de razas, idiomas o creencias religiosas, deja de lado esas diferencias y se contagia de su vitalidad. Juegan River y Boca y la fiesta invita a participar de una carga de pasión y tensión que, en otras latitudes, resulta difícil de comprender, pero que igualmente atrae. Y mucho.

Esa atracción se explica, en parte, por lo estrictamente futbolístico. Boca Juniors y River Plate son los clubes más populares y más laureados del país, potencia mundial en este deporte. Los grandes medios de comunicación siguen de cerca sus alternativas, más por el entorno pasional que los rodea que por la riqueza de su juego. Fiel a lo argentino, el clásico se disputa tanto desde la palabra como desde los hechos.

Lautaro Di Lollo marcó el 1-0 de Boca ante Barcelona de Ecuador en la Copa Libertadores en La Bombinera.
Lautaro Di Lollo marcó el 1-0 de Boca ante Barcelona de Ecuador en la Copa Libertadores en La Bombinera. (Fotobaires)

En ese marco de paridad y limitaciones, Boca llega con mejores antecedentes. Arrastra un invicto de 12 partidos y un rendimiento que ha mejorado de manera paulatina y sostenida. Se apoya en la lucidez de Leandro Paredes, ideólogo de la mayoría de sus incursiones ofensivas, ahora bien acompañado por el Vasco Ascacíbar y Milton Delgado, y sostiene sus aspiraciones en la potencia de Miguel Merentiel y Adam Bareiro. Su defensa, con Lautaro Blanco como eficaz proyección ofensiva, ha evolucionado a la par del equipo, mientras que la principal incógnita aparece en la respuesta de Leandro Brey, reemplazante de Agustín Marchesín, quien aún no ha logrado afirmarse a partir de algunas inseguridades.

River y Boca, cara a cara otra vez.
River y Boca, cara a cara otra vez. (AP.)

River, por su parte, transita su propio camino de triunfos. No ha perdido desde la asunción de Eduardo Coudet. Lo ha conseguido más por el peso de la historia y las presiones que eso conlleva que por el pleno desarrollo de sus virtudes. No contará con dos piezas importantes, Juan Fernando Quintero y Fausto Vera, ambos lesionados. Al igual que Boca con Brey, presentará a un arquero sin experiencia en superclásicos: Santiago Beltrán. El equipo se sostendrá en una defensa con mucha experiencia, apelará al oficio y la regularidad de Aníbal Moreno en el mediocampo y buscará respuestas ofensivas en Sebastián Driussi, su principal carta de gol en los últimos encuentros.

Sebastián Driussi, delantero de River.
Sebastián Driussi, delantero de River. (Clarín)

El anhelo de un partido rico en matices técnicos suele quedar opacado por el espíritu combativo que imponen las urgencias. Un encuentro tan especial parece justificar cualquier esfuerzo antes que una jugada individual o colectiva en la que pueda sobresalir una gambeta u otra pirueta. De todos modos, así se lo acepta: se augura prosperidad para quien gane y una tristeza circunstancial para quien pierda, como expresión genuina de la cultura futbolera local.

A propósito de cultura, lo opuesto se refleja en el despliegue de seguridad previsto: mil 800 efectivos policiales y de otras áreas gubernamentales, junto con 700 agentes de seguridad privada, se encargarán de ordenar y controlar la movilización de más de 80 mil personas en el estadio. La cifra impacta, aunque ya no sorprende. Desde hace más de una década, los usos y costumbres han naturalizado la ausencia de hinchas visitantes en este tipo de espectáculos. Una derrota persistente de una manera de disfrutar el fútbol en plenitud, arrumbada por una violencia latente o explícita que aún no ha podido erradicarse de los estadios.