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Reseña de "Diarios del capitán Hipólito Parrilla": Una voz entre dos mundos

El actor Rafael Spregelburd, que encarnó en la película Zama al capitán Hipólito Parrilla, escribió un diario de rodaje en el que cuenta lo que iba sucediendo desde la conciencia de su personaje.

06 de mayo de 2019 a las 11:00 a. m.
Gustavo Pablos
Reseña de "Diarios del capitán Hipólito Parrilla": Una voz entre dos mundos
Rafael Spregelburd, como Hipólito Parrilla, en una escena de "Zama"

Un año y medio atrás, cuando Lucrecia Martel estrenó la película Zama, inspirada en la novela de Antonio Di Benedetto, se produjo gran expectativa entre críticos y espectadores.

A los motivos propios de la recepción se sumaron otros vinculados a las dificultades que había tenido el proyecto para su realización: la película estaba basada en una novela a la que un único director se le había animado pero sin llegar al fin, fue filmada en locaciones con un paisaje y un clima hostil, y, además, habían contado con un presupuesto por debajo de las necesidades.

Sin embargo, al estreno y a la gira por diversos festivales del mundo les seguirían otros episodios.

Meses después, la narradora Selva Almada, que acompañó al equipo durante el rodaje, publicó El mono en el remolino, libro que recoge aspectos de esa experiencia.

Pero no fue la única, lo mismo hizo Rafael Spregelburd en Diarios del capitán Hipólito Parrilla. El actor, encargado de interpretar a un personaje secundario, debía estar disponible gran parte de las horas, en un paisaje inhóspito, rodeado de pajonales y extensos lechos de barro, aunque la directora sólo lo convocara en momentos específicos.

Incentivado por la desmesura del lugar, así como por las situaciones y los vaivenes del trabajo, decidió hacer el ejercicio de escribir a la noche, ya en el hotel, las impresiones de la jornada.

Pero la novedad es que buscó un camino poco convencional: decidió contar lo que iba sucediendo desde la conciencia de su personaje, Hipólito Parrilla.

La voz que narra flota entre el presente de la historia y el de la filmación, por momentos confundiendo ambos planos, y en un registro que va y viene de la parodia al juego, del arcaísmo al destello poético.

En uno de los fragmentos, un día en que no hay rodaje, el narrador consigna: “Es domingo, el día en que todo se detiene para agregarle a Dios alguna vela. Así que se detiene la impostura. Nadie trabajo. No trabaja tampoco el fétido pantano. Y yo, hecho sólo conciencia, sin materia, no puedo ser Parrilla. Me explicará mejor, a ver si puedo: en esta suspensión de mis andanzas, fantaseo con que hay otro que hace de mí y que representa mis desgracias”.

A pesar de que en el epílogo el autor advierte sobre el carácter algo cerrado de su proyecto, que considera básicamente una broma para ser disfrutada por sus compañeros, la lectura dice lo contrario.

Se trata de una narración intensa y hermosa que, entre otras cosas, revela una particular forma de apropiación de ese mundo fascinante y extraño al que lo habían arrojado la directora, el guion, la novela original, y todo el equipo de filmación.

Rafael Spregelburd

Editorial Entropía

Buenos Aires

136 páginas

$ 370