Artes. Pat Andrea, un pintor holandés suelto en Córdoba
Las ciudades suelen esconder tesoros ocultos que pasan desapercibidos. Casi sin querer, Córdoba ha sumado una importante joya a su patrimonio cultural que sin demasiada ostentación ocupa un ala lateral del Chateau-CAC.
El año pasado, Pat Andrea andaba por una de sus habituales visitas por Córdoba. El director del Chateau-CAC Juan Pagano lo invitó a visitar el museo porque desde hace años sueña con organizar una gran muestra con sus obras, pero la falta de presupuesto para logística y seguro hizo imposible realizarla. En un arranque de justicia poética, honor desaforado y gratitud excelsa, Pat propuso hacer un mural.
Pat Andrea es un pintor holandés que tiene su taller en París, La Haya y Buenos Aires y mantiene desde hace años una cercana relación con Argentina, en 1978 conoció en Mendoza a Cristina Ruiz Guiñazú, que vivió su adolescencia en Córdoba, se fueron a París, se casaron y tuvieron dos hijos. Pat atesora muchos recuerdos de esta ciudad a la que siempre vuelve a comer asado con amigos.
Cuando llega al Chateau-CAC lo espera Juan Pagano que abre las puertas para ver el mural, de más de doce metros de largo por cuatro de alto. A sus 83 años, Pat Andrea se mueve con agilidad, a pesar de que hace unos días antes se cayó en los canales congelados de Holanda mientras patinaba con sus nietos.
“Mientras realizaba el mural la gente se acercaba para mirarlo subirse a los andamios” se ríe Pagano. El mural se compone de personajes voladores, como ensoñados paseantes con un tinte surrealista, las grandes cabezas pegadas a las piernas, los ojos vivos y expresivos marcados por la sutileza de las líneas, negras y grises de distinta densidad y peso, un búho dejando caer dos plumitas, un tortugo mirando la escena de amor central.
−Se te ve que estás muy activo como para hacer un mural así.
−El descanso no existe en el artista. Me sentí muy yo pintando este mural, que es una oda al amor. La obra central es una mujer que está tan enamorada que sólo es cabeza. Pero en los últimos años me doy cuenta de que estoy viejo y hay cosas que son más difíciles. Siempre con las ganas de seguir pintando y dibujando. Ahora tengo una propuesta de hacer una escultura en una bodega en San Juan y en mi estudio tengo muchos dibujos grandes casi listos para una exposición en Bruselas y en Atenas.

−¿Cómo se sigue inspirando un artista cuando tiene una obra tan admirada?
−Siempre digo que no hay límites, no soy un pintor reiterativo, siempre cambio de sujeto, de estilo, me encanta hacer cosas diferentes. Pertenezco a lo que se llama “insider artist”, con formación académica moviéndome dentro del circuito artístico establecido. Sabemos todo del arte y cómo funciona. Hay que mostrarse totalmente dispuesto para hacer cosas con convicción, pero también hay algo en la vejez, porque te das cuenta de que quieres cambiar o hacer cosas diferentes y ya no es tan fácil. Todo me lleva más tiempo y eso es una sensación nueva para mí.
−¿Qué reflexión te deja tu carrera en perspectiva pensando en tu llegada a Argentina?
−Pienso que aún estoy en medio de la carrera. La aventura argentina fue de puro azar, no había un interés especial salvo por el atractivo del Che Guevara. Llegué a Argentina de parte de un coleccionista belga al que le robaron obras muy importantes que fueron encontrados en un chalet en Córdoba. Y recuperar esas obras era complicado. Tomé el avión y llegué justo el día después del golpe del 76. La situación era terrible, pero decidí quedarme y vivir eso. La época de la dictadura fue muy rara porque hice una exposición aún con la censura. Nos decían que era riesgoso exponer y yo lo hice de pretencioso, pero también porque no había ninguna exposición de artistas extranjeros en Argentina. Ayudé a gente a salir del país. Me hice muy amigo de Guillermo Roux e impulsé a Guillermo Kuitca a hacer su primera exposición fuera de Argentina. Era un artista totalmente desconocido y me siento muy orgulloso de haberlo descubierto y ahora es la gran estrella del arte argentino. Mi contacto con Argentina fue muy importante, hoy la prensa me considera el más argentino de los holandeses, más que Máxima.

−En esa época aparece el cuchillo en tus obras, un signo muy político en la cultura argentina
−Es el arma con el que los problemas entre dos personas se arreglan, el signo viril de los gauchos. Me inspiré en una milonga de D´Arienzo para hacer una serie de 34 dibujos. Hacía falta un texto y había que buscar un escritor argentino. En ese momento era Borges, pero ya estaba ciego y no podía inspirarse en los cuadros. Finalmente llegamos a Cortázar en París, le gustaron mucho los dibujos y en lugar de hacer sólo la introducción ofreció el cuento “La Puñalada”.
−Tu obra oscila entre la inocencia infantil y cierta malicia surrealista…
−La idea mía de la tête-jambe (cabeza-pierna) entró en mi pintura en la juventud. Destruí muchos dibujos porque no me gustaron, pero guardaba partes que me gustaban. Así que tenía una colección de piernas y de cabezas y un día las empecé a unir. Y generó un fuerte impacto en el público. Y claro que hay cierto aspecto infantil en eso, como cuando los niños empiezan a dibujar hacen una cabeza sobre las piernas.

−Pero también hay una la tensión sexual entre las bocas y las entrepiernas..
−Mi éxito temprano fue el de no tener miedo de mostrar el sexo, la atracción y los órganos sexuales. Nada de vergüenza y pienso que eso fue natural y fue reconocido por el público. Era más sensual que provocativo. Además, son como personajes de historieta.
−Todo eso se refleja en este mural.
−Vengo haciendo obras muy grandes, me seduce el tamaño. En Córdoba quería hacer una exposición con mis obras, pero no había dinero. Así que la escasez económica derivó en la idea loca de que me ofrecieran este muro. Así que quedó como un regalo mío a Córdoba. Y así se ofrece un atractivo permanente en el museo, no una muestra que después se desarma. Esto queda para siempre.

