Al “Ruso” Zielinski, Belgrano no lo fue a buscar otra vez para que se sentara junto al ancho río a tomar unos mates. El ascenso del equipo en 2011 y varias muy buenas campañas en Primera División, hitos en los que participó como entrenador, fueron las referencias que elevaron la demanda.
La exigencia implícita de su segunda contratación era que cruzara el agua, que se atreviera a enfrentar tanto su mansedumbre como la fuerza de las crecientes, pero no para cumplir con el habitual protocolo de saberse a salvo. Al aceptar el nuevo desafío, supo que el hincha no solo le recordaría aquellas buenas historias, sino que también le exigiría nuevas alegrías, otros acontecimientos que no hicieran más que enorgullecer a quienes llevan algo celeste encima.

Y fue así. Como les ha pasado a casi todos los directores técnicos, en su segunda etapa en Alberdi tuvo que nadar contra la corriente. Frente a los cuestionamientos, apeló a la prudencia y a la paciencia para seguir caminando sobre mojado. El torneo Apertura, en el que es finalista, le deparó la satisfacción de un comienzo promisorio y, luego, un bajón que puso en cuestión lo realizado. Aparecieron los pedidos de siempre: “Ruso, ponelo a…”; “Ruso, sacalo a…”; “Andate, Ruso”. Expresiones en las que la pasión pareció borrar aquellos buenos momentos vividos.

El devenir del campeonato le permitió demostrar su, a veces cuestionado, pragmatismo. En un fútbol que mide tanto o más la respuesta física y táctica que la creativa, juntó en la cancha a Lucas Zelarayán, Franco Vázquez y Emiliano Rigoni. Ya no hubo tantos kilómetros recorridos, pero sí más juego. Con ellos, Belgrano ganaba y gustaba; daba argumentos como para que Ángel Di María lo elogiara y para que sus simpatizantes volvieran a entusiasmarse.
El trance siguiente fue el del escepticismo. Sin buenos resultados y con menos juego en la cancha, la etapa de definición lo encontró buscando el equilibrio. Salió Vázquez y hubo menos belleza y más sacrificio. Y aquí estamos.

El “Ruso” Zielinski tuvo también una muy buena gestión en Atlético Tucumán, al que llevó a la final de la Copa Argentina y clasificó a la Copa Libertadores de América. Sin embargo, su vínculo más estrecho parece haberlo construido con los de Alberdi. Esta final, más allá del resultado, le sirve como premio para que su laboriosidad y, por qué no, su sentido de pertenencia, además de sus dotes como conductor, sean reconocidos.
Amante del perfil bajo, mesurado en sus palabras y alejado de las polémicas, Zielinski ya llegó a la otra orilla. Lo más importante para él es que no lo dijo. Lo hizo.

