La crónica de La Voz. La historia de la Córdoba pintada de celeste: el día después de Belgrano campeón
Nadie durmió después del triunfo 3-2 sobre River que le valió el título en el Apertura 2026. Su gesta marcó la vida de las y los cordobeses por su efecto deportivo y cultural.
Es como que se apaga todo justo antes de que se prenda todo, que cambie todo. Es como que el tiempo se frena. Y, en ese instante, la vida no es vida. La vida es un sueño. Es el instante en el que lo bueno es mejor, lo mágico es fascinante y lo imposible es recontra-posible. Es el instante de la entrega de la copa. Justo ahí lo único que brilla es ese trofeo plateado, grandote, hermoso, portentoso, maravilloso. No hay ojos para nada más que no sea ese objeto de deseo.
Enamora. Cautiva. Se impone. El suspiro se aguanta. El corazón va al ritmo de un tuc tuc indomable. La respiración se resiente. Y la copa va a las manos de Lucas Zelarayán. Y el capitán va hacia la tarima. Y la luz al final del túnel es el cielo de sus compañeros. Los brazos del “Chino” van de abajo hacia arriba. La copa va de abajo hacia arriba. A ese cielo.
Y ahí sí se va todo al infierno más celestial. Los fuegos artificiales reales son los fuegos artificiales del alma de las y los hinchas de Belgrano. Ya no se aguanta más la felicidad. No se puede con esa emoción. Brota. Fluye. Explota. Duele de lo linda que es. La potencia del “Belgrano campeón” recorre el universo cordobés y argentino. La galaxia futbolera habla del gigante del interior que noqueó al coloso porteño, al River de los 70 y pico de títulos. Sí, sí, a ese “monstruo” le ganó Belgrano para transformase en el “Belgrano campeón”.

Y esas palabras, “Belgrano” y “campeón”, son como un cohete que va hacia las estrellas de una Córdoba que tiene a su primer campeón de un certamen de primera (que no sea una copa) organizado por la AFA. Y desde ese instante, el instante de la copa, el de Zelarayán allá por las 18 del domingo 24 de mayo del 2026, a lo que siguió... todo pasó a la velocidad con las que pasan las cosas en estos tiempos. Rápido. Muy rápido.
Del plantel saliendo desde el estadio Kempes, el escenario de la gesta, en una caravana inmensa en formato de éxtasis. Al hotel de la concentración, a una cena familiar. Y de esa reunión a la madrugada delirante. Algunos jugadores al baile de la Mona Jiménez en Jesús María. Otros a los boliches de la zona del Chateau. Nadie durmió en Córdoba. Los que festejaron y los que no festejaron. Belgrano se metió en la vida de las y los cordobeses. Y sin importar el credo. Porque lo único que importó fue Belgrano.
El lunes 25 de mayo fue patrio en la nación pirata. El gobernador Martín Llaryora y el intendente Daniel Passerini hablaron de “lo bien que le hace a Córdoba” el título de Belgrano. Y ratificaron lo que es una verdad más grande que el Gigante de Alberdi: Belgrano es un hecho cultural. Y una muestra cabal de eso fue el momento de la vuelta olímpica en Córdoba Capital.
Y, literalmente, se trató de recorrer la ciudad. Fue a través de la circunvalación. El Zelarayán de la copa del domingo ahora tenía un vaso de plástico con ferné. Así, como la gente. Siendo gente. Parte de la gente. El mensaje del capitán es el mensaje del Belgrano humano, cercano, el Belgrano que va a la par. En cada calle una bandera. En cada bandera, una historia de amor. Y en cada amor... Belgrano.
Y en esa dinámica intensa del día después del “día que cambió su historia” es que Belgrano vivirá su futuro cercano. Belgrano llegó a la cima. Fue campeón. Y no quiere bajar más de allá arriba. Ya tiene la hermosa nostalgia de ese instante de la brillante copa en las manos de Zelarayán yendo hacia al cielo, hacia el más allá, hacia la eternidad.
Cómo vivirá Belgrano después de “esto” es lo que sigue. Por ahora sólo se sabe que Belgrano protagoniza uno de los momentos cruciales de la historia de Córdoba.



