Por qué escuchar a Jean-Michel Jarre
El artista acaba de publicar Oxygene 3, la tercera parte de su saga sonora iniciada a mediados de la década de 1970, cuando los sintetizadores eran una extravagancia.
Jean-Michel Jarre fue uno de los primeros artistas que llevó la música electrónica al concepto de espectáculo, con sus recordadas puestas en escena llenas de luces de colores, una influencia muy notoria en otros artistas que seguirían caminos parecidos. En eso mucho tuvo que ver Oxygene (1976), el disco que lo volvió mundialmente reconocido. Por aquellos años, una música manufacturada con teclados y sintetizadores modulares era una novedad extravagante, más propia de la música ambiental que de cualquier expresión radiofónica. Sin embargo, podría decirse que el éxito de Oxygene predijo el actual destino masivo de la electrónica.
Después de casi una década de silencio discográfico, Jarre planteó un regreso grandilocuente, a tono con sus ambiciones. En 2015 editó Electronica 1: The time machine, un álbum de colaboraciones, y pocos meses después vio la luz la segunda parte, Electronica 2: The heart of noise, también con varios invitados de peso (incluido el mismísimo Edward Snowden). Pero no dio demasiado tiempo para procesarlos, porque a fines del año pasado volvió a las bateas con Oxygen 3, una nueva pieza de su saga sonora iniciada en la década de 1970.
En las liner notes del disco, Jarre cuenta que buscó recrear el espíritu original de este trabajo, de modo que utilizó muchos instrumentos originales de esos años, más allá de alguna que otra herramienta actual, como una Macbook Pro. Ya había hecho algo similar en 1997, cuando publicó Oxygene 2, a 20 años de la edición de la primera parte.
Debieron pasar otras dos décadas para este Oxygene 3, que muestra a Jarre con sus yeites intactos: un álbum conceptual de synthpop, con momentos calmos y otros más agitados, llenos de épica y melancolía y casi sin patrones rítmicos explícitos, como la banda sonora de un viaje interestelar.
Por otra parte, Oxygene 3 plantea una situación curiosa. Así como en 1976 esa música representaba una visión sonora del futuro –cosa que, con el calendario de nuestro lado, vaticinó con bastante exactitud–, escuchar ese estilo hoy, 40 años después, parece un ejercicio nostálgico, impregnado de un filtro sepia, como esos que se usan en Instagram para simular el pasado.
Con su sello inconfundible, Jarre reversiona en clave musical el dilema borgeano de Pierre Menard: cada expresión artística tiene su tradición cultural y temporal.

