Bajorrelieve. El último templario, primera parte

Un rey poderoso en Francia enfrentó la resistencia de los Templarios, cuya independencia desafiaba su dominio. La saga comienza con intriga y tragedias.

24 de mayo de 2026 a las 09:48 a. m.
El último templario, primera parte
La Orden de los Templerarios. Imagen ilustrativa.

Hubo un rey en Francia, en el siglo XIV, llamado Felipe, y aunque le decían El Hermoso, no fue el que volvió loca a Juana, la hija de Isabel la Católica. Este Felipe IV era muy inteligente, mantenía a la nobleza en un puño, derrotó a flamencos e ingleses en Aquitania, manejaba al Vaticano al instalarlo en Aviñón y, ya por la fuerza, la intriga o el soborno, mantenía dominado al reino.

También había gravado los bienes de la Iglesia, expoliado a la comunidad judía y doblegado a la Banca Lombarda, y mientras, en Francia cundía el hambre, el pueblo era sofocado con sangre, y crecían los patíbulos; comenzaron a llamarlo El Rey de Hierro: aunque hizo poderoso al reino, el pueblo se moría de hambre..

Fue entonces que se topó con la primera resistencia: la Orden de los Caballeros del Temple, con su formidable organización militar, religiosa y financiera, mantenía una orgullosa independencia. Por un lado la codicia y por otro, la necesidad de solventar deudas, llevaron al rey a armar contra ellos el proceso más vasto que recuerde la historia: enjuició a unos 15 mil templarios, los mantuvo cautivos por años y les impuso feroces torturas acusándolos de infamias inexistentes.

Michel Druon comienza su novela El Rey de Hierro cuando, después de juicios y torturas, firma la sentencia de muerte a los regentes de la Orden.

El anciano Jacques de Molay, cabeza del Temple, fue llevado a la hoguera quebrantado en cuerpo y alma, pero cuando lo ataron al poste donde sería quemado, reaccionó con una terrible maldición dirigida a Felipe IV, al papa Clemente V y al ministro Nogaret; desmintió lo que le habían arrancado con torturas y nombrando a cada uno de ellos, los intimó: “Antes de un año, yo os emplazo para que comparezcáis ante Dios para recibir vuestro justo castigo. ¡Malditos hasta la decimotercera generación de vuestro linaje!”.

Dicen que el rey dijo, riendo, que su único error había sido no haberle hecho arrancar la lengua antes de llevarlo al cadalso...

Sin embargo, no debió sentirse muy tranquilo cuando, a los 40 días de la maldición, murió el papa Clemente y poco después, el intocable Nogaret amaneció muerto en su despacho; se creyó que el veneno le fue administrado por un templario, quien, no habiendo resistido la tortura, había testificado contra sus compañeros, siendo así liberado.

Sólo quedaba Felipe, y se acercaba el final del año 1314 en que, según el Maestre del Temple, debía comparecer ante Dios. Acorazado en su poder, pensó que había eludido la maldición, pero la muerte lo tocó durante una cacería, cuando salió al bosque una helada mañana de noviembre.

De pronto, vio un ciervo enorme, un “peregrino”, aquellos que se alejaban de la manada y lograban llegar a viejos.

Según la crónica, el animal se mostró al rey, quien lo persiguió dejando atrás a sus hombres, internándose en el bosque con sus mastines. Dice la historia que, de un salto, el animal desapareció entre los árboles, para detenerse de pronto y volverse a mirarlo.

El rey quedó cegado por una luz que traspasaba su cornamenta, donde alcanzó a distinguir la cruz de San Huberto, el patrón de la caza.

Cuando sus hombres lo hallaron, estaba consciente pero en agonía. Lo llevaron al castillo, donde sobrevivió por 12 días y cuando se recuperó brevemente, contó lo sucedido y alcanzó a legar la cruz de los templarios a la Orden de las Dominicas.

La cruz, incrustada de piedras preciosas y cincelada en plata, tenía al centro una placa de cristal con un fragmento de la Cruz Verdadera.

Fue llevada al monasterio junto con el corazón del rey que, quedó constancia, era tan pequeño “como el de un recién nacido”. Tuvieron que vendarle los ojos, pues no pudieron cerrárselos, como sentenciado a presenciar eternamente el martirio de aquel que había enviado injustamente al cadalso.

Mucho después, durante el reinado de Luis XIV, en julio de 1695, un rayo incendió la iglesia y el corazón del rey y la Cruz del Temple fueron destruidos.

No recuerdo qué se hizo del mastín lombardo ni del ciervo de San Huberto, pero Luis Capeto, guillotinado por la Revolución Francesa, resultó ser la decimotercera generación del Rey de Hierro, cumpliéndose así la maldición de Jacques de Molay.