Reseña de “El corazón del daño”: la lengua (madre) que la parió
En “El corazón del daño”, ajuste de cuentas con la figura de la madre, María Negroni rompe el formato convencional de la novela con ráfagas de poesía y una escritura fulgurante.
“Mi madre era la dueña del lenguaje”, se lee en uno de los pasadizos entre la escritura y la vida que El corazón del daño deja ver, aunque en la nueva novela de María Negroni, como en otros episodios de una obra sofisticada, exigente y con momentos deslumbrantes, el vínculo entre lo real y la literatura se quema en el aire chispeante de palabras que vuelan hacia algo que siempre se escapa.
No hay ningún afán de atenerse a los hechos. Lo que hay es un impulso oscuro de meter la lengua en las llamas y de hallar las cosas que no encuentran fácilmente su nombre, mientras siguen quemando.
La poeta y ensayista rosarina, autora de Museo negro, El arte del error y Pequeño mundo ilustrado, entre otros títulos, es una rara avis del campo literario argentino, en el que se ha movido con una libertad de gustos delicados, manteniendo su escritura a buena distancia de las modas y los mandatos de época.
En El corazón del daño construye una novela de trama escurridiza, una novela casi sin novela, que se arma con ráfagas de intensidades y fulgores poéticos, sin condescender a los hilos narrativos convencionales, y que pese al desinterés por contar, hace surgir escenas: una infancia imantada y a la vez rota por el influjo materno, una juventud de militancia setentista, hijos y pareja, emigración elegida a Nueva York y regreso a desgano, preferencias y repudios en materia literaria.
El material autobiográfico, que se deja leer como si se viera el paisaje de una vida a través de un vidrio empañado, queda adulterado y se convierte en pura energía lingüística y ejercicio de invención. El epígrafe de Clarice Lispector que reina al inicio de El corazón del daño es una pista y también podría ser una definición de la poética del libro: “Voy a crear lo que me sucedió”.
La escritura ensaya merodeos en torno a inquinas incurables (“La literatura es una forma elegante del rencor”, se jacta la novela), fisuras psíquicas abiertas para siempre, reproches que brotan como flores del mal ineludibles. El corazón del daño es, en última instancia, una pregunta inmensa dirigida a la lengua materna (tajante, sibilina) y al cuerpo de la progenitora (ajeno, distante), a la madre que la parió, en una suerte de Carta al padre kafkiana llevada hacia un confín en el que el monólogo atormentado y el cuento gótico se tramaran para construir algún género inaudito.
Para que se entienda la tensión que circula, Negroni elabora un pequeño catálogo de madres letales y relaciones envenenadas, agravadas por el vínculo (hoy diríamos tóxicas), que incluye pasajes de Pizarnik, Camus y Simone de Beauvoir, y que cierra con una cita de Stendhal: “He amado a mi madre con una pasión criminal”.
El corazón del daño, pese a todo lo dicho, es también un libro hecho para perdonar, un mapa agujereado pero legible para reconocer por dónde circulan las fuerzas dañinas que la madre poseía, y de las cuales hacía uso y abuso. Y es, asimismo, un salto al vacío.
Por eso se escribe, diría Negroni. Para averiguar si es posible tejer una cuerda de palabras y caminar sobre un abismo. Para bailar en el fuego de lo desconocido.

- El corazón del daño. María Negroni. Literatura Random House. 146 páginas. $ 1.600.

