Mundial en cordobés. Las monjas que son padre e hijo y conquistaron Estados Unidos con fe y una locura que ya es furor
De los banderazos de Miami a las calles de Kansas City, dos hinchas de Córdoba se transformaron en personajes del Mundial. Iban a volver a la Argentina, pero cambiaron un avión por un auto para seguir detrás de la Selección. "El Vaticano ya no manda plata", bromean mientras buscan entradas para continuar el sueño.
Entre camisetas de Messi, banderas argentinas, bombos y el inconfundible acento cordobés que volvió a copar la previa de un partido de la selección, hay dos personajes que ya no necesitan presentación. Apenas aparecen, los celulares se levantan solos. Los chicos los abrazan. Los turistas les piden una selfie. Los argentinos se ríen antes de saludarlos. Son las monjas del Mundial. Son cordobesas. Y hablaron con La Voz.
O, mejor dicho, las dos monjas que siguen en carrera. Porque la tercera ya regresó a Córdoba. “Originalmente éramos Esperanza, Celeste y Blanca. Pero por una cuestión presupuestaria, Esperanza se volvió”, cuentan entre risas, sin romper nunca el personaje.
Detrás de esos hábitos celestes y blancos hay un padre y un hijo cordobeses que decidieron mantener el anonimato. “La identidad es oculta. Somos como Batman”, responden cuando llega la pregunta inevitable sobre sus nombres.
No hace falta saber cómo se llaman. En Estados Unidos todos los conocen por el disfraz.
La escena se repite una y otra vez en Kansas City. Mientras hablan con La Voz, un nene estadounidense se acerca tímidamente para pedir una foto. Después llegan otros. Y otros más. La entrevista se interrumpe varias veces porque las monjas vuelven a posar para otro celular. No esperaban semejante repercusión.
“La verdad es que no. La idea era venir diferentes. Hacer algo distinto.” Todo empezó apenas unos días antes del viaje. El hijo imaginó el diseño con inteligencia artificial, se lo envió a una modista de Córdoba que estaba trabajando a contrarreloj confeccionando banderas para los hinchas argentinos y, tres o cuatro días antes de subirse al avión, los trajes quedaron listos.
La apuesta era sencilla. Representar la fe. Pero no una fe religiosa. La fe futbolera.
“La idea era unir al pueblo argentino en esto de la fe por la selección.” Siempre estamos rezando por estos muchachos, por los penales, por los partidos. Y creo que salió bien porque mucha gente se sumó al juego. Desde entonces aparecieron en Miami, Dallas, Atlanta y ahora Kansas City. Siempre caminando entre los banderazos, siempre rodeados de argentinos que los reconocen antes incluso de verles la cara.
Porque en un Mundial también se juega el campeonato de los personajes. Y estas monjas ya están entre los más famosos.
La aventura, sin embargo, estuvo a punto de terminar hace apenas unos días. Las valijas estaban hechas. El vuelo de regreso también.
Después del partido de Atlanta, padre e hijo iban camino al aeropuerto convencidos de que el sueño había terminado. Hasta que apareció esa pregunta que cambia historias.
“¿Y si no nos volvemos?”. El padre la lanzó casi al pasar. El hijo intentó poner un poco de cordura.
“No, viejo... ya hicimos un montón. Ya no hay sponsors.” La respuesta llegó con otro chiste.
“El Vaticano no manda más plata.” Se rieron. Al rato cancelaron el regreso. Alquilaron un auto.
Y manejaron hasta Kansas City para seguir acompañando a la Scaloneta. "Ahora estamos para los próximos tres partidos, si Dios quiere. Queremos llegar hasta la final." Claro que el principal obstáculo ya no son los kilómetros. Son las entradas. "Los precios están altísimos. Hay partidos donde superan los dos mil dólares. Si uno se rebusca puede conseguir algo mejor, pero cuesta muchísimo. Y también da bronca porque hay muchos extranjeros que tienen entradas que podrían estar en manos de argentinos", reconocieron.
Mientras buscan la forma de entrar al estadio, ellos siguen recorriendo las previas como dos celebridades inesperadas. En el camino acumularon anécdotas de esas que solamente puede regalar un Mundial. Una de las más curiosas ocurrió en Dallas.
Un hombre pasó cerca de ellos y, entre risas, les dijo que no quería sacarse una foto con esas monjas tan feas. Ellos tampoco lo reconocieron de inmediato. Después miraron mejor.
Era el papá del arquero Dibu Martínez. Días más tarde volvieron a cruzárselo en Atlanta.
Esta vez fue Martínez padre quien caminó hasta donde estaban para saludarlos. Hubo abrazo, foto y hasta un rosario de regalo que terminó colgado en su cuello. “Tal vez el traje nos abrió puertas que de otra manera hubieran sido imposibles”, reconocieron.
Las monjas ya recorrieron ciudades enteras bajo temperaturas sofocantes. Miami los cocinó. Dallas tampoco tuvo piedad. Kansas City les regaló otro día de calor. Por eso hubo una pregunta inevitable. ¿Cuántas veces lavaron esos hábitos? Se ríen antes de contestar.
“Después del partido con Cabo Verde ya no daban más. Hicimos todos los rituales posibles antes de meterlos en el lavarropas, pero no había otra opción. Si no, ya éramos monjas impresentables.” Y vuelven a reír. Mientras alrededor siguen cayendo pedidos de fotos.
Porque este Mundial también se explica desde esas historias mínimas. Las que nacen con una idea disparatada en Córdoba, cruzan un océano, sobreviven a cinco partidos, cambian un pasaje de avión por miles de kilómetros en auto y terminan convirtiendo a un padre y a un hijo en dos de los personajes más queridos de la fiesta argentina. Con fe.
Y, por supuesto, con Messi como principal santo de esta religión futbolera.

