Estamos viendo un muy buen mundial. En Estados Unidos, Canadá y México se han visto partidos de todo tipo, muchos de ellos entretenidos, y en no pocos casos con muchas emociones.
En general, las selecciones se retrasan y defienden en bloque y cuando quitan la pelota despiden rápido a sus hombres hacia el ataque. Por momentos hay juego abierto, no tantas marcas y una saludable intención de evitar la especulación. Ya en el túnel para ingresar a los octavos de final, bien puede decirse que lo que se ha visto en el césped está a tono con la parafernalia mediática y de publicidad que promueve el acontecimiento deportivo más convocante del planeta.

A la misma altura de lo que han ofrecido algunas selecciones, las grandes figuras también han hecho su gran aporte. Lionel Messi encabeza la tabla de goleadores con siete tantos en cuatro partidos, la misma cantidad que ayudó a que en Qatar el fútbol argentino diera la tercera vuelta olímpica.
Aun reconociendo su vigencia en la Major Soccer League, los prejuicios por su edad dejaron margen para pensar en un declive de su productividad. Eso, afortunadamente para él y para los argentinos, no ha sucedido. “El 10”, con sus 20 goles en los mundiales que ha disputado, es el hombre a alcanzar en esa materia.

Bien puede hacerlo Kylian Mbappé, quien lo sigue en la tabla histórica con dos goles menos, pero con el reloj biológico a su favor, ya que con 27 años tiene más mundiales para disfrutar. Su tranco de guepardo todo lo puede y más si sus costados se engalanan con la habilidad aportante de Ousmane Dembelé, Desiré Doué y Michael Olisé.

Todos ellos parecen conseguirlo todo, aun con las defensas más cerradas. Estos bloques tampoco han podido con otras grandes figuras: el inglés Harry Kane fue decisivo en el pase de Inglaterra a octavos de final tras eliminar a la República de Congo, lo mismo que Cristiano Ronaldo, sin un gran aporte físico en la estructura de Portugal, pero determinante dentro del área.
La lista de estrellas con brillo pleno se extiende a Vinicius, quien en cada partido ofrece una variedad de quiebres de cintura, piques y frenadas, que dejan mirando a la tribuna a sus marcadores, y a Erling Haaland, el líder de Noruega, que, al alcanzar los octavos de final, repite la mejor actuación en un mundial, alcanzada en Francia en 1998.

Altos y bajos; negros y rubios; habilidosos o simplemente portentosos, todos están asistiendo de frac a la fiesta de la pelota. Se nutren de dotes propias y, por supuesto, de la de sus compañeros para que todo sea más atractivo. Y de un contexto lógico y protector, que mantiene a raya la disciplina y castiga al agresor, lo que evita o limita golpes desmesurados, lesiones inventadas, demoras innecesarias y otras irregularidades que empobrecen la calidad de los partidos.
Sobre esa base, el mundial, y más en las próximas instancias definitorias, seguramente seguirá mostrando muy buenos espectáculos, algo que debería servir de ejemplo en la disputa de los torneos internos de cada país. La réplica debería observarse en Argentina, cuyos certámenes ofrecen mucho de lo que este mundial prohíbe. Todo hace suponer que viéndolo tantas veces a Claudio Tapia sentado al lado del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, tendrá a mano la receta para que en Argentina se vea en el futuro algo parecido de todo lo bueno que se está viendo por estos días.

