Mundial en cordobés. Una noche de "baile" en Dallas: un bar que podría estar en Córdoba
La Voz recorrió una zona similar a la de Güemes en Dallas. El bar Reveler Hall se lleva toda la atención con su música. No será un baile, pero...
En Córdoba, como mostró La Voz, hay bailes de lunes a lunes. Esa vida nocturna no tiene comparación con Dallas. Es la verdad. Pero aquí, donde Argentina le ganó a Austria y donde se medirá con Jordania el sábado, también existen lugares donde la música manda. No suena cuarteto. Obvio. Suena jazz. Y aunque la distancia entre una noche en Dallas y una madrugada cordobesa parezca enorme, hay algo que las conecta. La necesidad de encontrarse. De escuchar música en vivo. De olvidarse por unas horas del reloj y de las obligaciones. La necesidad de bailar. Sí, sí, bailar. Moverse. Sudar bailando.
A unos minutos del centro de la ciudad, en el histórico barrio de Bishop Arts, funciona Revelers Hall, un club de jazz con espíritu de Nueva Orleans que cada noche reúne a músicos y bailarines. Afuera, el Mundial aparece en las conversaciones, en las camisetas que caminan por las veredas y en las pantallas de los bares. Adentro, por un rato, la pelota deja de ser protagonista. Era martes. ¡Martes! Y la pista estaba llena. Encontrar gente bailando un martes no llama demasiado la atención en Córdoba. Acá sí. Sin embargo, en Revelers Hall las parejas ocupaban cada rincón disponible del salón mientras una banda tocaba en vivo a pocos metros. No había cuarteto. Tampoco cachengue ni reggaetón. Había jazz, blues y swing.
Y lo más llamativo era que nadie parecía estar improvisando. Los pasos tenían una precisión que obligaba a quedarse mirando. Las parejas giraban, se separaban, volvían a encontrarse y seguían el ritmo como si estuvieran ejecutando una coreografía ensayada durante años.
Entre canción y canción apareció Sean, uno de los bailarines más activos de la noche. "Lo último que bailamos fue una polca, aunque no estaba previsto. Después vas a ver mucho blues y mucho swing", explicó. La conversación siguió con una pequeña clase acelerada sobre estilos de baile. Sean habló del East Coast Swing, donde las parejas permanecen cerca una de la otra formando una especie de V. También del Lindy Hop, donde los bailarines se separan y vuelven a encontrarse constantemente siguiendo el ritmo de la música. Nombres poco habituales para cualquier argentino.
Pero mientras hablaba, aparecía algo conocido. La pasión. La misma pasión con la que un cordobés puede explicar la diferencia entre una noche de La Mona y una de Ulises. La misma pasión con la que alguien recomienda un baile en Forja, en Villa Retiro o en cualquier rincón de la provincia. Después de verlo moverse por la pista con una facilidad admirable, llegó un comentario inevitable. "Sos el Messi del baile". Sean se largó a reír. El elogio pareció sorprenderlo más que cualquier paso complicado. Y cuando la charla derivó hacia Lionel Messi, apareció otra de esas escenas que se repiten desde que comenzó el Mundial.
"Es increíble. Pudimos ver cómo Messi está haciendo la historia", respondió. No importó que estuviera en un club de jazz de Dallas. No importó que alrededor sonaran trompetas, baterías y contrabajos. Messi volvió a convertirse en idioma universal.
La música siguió sonando y la pista continuó llena. Un músico, con parche en un ojo, tocaba una guitarra enorme. Era feliz. Estaba haciendo feliz a la gente. Y eso que el calor era sofocante. A las diez de la noche la sensación térmica todavía rondaba los 32 grados. Afuera, Dallas seguía ardiendo. Adentro, nadie parecía dispuesto a abandonar el baile. Todos seguían girando. Todos seguían sonriendo. Todos seguían dejando algo de energía sobre el piso de madera.
Hay diferencias evidentes con Córdoba. Acá nadie levanta una bandera de Belgrano, Talleres o Instituto. No aparecen grupos de amigos cantando antes de entrar. No hay fernet circulando entre ronda y ronda ni alguien pidiendo un cuartetazo para cerrar la noche.
Pero existe algo parecido a una cultura del encuentro. La música no es un complemento. Es el motivo principal.Y eso se percibe en cada rincón del lugar.
También en un detalle que llamó la atención. Los músicos reciben aportes directos del público. Un cartel invita a colaborar con cuatro dólares por artista. Una costumbre que ayuda a sostener una escena musical que parece tener raíces profundas en esta parte de Texas. Mientras tanto, el barrio de Bishop Arts completa el paisaje. Las calles están llenas de bares, restaurantes, pequeños comercios y gente caminando sin demasiado apuro. Tiene algo de Güemes. No porque se parezca físicamente, sino porque transmite la misma sensación de movimiento constante. Siempre hay alguien entrando a un local. Siempre hay alguien buscando dónde sentarse. Siempre hay alguna excusa para quedarse un rato más. La noche avanza y el Mundial vuelve a aparecer.
En una pantalla se ven partidos de la Copa del Mundo. En una mesa se escucha hablar de Argentina. En otra, alguien comenta la actuación de Messi. Dallas vive el torneo a su manera. No como en Córdoba. Pero lo vive. Y quizás ahí aparezca la mayor enseñanza de estas recorridas lejos de casa. Las ciudades cambian. Los idiomas cambian. Los ritmos cambian.
Pero hay costumbres que se parecen demasiado. Porque en Córdoba hay cuarteto. En Dallas hay jazz. En Córdoba los bailes pueden arrancar un lunes y terminar cuando sale el sol. En Dallas un martes cualquiera puede encontrar una pista llena de parejas bailando swing. Distintos sonidos. Distintas tradiciones. Distintas historias. La misma necesidad de... bailar.
Y aunque ningún escenario del mundo pueda competir con la devoción cordobesa por el cuarteto, Revelers Hall demuestra que, incluso a miles de kilómetros de distancia, siempre existe un lugar donde la música reúne a la gente y la invita a moverse. Aunque sea un martes. Aunque el Mundial esté ocupando todas las conversaciones. Porque cuando la banda empieza a tocar, el resto puede esperar.

