Reseña de “Turistas perdidos”: naufragio (de amor) con espectador
El fin de una relación y las señales que lo anuncian le dan cuerpo a la nueva novela del poeta y narrador argentino Gustavo Yuste.
Un monoambiente repleto de cajas sin abrir –menos una, de la que se extrae un portarretratos vacío– le otorga a Turistas perdidos la gélida escena primaria y algo así como el hilo de poesía fría para narrar en reversa el fin de una relación.
La novela de Gustavo Yuste (1992) empieza por el final, en un departamento lleno de ecos, y va en busca del origen del amor roto. De lo que se trata en el medio es de encontrar las cajas negras que puedan contar dónde empezó el accidente, en qué momento el vuelo se hizo caída.
Dos placas tectónicas que se separan. Una fisura invisible que preanuncia el desprendimiento de un iceberg del cuerpo gigante de un glaciar. Pululan las imágenes del desajuste que anuncia el declive.
Son tres capítulos. El primero se hace preguntas, lupea sueños y escenas del fracaso de los días junto a Martina, la gran ausente en el monoambiente donde la vida del narrador ha quedado guardada en cajas. La opacidad se va iluminado en el segundo capítulo, que avanza hacia atrás con recuerdos que acosan los fantasmas y los huecos de silencio cada vez más hondos, más anchos, hasta fundir en negro. El tercero es una noche de fiesta y encuentro, una madrugada de besos y risas en la que el tiempo se abría como una promesa.
Turistas perdidos es la historia de una ruptura, con instantáneas de lo que queda del naufragio, pero es sobre todo la búsqueda obsesiva de las señales del principio del fin. Hay más resignación que desesperación. Una pareja –dice amargamente esta novela– es un artefacto con obsolescencia programada, diseñado para fallar.

- Turistas perdidos. Gustavo Yuste. Ediciones B. 139 páginas. $ 3.699.

