Informe de Mundo D: ¿Es posible tener un campeón cordobés?
No hay una fórmula para salir campeón, aunque sí debe haber elementos indispensables para serlo o, al menos, para intentarlo. Uno de ellos es tener grandes futbolistas. Córdoba tuvo enormes jugadores que integraron algunos equipos que hicieron grandes campañas o que quedaron en el umbral de un título. En ese sentido, el recurso humano de excepción se expresó a través de Valencia, Ludueña, Alderete, Galván, Oviedo, Bravo, en Talleres; en Amuchástegui y Gasparini, en Racing; en Martelotto y Villarreal; en Vázquez y Zelarayán, en distintas épocas, en Belgrano; en Víctor Heredia, Mastrosimone y Dertycia, en Instituto.
Cada equipo tuvo en estos grandes jugadores un claro signo de identificación con el buen juego, pero también con la producción colectiva, ese necesario respaldo que debe tener el talento y la creatividad para potenciarse y ofrecer mejores resultados.
Dicha fórmula no admite vínculos rígidos de origen: en un equipo campeón no necesariamente deben mezclarse jugadores de distintas procedencias, ni, por el contrario, la mayoría debe salir de sus divisiones inferiores.
En todo caso, los equipos de Córdoba que estuvieron cerca de dar una vuelta olímpica tuvieron esas dos expresiones: aquel maravilloso Talleres, con destellos de gran fútbol, era un conglomerado que mezclaba lo excelso del norte argentino (Galván, Valencia, Bravo, Alderete) con lo más profundo de la raíz cordobesa (Ludueña, Bocanelli, Ocaño, Binello, Cherini); aquel prolijo y rendidor Racing de Nueva Italia recurrió a sus divisiones juveniles para tener una formación sólida y altamente competitiva.
Ha ocurrido algunas veces que, sin tanto azar, pero casi sin pensarlo, se han construido podios inimaginados. En un principio, ningún dirigente pensó que juntando a Valencia con Ludueña, Talleres iba a tener una usina de generación del juego del mejor nivel; o que de cada pelotazo de Gasparini podía venir el gol de Amuchástegui, o que uniendo en una misma línea a dos pibes como Villarreal y Martelotto, con un veterano como Juan José López, Belgrano pudiera tener una línea media de excepción.
Y ni qué hablar de cuando Ricardo Zielinski empezó a armar ese amasijo de jugadores que era Belgrano en noviembre de 2010; nadie pensó en ese entonces que se estaba gestando un equipo que poco tiempo después iba a ser uno de los escoltas del campeón.
Lo cierto es que el fútbol de Córdoba aún no ha dado la vuelta olímpica más deseada. Pero a diferencia de otras épocas, en las que reglaban con más autoridad las buenas intenciones pero en un contexto de marcado amateurismo (desde sus dirigentes hasta sus jugadores), en estos días los clubes, en todos sus estratos, dan señales generales de organización que alientan a pensar en un futuro promisorio.
En este último punto es necesario resaltar que en el pasado reciente no pocas veces han quedado procesos truncos; se han ido jugadores valiosos o se han disuelto equipos prometedores por la mala gestión de dirigencias que llevaron a los clubes a la quiebra o a la convocatoria de acreedores.
En los clubes de Córdoba se ha mejorado la gestión. Se está trabajando con mucho más orden y profesionalismo en las divisiones inferiores y la captación de jugadores de otros ámbitos. En Talleres, por ejemplo, ya está dando sus frutos. Eso puede hacer posible la formación de un equipo con chances de dar una vuelta olímpica. Lo que no la garantiza en ninguna fecha determinada.
En el fútbol, todavía hay espacios para las sorpresas, aunque cada vez es menos posible descubrir un gran futbolista de abajo de un cactus. La perseverancia y la honradez son instrumentos tan imprescindibles en una gestión deportiva como la habilidad de un delantero o la seguridad de un defensor. En ese sentido, los dirigentes deben responder día a día tanto como los futbolistas. Porque un título de campeón no es de uno o de unos pocos.
Es una obra de todos. Y en Córdoba, por lo visto, todavía no se han reunido los elementos para terminarla.
