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Sergio Gaiteri, elogio de la imperfección

El narrador cordobés Sergio Gaiteria reedita Cerfiticado de convivencia, el libro de relatos que lo puso en la constelación de los narradores argentinos. 

05 de diciembre de 2016 a las 07:04 p. m.
Sergio Gaiteri, elogio de la imperfección
Sergio Gaiteri.

El camino que emprenden los libros una vez publicados es un misterio. Como si una ley selvática definiera de manera cruel qué texto tendrá más aliento en las bateas. Ante ese panorama, editar y lanzar un libro al mercado es casi como tirar la bola a la bandeja giratoria de una ruleta.

Sergio Gaiteri es un caso de los tantos que abundan en el panorama local, un autor que trabaja en soledad apostando por su obra en silencio, hasta que tiene la posibilidad de publicar.

Lo hizo en tres oportunidades, con sus libros Los días del padre, Nivel Medio y Certificado de convivencia. Éste último acaba de cumplir diez años y se reedita por el sello que lo vio nacer, Recovecos. Para el autor, esta instancia "ha dependido de la voluntad del editor", aunque aclara que esa situación se puede aplicar a cualquiera de sus textos.

En el momento en que su libro dio el primer paso, allá por 2006, la crítica enseguida le puso un rótulo: lo que hace Gaiteri es "carveriano". Esa primera apreciación, dice Gaiteri, puede responder a que mantuvo cierta estética que en su momento era de peso, por esa antinomia que quedó entre los "realistas" y los "antirrealistas".

"A mí me causó un problema –confiesa–, porque esas etiquetas del Carver cordobés más bien sugerían \'el copión de Carver\'. Me pareció poco esfuerzo de la crítica, me hubiera gustado más que me digan el Chejov cordobés", bromea.

Hacia el universo Gaiteri

Si las biografías de los escritores alimentan la curiosidad sobre un autor, el repaso por la de Sergio no es una excepción. El preludio para recomendar algo de Gaiteri a veces se cimienta en su autodidactismo, otras en que vive en el medio del campo con su familia. O que corre kilómetros por día. Y que levantó la casa con sus manos.

–¿Por qué lo primero que se destacan son esas cosas?

–Para alimentar el morbo de los lectores. Es una construcción, el arte de la solapa, por eso pedí en esta reedición que sólo pusieran a qué me dedico, no quise esos datos de premios ni nada. Pero hay cosas que son inevitables, es cierto; vivo acá aislado, pero es parte de una decisión. A mí como lector me obsesionaban otras cosas de los autores: en qué momento empezaron a escribir, por ejemplo. No tengo mucho para alardear, a lo mejor exageré cierta cultura de la austeridad, pero no creo ser el único.

–Etiquetas como la del "Carver cordobés", ¿condicionan?

–Hay una corriente de escritura que más bien plantea incertidumbres y que no está sólo en Carver sino en muchos escritores, y eso fue una moda. Para la época, salió un libro que juntaba a la literatura joven de Córdoba (a la que llamaron algo así como realismo), aunque después se desinfló y pasó a ser inclusive como un defecto. Me parece que está bueno que el libro siga a pesar de eso, quiere decir que no estaba adherido a ninguna moda.

–¿Existe la crítica literaria en Córdoba?

–Pienso que sí. Me gustaría más crítica, con eso no tengo problema. Cuando este libro salió, la crítica del diario no fue tan buena y me pareció bien; el crítico estaba planteando su propia visión de la literatura y señalaba la moda del minimalismo. No coincido, pero, bueno, está en su derecho de pensar así. Me interesa que se pueda criticar, creo que tendría que haber, inclusive, más críticas negativas. A una presentación van los familiares y los amigos, pero alguien tiene que decirte si algo no está bien.

–¿Estamos dispuestos todos a aceptar la crítica?

–Es que tiene que ver con un sentido de saber qué estás haciendo. Mi libro es como un disco, tiene siete canciones y hay cuatro que están muy bien, y las otras están ahí completando el título. Y no está mal, porque me parece que la obra de un escritor también tiene sus vaivenes; textos que no son tan precisos. Creo que no está mal hacer textos que no sean perfectos, es parte de la creación. En el jazz, el tipo se equivoca y usa ese error para seguir la melodía, el error también puede ser aprovechado, me parece que uno de los problemas es querer hacer el laburo perfecto. Es algo frecuente, todos queremos hacer la novela o el libro de cuentos que cambie el eje de la historia de la literatura. Pero creo que cada uno tiene que escribir de acuerdo a sus ideales, a sus expectativas y a sus miedos.

–No pareciera que tu búsqueda es el reconocimiento.

–No, a esta altura, desgraciadamente, sé que no podría escribir otras cosas, como novela histórica o policial. Son caminos con sus reglas propias y las desconozco. Escribir tiene que ver con no apresurarse, yo sigo escribiendo, entre otras cosas: soy padre, escucho música, salgo a correr. Y es porque no vivo de eso, es la mirada del aficionado que va a pie.

El mundo de uno

–Se podría inferir que sos muy crítico con vos mismo, ¿cómo es tu relación con "Certificado de convivencia", una década después?

–Para la reedición revisé y cambié un par de comas. Podría haber modificado bastante, pero a eso lo escribí cuando tenía 30 años y es distinto a lo que escribo ahora, la respiración, la forma, las palabras. Me parece que hay que dejarlo como está. En general no leo lo que escribo si ya está publicado. Tengo que respetar cada decisión que tomé, es lo que podía hacer en ese momento.

–Y como lector, ¿sos crítico también?

–Siempre termino en autores que me provocan algo. Disfruto de la narración y no entro en la metaliteratura, prefiero disfrutar con cierta inocencia del espíritu narrativo. Y creo que al escribir hay que hacer eso, uno no tiene que estar ahí, eso es lo mejor que me pueden decir a mí, que pareciera que el texto se está contando solo.