Talleres y Belgrano: Casi las mismas historias
Con algunos matices, en la primera fecha de la Superliga Argentina de Fútbol, Talleres y Belgrano fueron una extensión del campeonato anterior. Ese espacio en el que los albiazules jugaban bonito y se equivocaban seguido frente al arco, y en el que los celestes, al no tener una línea futbolística, terminaron sumidos en la desorientación y en la impotencia por los malos resultados.
Talleres reiteró sus cosas buenas y malas en el primer tiempo ante Lanús. Su paciencia de orfebre para moldear la mejor jugada se esfumaba en algún remate desviado o en un último pase mal dado, y su defensa hacia equilibrio para sostener la generosa propuesta de enfrentar de tú a tú a un adversario de gran envergadura. Resultado: en ese lapso, la red de Monetti se mantuvo inmóvil, y el arco de Herrera fue sacudido por dos balazos que le reventaron el travesaño.
Lo que vino después fue casi un festival. No por casualidad surgió la palabra “matadores” en el canto de la hinchada, un término que marcó la época de esplendor de los albiazules, reflotado en un momento del partido que tenía características bastantes parecidas a las que Valencia, Ludueña y sus compañeros ofrecían en cada espectáculo.
Un párrafo aparte para los refuerzos: los uruguayos Olaza y Arias, de buen manejo, y con oficio en sus puestos, se mostraron consustanciados con el espíritu del equipo, que busca la recuperación rápida del balón y la cesión igualmente ágil a los botines de un compañero. Ellos aprobaron el debut, como también Fernando Godoy en la difícil tarea de reemplazar a Guiñazú, y Juan Ramírez, en la no menos complicada labor de suplantar al “Colorado” Gil.
Talleres conserva la dinámica intacta, reflejo de una estructura que no ha tenido muchas alteraciones. Es grato verlo atacar, en particular cuando “Bebelo” tiene la zurda aceitada y Palacios y Menéndez están “enchufados”. Y se nota su sacrificio colectivo, a veces imperfecto, para cubrir espacios o quitarle la pelota al rival cuando este ataca.
Sólo un soplo de renovación
El partido salía de su cáscara y Belgrano mostraba una sonrisa. Presionaba a Banfield, achicaba espacios, ganaba las pelotas divididas y enfilaba con decisión hacia Arboleda. Imperaba la necesidad de pisar el pasado lo más rápido posible; desde las ganas de todos y desde los pies de Ortiz y de Suárez, los más hábiles para darle sentido y productividad al juego.
Pero la excusa de los detalles que definen los partidos no es excusa. Mucho más que eso, es una sentencia irrefutable. Y más para un equipo como Belgrano, al que le sigue costando llegar tanto al gol. Un tiro libre de poca monta se vuelve desequilibrante si un jugador se olvida o pierde la marca del adversario asignado; o los pies que llegan a destiempo transforman en letal una jugada sin tanto riesgo que podría haberse salvado con un cruce más oportuno.
Erik Godoy y el peruano Riojas llegan para tratar de curar un poco esas heridas, o al menos para que sangren menos. Belgrano, como tantas otras veces, pareció no sobrevivir a la brevísima sucesión de golpes. Fue una secuencia que le quebró la espalda; que lo dejó a oscuras, sin ideas ni variantes, completamente a la deriva.
Belgrano deberá desterrar esas eventualidades que se repiten demasiado. Sus tiempos y su ánimo exigen pensar más en forzar los errores del rival que en padecer esos deslices propios. Y tendrá que buscar alternativas de ataque para pensar más en sumar puntos que en perderlos. El gol de Lema, sin llegar a ser una mera circunstancia, no alcanza a tapar la falta de recursos en un equipo que tiene la necesidad inmediata de sumar puntos y alegrías.
