Compartir
Deportes

Opinión. El partido que recordó por qué el fútbol todavía puede ser hermoso

El 5-4 entre el PSG y el Bayern Múnich fue una celebración del juego sin trampas ni especulación. Un espectáculo total que contrasta, y mucho, con las miserias habituales que se ven por estas latitudes.

02 de mayo de 2026, 16:09
El partido que recordó por qué el fútbol todavía puede ser hermoso
Semifinales de Champions entre PSG y Bayern.

Se escuchó decir: «Si alguien pasaba a cobrarme después del partido, lo pagaba». El autor de la frase pudo haber sido uno de los tantos que tuvieron el privilegio de ver, cómodamente sentados en su casa, el 5-4 entre el París Saint‑Germain y el Bayern Múnich, en la primera semifinal de la Champions League.

Fue un verdadero duelo de titanes, un auténtico festival de goles, un juego excepcional que mantuvo en vilo al espectador hasta el segundo final y que promete una respuesta de similar envergadura en la revancha.

En realidad, no debe asombrar la magnitud de lo ofrecido por un participante portentoso y siempre candidato, como el equipo alemán, y por otro que disfruta de su momento histórico más feliz, tal como se presenta la formación parisina.

Ambos llegaron a esta instancia con los mismos argumentos que expusieron el martes en el Parque de los Príncipes, y lo reafirmaron aumentando la frecuencia, la belleza y la contundencia con las que decoraron un espectáculo inusual, lleno de circunstancias que lo tornaron inmensamente atractivo.

La propuesta tuvo de todo: los goles aparecieron en catarata y, detrás de ellos, jugadas preciosas. Michael Olise, el delantero francés del conjunto alemán, provocaba mareos en sus marcadores; en el otro extremo, el colombiano Luis Díaz demostraba que no existe un solo tipo de gambeta para producir un tembladeral; en el medio, el inglés Harry Kane convirtió el primer gol. El Bayern Múnich ganaba 1-0 y pudo haber agregado una segunda conversión, lo que habría llevado al partido por un camino distinto.

Pero no. El París Saint‑Germain, por un instante jaqueado, resucitó con el georgiano Kvaratskhelia, que marcó el empate, anotó el tercer gol y regaló amagues y desbordes de todos los gustos. «¿Cuántos gambeteadores hay en la cancha?», preguntó el comentarista. El otro wing del PSG, Désiré Doué, acababa de perder un gol tras filtrarse entre varias piernas dentro del área alemana. El trámite ofrecía firuletes y fantasías a cada minuto, un lujo que pocos se atreven —o pueden— dar.

Y así como el Bayern Múnich pudo haber llegado al 2-0 en el comienzo del partido, soportó luego un 2-5 que casi anulaba sus chances de ser finalista del principal torneo europeo. Sin embargo, el juego no dejaba de ofrecer sorpresas. De la posible debacle, los teutones, redivivos, estuvieron a un paso del empate. Y casi lo logran; como también pudieron haber sufrido un sexto gol en contra.

La sensación tras el encuentro fue la misma que se experimenta luego de ver una gran película, una obra teatral memorable o el recital del intérprete favorito. El fútbol, afortunadamente, y a pesar de las épocas y de las tendencias, conserva en estas distinguidas propuestas los elementos necesarios para enfrentar cualquier intento de limitación o perjuicio a sus formas más gratas.

En nuestro país es común ver empujones, protestas, demoras fraudulentas, arqueros ficticiamente lesionados y un sinfín de excusas de vigorosa actualidad. Esa realidad bien podría extenderse a las Copas Sudamericana y Libertadores, en las que el nacionalismo se exacerba, aumentando las fricciones, las provocaciones y los intentos de agresión.

Este París Saint‑Germain‑Bayern Múnich es la señal más clara y contundente de un juego que puede disputarse sin dobleces, aun cuando los protagonistas atraviesen todas las instancias emocionales y deportivas posibles, tanto buenas como malas.

Se festejaron y se lamentaron goles; hubo gambetas en abundancia; también errores; se vieron jugadas colectivas brillantes; se cobraron y ejecutaron dos penales; se disputó al límite de la fricción; se consultó al VAR. Y no pasó nada. O, mejor dicho, pasó de todo, sin que nada lograra empañarlo.

El plato está servido. Como para seguir saboreándolo por TV.