De pronto, Argentina miró a los costados y se dio cuenta que había quedado sola, sin la presencia motivadora de otra selección sudamericana. En la tarea de escarbar en los cuartos de final para tratar de ser uno de los cuatro mejores del mundo, el equipo de Lionel Scaloni se sintió nuevamente líder de un pedazo de continente que alguna vez brilló en Brasil y en Uruguay, y que hoy tiene a su presencia como única bandera en la competencia.
¿Cuál es o cuáles son los motivos por los que nuestra selección sigue en la vanguardia de Sudamérica? ¿Qué ha pasado para que se produzca un profundo estancamiento en países otrora laureados o en otros que, o no pueden, o no se animan a dar un salto hacia una mejor figuración?
Ya se sabe: desde 1993, cuando ganó la copa América en Ecuador, Argentina estiró demasiado el tiempo de frustración al no consagrarse en ninguna competencia internacional, hasta 2021. Esa carencia se había constituido en un lastre. Tras esa celebración y siempre con Lionel Messi como valor agregado, pasó a liderar en títulos y a tener la autoridad en el campo de juego como para ser tenida como principal referencia. El cambio más evidente fue su resiliencia ante el fracaso, además de la lógica mejoría en la calidad de su juego.

Uruguay, en tanto, luce presa de su fantástica historia. La evolución del fútbol en todas sus formas parece haberlo atrapado como país pequeño y con pocos habitantes. Sus títulos mundiales en 1930 y 1950 suenan intactos en el orgullo, pero a la vez lejanos en el oído de quienes no pueden llevar la actualidad por el mismo camino. Luego de su cuarto puesto en Sudáfrica 2010, no hubo lugar más que para su preocupación y sus lamentos.
Más ostensible es lo de Brasil. Si algo lo distinguió en la historia fue la técnica, el juego bonito, los malabares que mostraron al mundo Pelé y una larga lista de expositores de la elevada estética. Por un tiempo, hasta su quinta estrella en 2002, con Rivaldo, Ronaldo y Ronaldinho, el fútbol fue de ellos.
Esa brillantez se fue apagando con la llegada de las nuevas generaciones y de un presente que lo mostró hasta desconfigurado de sus orígenes. Sólo Vinicius estuvo a la altura de sus grandes antecesores. Brasil arrastra muchas penas y un adormecido temperamento que hace posible lo que antes era una quimera para sus adversarios.

El plano de los objetivos no cumplidos se amplía y absorbe a Colombia, a la que siempre parece faltarle cinco para el peso a la hora de acceder al festejo, aun teniendo una camada de muy buenos futbolistas, encabezada por Luis Díaz, quien no tuvo un buen mundial. La lista sigue con los aguerridos Paraguay y Ecuador, extasiados por la alegría de saberse ganadores ante Alemania, múltiple campeón, pero cuyos argumentos en la cancha no parecen ser los suficientes como para instalarse con pretensiones entre las grandes selecciones.
La actualidad nos dice que Argentina, desde hace un lustro, en un deporte cada vez más competitivo, se ubica, sin ningún tipo de discusión, a la cabeza de Sudamérica. ¿Cuáles han sido sus mayores méritos? Por supuesto, son varios. Pero uno de los más evidentes fue la de haber ensamblado las excepcionales habilitades de Messi con el espíritu y las ganas de triunfar de un grupo de compañeros que ha representado como pocas veces las características propias del futbolista argentino.

