Bajorrelieve. Rescatando anécdotas

En la Córdoba colonial, esclavos africanos encontraron formas de autonomía: gestionaron tiendas, ejercieron oficios prohibidos y desafiaron la autoridad.

12 de julio de 2026 a las 09:52 a. m.
Rescatando anécdotas
Mario Rufer, escritor.

Lo que voy a relatarles hoy es más anecdótico que histórico, pero no pondría las manos en el fuego por lo uno o por lo otro, aunque hable a nuestro favor el cariño por estas crónicas.

Les recordaré a los mayores y les contaré a los más jóvenes algunas viejas historias, como aquella de unos esclavos de nuestras serranías que eran cuatreros con la aprobación del amo, con quien compartían ganancias. Según leí, estas bandas estaban muy bien organizadas, con caminos en el monte que sólo ellos, o muy pocos, conocían, y hasta barrancas y cuevas –a las que llamaban "hornos"– donde conservaban la carne del animal faenado.

Según deduje, al parecer y en general, estos esclavos gozaban –y se comportaban– con mucha libertad en sus hazañas, dando ganancia al vecino y esquivando los impuestos del rey o de los empleados de la Corona.

Otro dato muy interesante que encontré a través de un escritor desconocido por mí, que figura con el nombre de Mario Rufer, es que los oficios a los que se dedicaban mayoritariamente los africanos no eran sólo de zapateros, de labradores, de cordoneros, sino que también estaban aquellos que se contrataban para hacer embrujos, sortilegios o preparados, ya fuera para curar o para molestar a alguien.

La mayoría de ellos eran muy hábiles fabricando ungüentos para todo tipo de males, ya fuera del cuerpo o del alma, y muy especialmente por sus pócimas sanadoras, lo mismo que en la imposición de manos, ya a sabiendas de sus dueños o a escondidas de ellos.

Es conocido el caso de un negocio muy importante en Córdoba, a principios del siglo XVIII, propiedad de la familia Noble y Canelas, de conocida relevancia social, que tenía una importante tienda de ultramarinos que regenteaba una de sus esclavas, llamada Gregoria.

Ella atendía a los clientes, cuando se encontraban ellos en la ciudad o de viaje de negocios en otras provincias, y estaba autorizada a comprar al por mayor los llamados “bienes de Castilla” –artículos que venían de España– a comerciantes porteños o de otros lares. Es decir, tenía bajo su control una de las tiendas más importantes de una de las ciudades más importantes del país.

Ahí no termina la cosa: su otrora amante –un negro imponente, llamado Rocha– también es un ejemplo que, supongo, desconcierta a los estudiosos de la esclavitud en nuestras tierras; era esclavo nada menos que del arcediano de la Catedral, don Luis Mesina Laso de la Vega, que lo dejaba libre para que trabajara de zapatero, entregando a su amo un porcentaje de lo que ganaba.

Al parecer, Rocha era, además, hechicero y polvillista, un oficio muy lucrativo por entonces, pues preparaba un polvo muy fino que se hacía del mejor tabaco del mercado –supongo que una especie de rapé– y que se vendía y se obsequiaba a personas de importancia, como autoridades civiles o religiosas.

Había dos calidades en Córdoba, el llamado sevillano, que venía de España, y el peruano, paraguayo o cordobés, este último traído de las plantaciones de nuestras sierras.

Rocha fabricaba un polvillo muy bueno y con ese trabajo prohibido dañaba el negocio del gobierno español ayudando al comerciante criollo: ganaba mucho y a él se lo consideraba mano de obra especializada, ya que luego, en un juicio que se le inició, fue tratado con toda consideración por sus jueces. Era especialista en polvos mágicos, y también en tinturas para teñir telas… y las canas: todo lo vendía la negra Gregoria sin que el comisario de la Inquisición, al parecer, interviniera, en la tienda de Noble y Canelas.

Entre otras cosas interesantes, he encontrado varios testimonios que muestran que hubo otros casos parecidos, en que también los africanos ascendieron a capataces de estancia, mandando sobre peones indios y a veces, según la circunstancia, de criollos..

Estas historias suelo encontrarlas en libritos comprados en librerías de usados –hoy, por internet– que componen una amena biblioteca de cosas de antaño que vamos rescatando de aquellos –casi siempre varones– que, con buena prosa y nuestro consabido sentido del humor, nos acercaron estas historias en sus frágiles páginas.

Son libros olvidados escritos por vecinos inquietos que nos dejaron esas lindas anécdotas que nos hablan del vivir y del morir en nuestra amada ciudad.