Hay historias del fútbol que se cuentan con goles. Otras, con camisetas. Y algunas, como la de Wilfredo Olivera, quedan marcadas directamente en la piel.
A los 38 años, el defensor decidió ponerle punto final a su carrera profesional. Lo hizo como jugó siempre: sin ruido, sin anuncios grandilocuentes. Simplemente dejó de competir hace unos meses y cerró una trayectoria larga, sacrificada y muy particular, que tuvo una rareza difícil de encontrar en el fútbol cordobés actual.
Olivera es, probablemente, el único futbolista que lleva tatuadas en su cuerpo fechas que unen a dos rivales históricos como Talleres y Belgrano. No son los escudos ni las camisetas lo que decidió grabarse para siempre. Son las fechas de los ascensos que consiguió con ambos clubes.
“Voy a ser el único jugador con un tatuaje de Belgrano y otro de Talleres”, supo decir alguna vez. Y no estaba tan lejos de la realidad.
En tiempos donde el mercado y la pasión hacen cada vez más difícil cruzar la vereda del clásico, su historia tuvo un tinte especial. Durante casi una década prácticamente no hubo jugadores que hubieran pasado por ambos clubes de Córdoba. En ese contexto, su caso resultó inédito.
Con Belgrano disputó 15 partidos y fue campeón en la temporada que terminó con el regreso del Pirata a Primera en 2022. Con Talleres jugó 36 encuentros en dos temporadas y marcó cinco goles, formando parte del proceso que llevó al club a subir primero del Federal A a la Primera Nacional y luego a la Primera División en 2015 y en 2016.

Se hizo de abajo
Pero su carrera no empezó en los grandes escenarios. Todo lo contrario. Olivera se formó en Sportivo Norte de Rafaela y luego inició un largo recorrido por el ascenso argentino: Libertad de Sunchales, Quilmes, Colón de Santa Fe, Atlético de Rafaela, Sarmiento de Junín y San Martín de Tucumán.
En Córdoba, además de su paso por Talleres y Belgrano, también dejó su huella en Racing de Nueva Italia, club en el que jugó hasta el año pasado y donde transitó uno de los últimos capítulos de su carrera.
A lo largo de su camino acumuló varios ascensos: con Quilmes en 2012, con Colón de Santa Fe en 2014, con Talleres en 2015 y en 2016, y con Belgrano en 2022. Cada uno de esos logros forma parte de una trayectoria marcada por el esfuerzo y la perseverancia.

“Kudelka me salvó la vida”
Si Olivera llegó al fútbol profesional, no fue por un camino sencillo. De hecho, durante mucho tiempo el deporte fue apenas una parte de su vida.
En 2007, trabajaba en una fábrica de pólvora en Rafaela, mientras jugaba al fútbol en Sunchales. Su rutina era tan dura como peligrosa.
“En aquel momento, Daniel Veronese me llevó a Libertad de Sunchales. Era el entrenador de la división local. En realidad fui de mochila de mi hermano Rodrigo. Íbamos para jugar en la liga rafaelina. Vivía en Rafaela porque trabajaba en una fábrica de pólvora de la ciudad. Entraba a las 3 de la mañana, salía a las 11, comía a las 12 y a las 14.30 viajaba a Sunchales. A las 17.30 entrenaba con el equipo. A las 22, volvía a Rafaela. Fue terrorífico. Hay 40 kilómetros entre ciudad y ciudad, y ese viaje lo hacía todos los días. Era un lío”, recordó en una entrevista con La Voz.
Fue entonces cuando apareció en su vida Frank Darío Kudelka, quien decidió darle una oportunidad en el primer equipo.
“Pasados tres partidos, Kudelka e Iván Delfino (era el ayudante de campo) me pidieron que subiera para jugar en el primer equipo que iba a disputar el Argentino A. Para eso, tenía que renunciar al trabajo”, supo contarle a La Voz.
La decisión no era sencilla. Pero el destino tenía guardada una historia que cambiaría todo.

“Kudelka consiguió que las autoridades del club me pagaran un sueldo. Renuncié a mi trabajo. A los dos días, explotó la fábrica y fallecieron cuatro compañeros. Fue en el sector donde yo trabajaba”, contó Olivera.
La frase estremece todavía hoy. Aquella renuncia terminó salvándole la vida.
“Había estado trabajando en negro mucho tiempo y cuando me pusieron en blanco, justo Kudelka me pidió si quería dedicarme a jugar profesionalmente. Yo ganaba unos 800 pesos y él consiguió que el club me pagara mil. En esa fábrica trabajaba junto con mi hermano Rodrigo y otros hermanos también estaban ahí, aunque en otro sector”.
Desde entonces, su carrera tomó vuelo. El pibe que viajaba todos los días 40 kilómetros después de una jornada en una fábrica terminó jugando en Primera y siendo parte de ascensos históricos.
Y ahora, con los botines colgados, queda su historia. Una que une sacrificio, destino y fútbol. Y también dos tatuajes que cuentan algo que pocos pueden decir: que dejó una marca en los dos lados del clásico más grande de Córdoba.
