Autoficción. Reseña de El jardinero y la muerte, libro de Gueorgui Gospodínov
El texto está armado a partir de notas escritas desde poco antes de que a su padre le diagnosticaran una enfermedad terminal hasta los meses posteriores a su fallecimiento.
Para los lectores hispanohablantes, el búlgaro Gueorgui Gospodínov empezó a ser conocido hace pocos años por las traducciones de Novela natural, Física de la tristeza y Las tempestálidas (de publicación original en 1999, en 2011 y en 2022, respectivamente), que integran una vasta obra junto con libros de poemas, relatos, ensayos, guiones cinematográficos, videoinstalaciones y novela gráfica.
El jardinero y la muerte está armado a partir de notas escritas desde poco antes de que a su padre le diagnosticaran una enfermedad terminal hasta los meses posteriores a su fallecimiento.
El autor escribe para homenajearlo y para honrar su memoria, pero también como refugio ante las duras e irreversibles señales del deterioro físico y de la agonía.
“Mi padre era jardinero. Ahora es jardín”, leemos en la primera línea. En ese espacio cotidiano había encontrado varios años antes –cuando enfermó de un cáncer del que luego se recuperó– una nueva posibilidad de vida: la entrega al trabajo con la tierra, el seguimiento del ciclo de la siembra y la cosecha, de la semilla y los frutos.
Con el paso del tiempo, esa dedicación y oficio se transformó en su lenguaje para comunicarse con los demás; sus palabras eran, precisamente, los frutos que veía crecer y que ofrecía: manzanas, cerezas, tomates, etcétera.
El hijo acompaña de cerca al enfermo: lo atiende, le acaricia las manos para aliviar el dolor, lo lleva al médico para los estudios y para ajustar las dosis de los medicamentos. Y, mientras tanto, anota en su cuaderno.
Las páginas reúnen historias y episodios de su progenitor –el narrador las llama “anécdotas de socorro” por su capacidad de paliar el sufrimiento–, pero también son un intento de sustraerse, siquiera momentáneamente, a la certeza de la orfandad que se aproxima.
En ese recorrido introspectivo, el enfermo reaparece como emblema de una época: un hombre que atravesó múltiples trabajos en la Bulgaria integrada a la Unión Soviética, que desplegaba pequeños gestos de resistencia frente a las directivas del Partido y que, junto con su esposa e hijos, debió mudarse reiteradamente a viviendas precarias.
Sin embargo, a pesar de las dificultades y de su mutismo –un signo de su generación–, poseía el don de generar situaciones cómicas e inesperadas para distender a su familia y amigos.
Gospodínov dice que contamos historias “para abrir otro pasillo paralelo donde el mundo y todos los que lo habitan estén en su sitio, para desviar la narración hacia otra hilera cuando la cosa se ponga peligrosa y la muerte se desborde, como el jardinero desvía el agua hacia la siguiente hilera de la huerta”.
Y así funciona El jardinero y la muerte, como un sendero alternativo para atenuar el impacto de lo irreversible. La escritura no puede modificar un desenlace, pero sí puede ofrecer un orden y una respiración, alivios momentáneos cuando el presente amenaza volverse pura intemperie.

Para leer El jardinero y la muerte
Gueorgui Gospodínov.
Traducción de María Vútova.
Editorial Impedimenta.
224 páginas.
2025.

