En tiempo de reposo, forzado por un interés claramente corporativo, vale repasar algunas de las cosas buenas que sucedieron desde que una avalancha de partidos volvió a demostrar la trascendencia del fútbol en Argentina. Afortunadamente, a ese ventarrón de encuentros, que ya dejó lesionados en todos los planteles, le siguieron otras apariciones que, aunque no masivas, tuvieron la fuerza de la juventud para producir cambios y alimentar esperanzas.
Como ocurrió también en otros clubes del país, la renovación alcanzó a Talleres, Belgrano e Instituto, particularmente desde sus divisiones inferiores, a través de jóvenes que intentaron aportar su capacidad para ponerla a consideración de cada hinchada.
En barrio Jardín ya había aparecido Santiago Fernández como referencia en la defensa, integrante de la selección argentina sub 20, subcampeona del mundo. Ya instalado nuevamente como titular, Fernández suma su aporte a la grata presencia de Giovanni Baroni, el pibe que, con 17 años, se ubicó preferentemente en la derecha del mediocampo, desde donde ayudó a generar juego con su buena técnica y su disposición al esfuerzo. El resplandor juvenil en barrio Jardín se extendió a Valentín Dávila, una alternativa en ataque, altamente productiva ante Gimnasia y Esgrima de Mendoza y autor de los dos goles con los que Talleres adornó su victoria.

En Belgrano también hubo una interesante movida juvenil, que introdujo engranajes nuevos en una estructura sostenida en la inspiración de Lucas Zelarayán y Franco Vázquez. Desde hace unos meses, Ramiro Hernández es un convocado habitual por Ricardo Zielinski, lo mismo que Gonzalo Zelarayán, Lautaro Gutiérrez, Jeremías Lucco y Juan Velázquez. Los pibes demostraron que juegan bien, que tienen ganas y que sienten la camiseta.
En Instituto se puede destacar al extremo Luca Rafaelli, oriundo de Alta Gracia, que ante Unión se convirtió en el jugador más joven (17 años) en marcar con la Gloria en Primera.

Ingresaron para aportar savia nueva en los momentos de debilidad o cuando hubo que fortalecer los valores en una formación que cada vez necesita más de sus correteos y de sus atrevimientos.
Lo que sucedió con estos chicos no es más que la continuidad de un proceso que, afortunadamente, se repite en Córdoba con frecuencia y que florece por la ardua tarea de formación en las divisiones menores y por la consolidación de su personalidad y de su juego como futbolistas de primera división.
En tiempos pasados, el fútbol de esta capital supo abastecerse, además, de jugadores jóvenes de la liga cordobesa y de otras ligas de la provincia, cuando la competencia era más doméstica. La dinámica actual del deporte, sostenida por la inevitable globalización, mezcla en la cancha idiomas y colores de piel distintos y obliga a la mayoría de los clubes a desprenderse de sus mejores valores aun sin haber dado sus mejores actuaciones con las camisetas de origen.
Sin renegar de eso, nadie en esta provincia puede ocultar que siempre surge la seductora idea de armar un equipo lo más cordobés posible. Lo hecho aquí, en hombres y conjuntos, y más si tiene trascendencia nacional en su competitividad y en sus réditos, tendrá para los hinchas un valor superior.
El deseo, entonces, es que la tenencia se consolide y que la tonada que nos identifica se escuche cada vez más en los equipos que son locales en nuestros campos de juego.

