Entre dos fuegos. Héctor Cuevas: Estoy más cerca de Tevez que Zielinski, toda la vida

El Tanque jugó en Talleres y Belgrano y es palabra autorizada para hablar del clásico. Actualmente es DT y se mostró más cerca del estilo del “Apache” que del “Ruso”. Y definió al cruce del sábado como el más importante después de la final de 1998.

07 de mayo de 2026 a las 09:54 a. m.
Héctor Cuevas: Estoy más cerca de Tevez que Zielinski, toda la vida
Cuevas supo pasar de Talleres a Belgrano en medio de una gran polémica.

En Córdoba no se habla de otra cosa. El clásico está ahí, a la vuelta de la esquina, con el Mario Alberto Kempes listo para latir como en sus mejores tardes. Y en la previa de ese cruce que promete ser bisagra, aparece una voz que conoce las dos veredas, que sabe lo que pesa esa camiseta y lo que duele cambiarla: Héctor Cuevas.

El “Tanque”, a los 43, carga con una mochila que pocos tienen. Pasó por Talleres y por Belgrano, dejó su huella y todavía hoy es señalado desde ambos lados. “Los de Belgrano me dicen gallinas y los de Talleres boli…”, suelta, con esa mezcla de sinceridad y resignación que solo manejan los que vivieron el barro de verdad.

Palabra de clásico

Su historia no es una más. En 2008 cruzó de vereda en uno de los contextos más calientes que se recuerden, cuando Talleres estaba en manos de Carlos Ahumada.

Antes y después, su nombre quedó marcado en clásicos pesados. Aquel de 2007, con victoria albiazul en el Chateau, lo tuvo participando en la jugada del gol de Iván Borghello. Y en 2009, en la Boutique, fue el foco de todas las miradas, insultado de principio a fin por los hinchas de la “T” en un empate que terminó siendo más tenso que jugado.

Por eso, cuando habla, se escucha. Porque no opina desde afuera, sino desde las cicatrices.

En diálogo con FM República de Morteros, Cuevas no dudó en plantarse: “Más cerca de Tévez que del Ruso toda la vida… no solamente por su forma de jugar sino por él, fan toda la vida y ahora como DT me gusta cómo plantea, soy más de ese tipo de fútbol”. Una definición que lo posiciona claramente del lado del entrenador de la “T”, Carlos Tevez, por encima del histórico Ricardo Zielinski.

Pero más allá de preferencias, lo que Cuevas pone sobre la mesa es la magnitud del partido. “Después de la final del 98, este es el clásico más importante de la historia”, asegura, sin rodeos. Y no exagera: hay un lugar en cuartos en juego, pero también algo más profundo, más visceral. El que gana no solo avanza: se queda con la ciudad al menos por un tiempo.

“El sábado tengo las dos opciones, tengo un asado y mirarlo por tele o ir a la cancha”, dice, como cualquier cordobés. Aunque enseguida aclara: “Ahora lo puedo disfrutar, no quisiera estar en el lugar de esos muchachos”. Porque sabe lo que significa estar ahí adentro, con las pulsaciones al límite y la presión que no te deja ni pensar.

Para Cuevas, el partido será como vienen siendo: “Va a ser cerrado, trabado como los últimos, pero ahora tienen que arriesgar, no podés confiarte de los penales”. Una advertencia que suena lógica en un cruce donde el error se paga caro.

También pone el foco en la paridad: “Están muy parejos en todo, en goles, en puntos y sumado a que los clásicos vienen empatando siempre”. No hay favoritos claros, solo dos equipos que llegan con argumentos y con la obligación de dar el golpe.

Y en medio de todo, el clima. “Es muy difícil para la gente, hay mucho nerviosismo, espero que no pase nada, es un partido de fútbol”. Una frase que baja un cambio en una ciudad que a veces juega el clásico como si fuera la vida misma.

Tomó partido por uno

Entre recuerdos, análisis y sensaciones, Cuevas se mete en la previa con la autoridad de los que ya pasaron por ahí. Dice que va a ver a los dos, aunque admite: “Tengo más afinidad con Belgrano porque estuve más años”. Pero su mirada es amplia, sin camisetas, con el foco en lo que realmente importa.

El sábado no será un partido más. Será una prueba de carácter, un examen emocional y futbolístico. Y mientras Córdoba contiene la respiración, voces como la de Cuevas ayudan a entender que este clásico no se juega solo con los pies: se juega con la cabeza… y sobre todo, con el corazón.