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Deportes

El adiós de un histórico. "Instituto me rescató": la emotiva despedida de Ramón Álvarez

El formoseño se jubiló en los últimos días. Fue arquero, entrenador, coordinador y formador. Tras varias décadas ligado al club, el histórico referente de la Gloria cerró una etapa con una frase que resume toda su historia: "Instituto es todo para mí".

15 de julio de 2026, 09:28
"Instituto me rescató": la emotiva despedida de Ramón Álvarez
Ramón Álvarez, al centro de la escena junto a viejas glorias de Instituto.

Hay despedidas que hacen ruido. Otras, en cambio, emocionan por lo que representan. La de Ramón Álvarez pertenece a este último grupo. Este martes, a los 65 años, el histórico arquero de Instituto se jubiló después de una vida entera ligada al club de Alta Córdoba. No fue una decisión personal ni una elección deportiva: simplemente, llegó el momento que marca la ley. Aunque él mismo admite, con una sonrisa y algo de nostalgia, que todavía sentía que tenía mucho para seguir aportando.

Instituto le preparó un reconocimiento en La Agustina, el lugar que durante más de dos décadas fue prácticamente su segunda casa. Allí estuvieron viejos compañeros y glorias albirrojas como Oscar Dertycia, Ramón Benítez, Miguel Olmedo, Enrique Nieto y Gustavo Paredes. Todos fueron a saludar a un hombre que nunca necesitó levantar la voz para convertirse en una referencia dentro del club.

Porque Álvarez fue mucho más que un arquero. Fue entrenador de arqueros, técnico de la Primera Local, entrenador de la Cuarta de AFA, coordinador del predio en dos etapas, técnico interino de Primera División y, sobre todo, un formador de personas.

De Clorinda a Alta Córdoba: la historia que cambió su vida

Cada vez que habla de Instituto, Ramón vuelve inevitablemente a sus orígenes. Aquel chico de apenas 17 años que dejó Clorinda, Formosa, para probar suerte en Córdoba.

"Yo llegué al club desde Formosa con apenas 17 años. Me probaron en La Agustina, en la cancha Ardiles. Imaginate lo que era en ese momento... todo tierra", recordó con una mezcla de emoción y orgullo.

Aquella apuesta terminó cambiándole la vida para siempre.

"Yo vine de Clorinda, que es un pueblo pequeño. Tenía 17 años. Estaba asustado. A veces me pongo a repasar y ha sido una vida acá adentro. Ser reconocido es lo más lindo que me ha pasado", contó.

No exagera. Entre su etapa como futbolista y luego como empleado del club, prácticamente pasó toda su vida en Instituto.

Ramón Álvarez le puso punto final a una larga etapa vinculada a Instituto.
Ramón Álvarez le puso punto final a una larga etapa vinculada a Instituto. (La Voz. )

"Instituto me rescató; para mí es todo"

Si hubo una frase que resumió la jornada fue la que utilizó para explicar qué significa la Gloria en su vida. No necesitó buscar palabras elaboradas.

"Tuve la suerte de compartir plantel con grandes jugadores. Instituto es lo máximo en mi vida. Instituto me rescató. Yo venía de un pueblo lejano y me dieron la posibilidad de jugar en Primera División. Para mí, Instituto es todo", le contó a La Voz.

Son palabras que ayudan a entender por qué nunca se fue del club, incluso cuando tuvo oportunidades en otros lugares. Álvarez siempre encontró un motivo para volver a La Agustina.

"Hice de todo acá. Me faltó ser presidente nomás", bromeó entre risas, fiel a ese perfil sencillo que lo acompañó durante toda su carrera.

Después hizo un repaso de su recorrido.

"Fueron muchos años en el club. Estuve jugando 11 años en Primera y después trabajé 22 años en el predio. Siempre le voy a agradecer mucho al club", agregó Ramón.

El testigo de las épocas doradas

Pocos pueden contar la historia reciente de Instituto como Ramón Álvarez. Llegó en 1979, vivió la etapa más brillante del club y fue protagonista de una generación que escribió algunas de las páginas más importantes de la institución.

"Del 79 al 90 fue una época gloriosa. Ahora me toca ver al club creciendo, con cosas muy lindas. El club ha progresado un montón", analizó.

En ese recorrido también tuvo el privilegio de ser dirigido por Alfio Basile, una figura que dejó una marca imborrable.

"Me daba miedo mirarlo. El 'Coco' tenía una gran personalidad. Era muy exigente, pero también muy humilde. Cuando se fue a Boca nunca dejó de tener contacto con nosotros", recordó.

Entre tantas vivencias, todavía conserva una atajada como la más importante de su carrera.

"Mi mejor atajada fue ante Miguel Ángel Russo, en un 2 a 0 frente a Estudiantes de La Plata", evocó con la memoria intacta.

Un adiós al trabajo, pero no al sentido de pertenencia

Ramón siempre se resistió a que lo llamaran profesor. Prefería decir que simplemente compartía lo que había aprendido durante tantos años debajo de los tres palos. Por eso varias generaciones de arqueros pasaron por sus manos y todavía hoy lo saludan como a un maestro.

Su jubilación marca el cierre de una etapa administrativa, pero difícilmente signifique un adiós definitivo. Porque hay personas que dejan de trabajar, aunque nunca dejan de pertenecer.

Instituto pierde a un empleado. También a un formador. Y, sobre todo, a uno de esos hombres que ayudaron a construir la identidad del club lejos de las cámaras, los titulares y las redes sociales.

Porque mientras el fútbol suele rendir homenaje a los goleadores, a los ídolos o a los entrenadores campeones, existen personajes imprescindibles que sostienen la historia desde otro lugar. Ramón Álvarez fue uno de ellos.

Se va con la tranquilidad del deber cumplido, con el cariño de varias generaciones y con una frase que probablemente explique mejor que cualquier estadística el vínculo que construyó con la Gloria: "Instituto es todo para mí".

Y quizá ahí esté el verdadero legado de Ramón. No en los 328 partidos que atajó, ni en los cientos de arqueros que ayudó a formar, ni en los distintos cargos que ocupó. Su mayor enseñanza fue demostrar que un club también se hace con lealtad, con humildad y con sentido de pertenencia. Esos valores no aparecen en ninguna tabla de posiciones, pero son los que terminan convirtiendo a una persona en parte de la historia. Y Ramón Álvarez, hace rato, dejó de ser un empleado de Instituto para convertirse en una de sus glorias más queridas.