Momentos. El día que Córdoba cambió la historia de Messi con la selección argentina
Sucedió un 11 de julio de 2011, después de los silbidos y abucheos en el inicio de la Copa América de aquel año. A contramano del país, los cordobeses le dieron contención y la primera gran ovación como jugador de la selección argentina.
El cumpleaños 24 de Lionel Messi fue por demás complicado. Su relación con el público argentino era controversial, en medio de la disputa de la Copa América en el país en el que había sufrido insultos y abucheos en los dos primeros partidos. Hasta que Córdoba le hizo el mejor regalo.
Fue el 11 de julio de 2011, día que quedó grabado en la memoria del fútbol cordobés y, probablemente, también en la de Messi. Aquella noche, por primera vez, el mejor futbolista del planeta disputó un partido oficial en Córdoba.
Argentina venció 3 a 0 a Costa Rica en el estadio Mario Alberto Kempes, clasificó a los cuartos de final de la Copa América y recuperó algo más importante que una victoria Aquella noche, recuperó el vínculo con los hinchas argentionos.
Para comprender por qué Córdoba ocupa un lugar especial en la historia de Messi hay que volver a ese contexto. La selección dirigida por Sergio Batista llegaba golpeada, envuelta en dudas y cuestionamientos. Había empatado 1 a 1 con Bolivia en el debut y luego igualado sin goles frente a Colombia, en Santa Fe. El funcionamiento era pobre y el malestar popular se había expresado sin filtros.
Silbidos y insultos acompañaban a un equipo que parecía desperdiciar al mejor jugador del mundo ("Leo está muy mal", llegó a decir Jorge, el papá del jugador).
Con apenas 24 años, el rosarino ya cargaba una exigencia desmesurada. Aunque finjamos demencia, millones de argentinos le reclamaban que reprodujera en la selección la versión extraordinaria que cada fin de semana nos maravillaba en el Barcelona. Pero no solo eso. También se lo juzgaba por no cantar el Himno, se cuestionaba su liderazgo y hasta había quienes ponían en duda su compromiso con la camiseta argentina, pese a que había elegido representar al país cuando España intentaba nacionalizarlo.
En ese clima áspero llegó la selección a Córdoba. Y Córdoba respondió de otra manera.
Cambio de ánimo
Desde la entrada en calor, el Kempes mostró una escena inédita. Más de 57 mil personas decidieron acompañar a Messi antes que condenarlo e insultarlo. El estadio no fue un tribunal, sino más bien se convirtió en refugio para Leo. Los futbolistas fueron aplaudidos, alentados y sorpresivamente el 10 se llenó de afecto.
La ovación comenzó mucho antes del partido, según cronicó La Voz, y se extendió durante toda la noche. Cada aceleración, cada gambeta y cada intento del 10 era acompañado por un murmullo de admiración que terminaba inevitablemente en aplausos.
Córdoba entendió que estaba viendo jugar al mejor futbolista del mundo con la camiseta argentina.
Ese respaldo transformó a Messi. Liberado de la obligación permanente de rendir examen, jugó uno de sus mejores partidos con la selección hasta ese momento. Se convirtió en conductor, asistidor y líder de un equipo necesitado de referencias. Recostado sobre la derecha, con Fernando Gago como socio para encontrarlo entre líneas, manejó cada ataque argentino.
No convirtió goles, pero fue la figura excluyente de la noche. Participó en las jugadas decisivas, entregó dos asistencias para el Kun Agüero y Ángel Di María y generó numerosas situaciones de peligro. Cada vez que tomaba contacto con la pelota, el Kempes explotaba.
Meeessi, Meeessi...
quella noche ocurrió algo infrecuente en cualquier partido de fútbol. Cuando Agüero convirtió el segundo gol, buena parte del estadio eligió corear el nombre de "Meeessi...". El público reconocía que detrás de cada avance, detrás de cada destello ofensivo, estaba el rosarino. Evidentemente, la relación había cambiado.
Tan fuerte fue el impacto emocional de aquella demostración de afecto que Messi rompió uno de sus hábitos más arraigados. Tras ser elegido el mejor jugador del partido, tomó el micrófono y habló. No era frecuente y menos en aquellos años de más timidez. "Quiero agradecer a la gente de Córdoba por cómo nos trató a todos. A mí también... en especial. Nos hacía falta este cariño", dijo.
La frase tenía un peso enorme porque Messi no agradeció una ovación más, sino que se refería a la comprensión. Agradecía paciencia y sentirse querido en un país donde muchas veces había parecido un extranjero. Córdoba había logrado reconciliar al capitán con parte de su propia gente.
Pero la relación entre Messi y Córdoba no terminó cuando el árbitro marcó el final del partido. Aquella noche siguió mucho después de los tres goles y probablemente haya sido allí donde el vínculo se volvió definitivo.
La selección permaneció más de 40 minutos dentro del colectivo estacionado en el Kempes mientras Fernando Gago cumplía con el control antidoping. Lejos de impacientarse, los jugadores disfrutaron del clima y de una escena pocas veces vista. Afuera, cientos de hinchas aguardaban para despedirlos. Había bromas, pedidos de autógrafos y muestras permanentes de afecto.
Los jugadores, que habían llegado a Córdoba con cierta distancia, comenzaron a firmar camisetas y a devolver gestos desde el ómnibus. A un costado, el utilero de la selección aparecía y desaparecía por la puerta del colectivo. En ese trajín receptaba las camisetas que los hinchas le tiraban por el aire, las juntaba y subía al segundo piso del bus. Y los jugadores, esos que al llegar a Córdoba habían sido esquivos, se ponían a autografiar las chombas.
Messi observaba todo desde uno de los últimos asientos, junto a una ventanilla. Apenas unos minutos antes había pedido participar de la conferencia de prensa para agradecer el apoyo de los cordobeses. Todavía no sabía que la demostración de cariño continuaría.
Cuando el colectivo finalmente partió hacia el aeropuerto, a la 1 de la mañana, comenzó una caravana espontánea. Autos, motos y familias enteras acompañaron al plantel por la ciudad. A la vera del camino aparecían banderas argentinas, bocinazos, saludos y personas esperando simplemente ver pasar a la selección.
Desde el Kempes hasta el aeropuerto, Córdoba despidió al equipo como se despide a los propios. Y Messi, que durante años había convivido con la sospecha y la exigencia, descubrió esa noche el afecto de una multitud que había decidido abrazarlo antes de insultarlo.
No quedó ahí la situación. Dos días después, Messi decidió hablar con la prensa en Ezeiza. Análisis de lo que pasó. "Vamos bien. En un partido todo cambió. Llegamos de otra manera por lo que pasó en los dos partidos anteriores, en La Plata ante Bolivia y con Colombia en Santa Fe. En esos dos partidos, no hicimos lo que esperábamos y no se jugó bien. Contra Costa Rica fue diferente", afirmó.
Y entonces, volvió sobre Córdoba. "Lo que digan los medios nunca me preocupó. Pero lo que diga la gente, sí. Me gustó el cariño que recibí de la gente en Córdoba antes de empezar el partido. A nadie le gusta que lo silben o puteen. Nosotros salimos a la cancha con el entusiasmo de querer hacer las cosas bien. Por ahí, no se da por las circunstancias, pero no porque no queramos", subrayó.

Incluso tuvo que aclarar que quería seguir jugando con la celeste y blanca. "Vengo a la selección porque lo siento y quiero jugar siempre. No es la primera vez que la prensa dice que estoy pensando en renunciar, pero no hay nada de eso. Aunque me critiquen, seguiré viniendo todas las veces que me llamen", dejó en claro para cerrar.
La magnitud de aquella noche quedó reflejada pocos días después. En Santa Fe, durante el partido de cuartos de final frente a Uruguay, el clima alrededor de Messi había cambiado radicalmente. Las ovaciones reemplazaron a las críticas, aparecieron banderas pidiendo "perdón" y agradeciendo al rosarino. Muchos cronistas coincidimos entonces en que la revolución emocional había comenzado en Córdoba.
Es más, influyó tanto lo de Córdoba que los santafesinos, que lo habían silbado, quisieron lavar su imagen en la Copa América. Tanto que se preparó, para el partido ante Uruguay en la cancha de Colón, un recibimiento mucho más cálido y amistoso.
"Vamos Argentina. En este Cementerio no se llora, se alienta", fue la consigna que los organizadores imprimieron en miles de volantes que se repartieron en la previa.
Desde el Comité Local Organizador se instó a cambiar. "Debemos recibir en nuestra casa, que es su casa, al seleccionado nacional. Alentar, apoyar y reconocer su trabajo, entender la circunstancia histórica que vivimos y sobre todo disfrutar de este momento de nuestra querida ciudad de Santa Fe", publicó el diario El Litoral.
Todo eso no alcanzó para evitar la eliminación ante Uruguay ni para impedir el final del ciclo de Sergio "Checho" Batista. Sin embargo, algo había cambiado para y Córdoba había demostrado que existía otra forma de relacionarse con Messi.
La noche que cambió todo
Con el paso de los años, aquella escena adquiere todavía mayor relevancia histórica. Mucho antes de los títulos, mucho antes de la Copa América de 2021, del Mundial de Qatar y de la consagración definitiva, Córdoba eligió abrazar a Messi cuando todavía era discutido.
Lo hizo cuando ganar parecía imposible y cuando las derrotas pesaban más que el talento. Lo hizo cuando el rosarino era señalado por no ser Maradona, por no cantar el himno o por no repetir con la camiseta argentina lo que hacía en Barcelona.
Por eso Córdoba ocupa un lugar singular en la biografía ds Messi. Porque, en el momento más difícil de su relación con la selección, le ofreció algo inédito hasta ese momento en su propio país.

