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Boca-River: la fiesta estuvo afuera

Goce y burla. El mal jugado superclásico pareció una excusa para que los hinchas de Boca dieran un espectáculo en las tribunas al recordar el descenso de River.

06 de mayo de 2013 a las 08:16 a. m.
Boca-River: la fiesta estuvo afuera
Los hinchas de Boca se ríeron durante todo el partido del descenso de River (Foto: DyN).

El espectáculo del superclásico estuvo en las tribunas. Ayer más que nunca. Ante lo poco y pobre que Boca y River ofrecieron en la cancha, la nota saliente de la tarde de la Bombonera fue la fiesta de sonido y color que los hinchas "xeneizes" desataron antes y sobre todo, durante el partido.En verdad, el superclásico terminó siendo una excusa perfecta para que Boca goce a River por su descenso, casi dos años después de concretado. Fuera de toda chance en el torneo, en medio de su peor racha en el profesionalismo (11 partidos sin ganar, uno más que en 1957, la serie más negativa hasta ayer) y con la Copa Libertadores como única meta hasta nuevo aviso, Boca aprovechó la primera llegada de River tras su retorno a Primera, para recordarle a los gritos aquella herida que Belgrano le provocó en el Monumental, en la imborrable tarde del 26 de junio de 2011.

"River decime que se siente, haber jugado el Nacional". Así empezaba la letra de la canción que ayer fue el hit multitudinario en el viejo estadio de La Boca. Desentendidos casi por completo de lo que sucedía en el verde césped, ni siquiera el gol de cabeza a los 43 segundos de Manuel Lanzini pudo apartar a los miles de hinchas boquenses de lo único que fueron a buscar a la Bombonera: recordarle en la cara a los hinchas y a los jugadores de River, la mayor desgracia de su historia futbolera.

Lo más notable sucedió en el segundo tiempo. La expulsión de Ramón Díaz y sus gestos a la hinchada “xeneize” haciéndole señas de que él no se había ido a la B generó un clima tan efervescente e impregnado de emoción que el árbitro Germán Delfino debió parar el partido durante ocho minutos.

En ese lapso, nadie dejó de cantar fervorosamente abrazado a quien tenía a su lado. Los más fanatizados, incluso, encendieron bengalas que llenaron el aire de humo, hicieron estallar petardos y hasta hubo quienes se subieron a los alambrados, para hacerse ver y hacer ver que nadie cantaba y celebraba más que ellos. Políticamente incorrecto. Pero muy conmovedor. Para la vista y para los oídos.

Cuando el partido bordeaba la suspensión y el árbitro Delfino conversaba con los capitanes Agustín Orión y Cristian Ledesma, un aplauso popular, largo y autocelebratorio le puso fin al festejo desbordado y le reabrió paso a lo que podía quedar de juego luego de una interrupción tan prolongada. Fueron ocho minutos en los que el fútbol quedó en segundo plano sin que nadie se lamentara de ello.

La tendencia es cada vez más marcada. Ante la falta de grandes jugadores y de grandes equipos y la abundancia de malos partidos como el superclásico de ayer, los hinchas parecen haberse hecho cargo del espectáculo. Ayer, los de Boca convirtieron el partido más grande de la Argentina en una celebración colectiva (o una burla masiva) en la que el juego y sus derivados resultaron secundarios, poco importantes. Casi descartables.