El título de campeón logrado por Belgrano movió con intensidad los cimientos en barrio Jardín y en todo ámbito identificado con los colores azul y blanco. Hasta aquella final, celebrada por los celestes ante River Plate, Talleres se preciaba de ser el único club cordobés en exhibir en su vitrina dos títulos internacionales, un orgullo deportivo que lo situaba en un nivel superior al de otras instituciones.
El primer título oficial y nacional de un equipo de esta provincia produjo, lógicamente, un cambio de escenario en la escala con la que se evalúan los méritos alcanzados. En Alberdi tomaron las riendas de un merecido protagonismo, lo que obligó a una respuesta inmediata en la Boutique para atenuar tensiones y reavivar ilusiones.
En ese contexto apareció Jorge Sampaoli, el elegido. Su visita al Centro de Alto Rendimiento albiazul antecedió a un anuncio que dejó al descubierto la intención de una dirigencia que, en tiempos de reproches y cuestionamientos, buscó modificar el perfil bajo de casi todos sus entrenadores con la incorporación de un técnico exitoso en los primeros años de su carrera. No ha acumulado muchos éxitos en el último tramo, pero igualmente califica como el de mayor trayectoria entre quienes dirigieron al equipo en este último decenio.

Una de las preguntas que surgen tras su llegada es si Andrés Fassi aplicará también cambios drásticos en la conformación del nuevo plantel, en línea con el impacto que produjo la contratación de Sampaoli. Talleres, en sus dos últimos partidos —ante Belgrano y Newell’s Old Boys— dejó una imagen opaca, muy desteñida, de final de ciclo, con una disposición que pareció no estar a tono con lo que estaba en disputa (sobre todo frente a Belgrano).
En medio de esas circunstancias, el entrenador de Casilda inició su trabajo sin poder hacer nada frente a los prejuicios del fútbol, centrados en sus escasas celebraciones recientes. En los últimos tiempos, sus equipos —salvo Atlético Mineiro en su primera etapa— no alcanzaron objetivos trascendentes. Esa, quizá, sea su mayor debilidad ante el escepticismo de una hinchada que seguramente exigirá más y de inmediato.
Puede decirse que se ha iniciado una nueva etapa en el fútbol cordobés con la vuelta olímpica celeste. La frustración de una copa que nunca podía alzarse se ha transformado en algo posible y muy disfrutable. Sampaoli tiene sobre sí la responsabilidad de encabezar un proceso difícil y tenso, de cuyos resultados, si son positivos, podrían tejerse nuevos vínculos de confianza y apoyo entre jugadores, dirigentes e hinchas.
En el tramo avanzado de su recorrido profesional, y quizá con no tantos años más en una tarea tan intensa, Sampaoli buscará que todo termine bien, con alegrías cercanas a las vividas en Ecuador y Chile. Si eso se concreta, será un acontecimiento significativo para quien nunca dirigió en Primera División en Argentina. Y no quedará duda de que una buena parte del fútbol cordobés le agradecerá los servicios prestados.

