Fotografía. Un nuevo libro va tras las huellas de Sergio Larraín
Cultura. La periodista chilena Catalina Mena pasó por Córdoba para presentar su libro Sergio Larraín, la foto perdida en el Palacio Dionisi y en el CCC. Sobrina del gran fotógrafo, habla del legado de Larraín y de sus vínculos familiares.
Una niña que sube una escalera, con un vestido suelto y corte carré, y en espejo, otra niña que baja, como una escenografía delicada y melancólica, la mecánica de la foto tiene en aura especia.
La transparencia de la imagen y la inquietud del movimiento, detenido en el exacto momento de la correlación, en el preciso instante en el que la vaguedad de la mirada es capaz de detenerse y recibir la realidad que se congela en una foto que pasará a la eternidad.

El fotógrafo que tomó esa imagen fue Sergio Larraín, artista chileno evasivo y misterioso, que fue uno de los más jóvenes y el primer fotógrafo latinoamericano integrante de la célebre agencia Magnum fundada por Henri Cartier Bresson, que después de unos años dejó la agencia y se autoexilió en un pequeño pueblo perdido en el desierto y desolado norte de Chile.
La obra de Sergio Larraín es una de las más célebres de la historia de la fotografía: envuelta en misterio, en una desaforada calma sutil y misteriosa, pero también una de las mas secretas y menos conocidas.
Nacido en una familia burguesa de la clase alta de Chile, su padre, que se llamaba igual que él, era un célebre arquitecto y coleccionista de arte que armó el museo de Arte Precolombino, envió a su hijo a estudiar a Estados Unidos.
Una tragedia familiar, la muerte del hermano pequeño, lo hizo regresar, y el carácter melancólico y rebelde lo puso en contra de su familia y lo llevó a vagar por las zonas mas inhóspitas de Santiago de Chile y en especial de Valparaíso, en donde su deambular por los barrios más pobres y las riberas del río Mapocho lo pusieron en contacto con la pobreza más abyecta de la que empezó a extraer imágenes sensibles llenas de una poesía extraña.
Esas fotos llegaron a Cartier Bresson que quedó fascinado con el estilo de mirar de Larraín, y lo invitó a unirse a Magnum y lanzaron su nombre al mundo. Y de pronto desapareció y comenzó el mito Larraín, el huraño y fascinante fotógrafo que dejó la agencia de las estrellas de la fotografía y de quien no se supo más nada. Aún cuando el siguió fotografiando y escribiendo, abandonado por sí mismo en el desierto, plantando árboles, haciendo meditación, ayudando a la gente pobre de esos pueblos perdidos.

Cuestiones familiares
Catalina Mena es periodista e investigadora, sobrina de Sergio Larraín y estuvo en Córdoba dictando una serie de charlas en el Museo Dionisi y en el Centro Cultural Córdoba sobre la vida y obra del fotógrafo chileno.
A pesar de los cercanos lazos familiares (Sergio es hermano de su mamá) Catalina señala que nunca tuvo contacto directo con su tío y que su nombre era como una especie de murmullo y su vida un tema nada deseable de desentrañar dentro del ámbito familiar.
El misterio que rodea la existencia de Sergio Larraín era como una oscura mancha para el prestigio familiar. Eso llevó a Catalina a una extensa investigación que la llevó a rastrear el pueblo en el que vivió exiliado, los suburbios de Santiago y Valparaíso en los que fotografió hasta los archivos de Magnum en París en donde quedó guardada y olvidada gran parte de su obra.
−Escribiste antes sobre Pedro Lemebel y después sobre Sergio Larraín. ¿Que encontrás en esas figuras como para dedicarles una investigación tan exhaustiva?
−Lo que me fascina de estos artistas es la parábola biográfica, en el sentido de la parábola de clase. Los dos están en las antípodas, Lemebel sale del margen total, viene de la clase popular más baja y se crió a la orilla de un canal hediondo y lleno de basura y terminó codeándose con la burguesía ilustrada chilena, y Sergio Larraín es lo contrario, viene de la alta burguesía chilena y se retira, se pierde en medio del desierto del norte de Chile. Ambos se interesan por los excluidos y desclasados.. Trabajé como periodista y siempre me interesaron esas parábolas biográficas, esas personas que nacen en un lugar y terminan en otro. Mientras hacía la curaduría del Festival Internacional de fotografía de Valparaíso, y en el camino me crucé con la obra de Larraín, que era mi tío pero de quien no se hablaba en la familia. Cuando muere su obra empezó a ser revalorizada en Chile, porque en Europa era conocido por haber trabajado en Magnum, pero en su patria no era conocido. En el fondo fue alguien que tenía una cuestión psicológica muy complicada. Se decía en la familia por lo bajo que había tenido un brote psicótico, que había tratado de suicidarse, era una persona complicada. Pero en realidad tenía una búsqueda existencial muy profunda.
"Esa historia la cuento en mi libro Sergio Larraín la foto perdida, en la que cuento la historia. Hay que pensar en la época, el nació en 1931 y empezó a fotografiar desde muy joven y desarrolla gran parte de su carrera en los años 50 y los 60. Una época no sólo de grandes fotógrafos sino también de los movimientos espirituales, muy efervescente, en la que el crece en esta familia burguesa tradicional y empieza esta búsqueda. Se va a vivir a las montañas, anda descalzo y se dedica al yoga y la meditación. Y empieza a hacer las primeras fotos de los niños en el río Mapocho, que tiene una significación muy profunda para Chile. Se fascina con la pobreza y con el puerto de Valparaíso", dice la periodista.
Y luego sigue: "Esas fotos llegan al MoMa y luego a Cartier Bresson que lo invita a formar parte de Magnum. Hizo reportajes muy famosos como el reportaje al jefe de la mafia siciliana, pero era tímido y retraído. Pero no soporta ese tipo de trabajos y renuncia y se vuelve a Chile y empieza a experimentar con LSD y una búsqueda espiritual muy personal. Se va vivir a las montañas del Limarí en el norte de Chile y pierde todo contacto con la familia. Por eso nunca lo ví".
Mena asegura que tuvo que reconstruir toda su historia desde cero y por eso el libro se llama La Foto perdida.

"En Magnum hizo muchas fotos, lo respetaban mucho, Cartier Bresson, Joseph Kudelka, Martin Parr lo admiraban. Y luego siguió fotografiando obras que quedaron guardadas en cajones. Y ahí se convirtió en un mito, porque desapareció y muchos años después, en la década del 80, la directora de ese momento Agnès Sire se encontró con todo este material, y se empezaron a editar libros en Europa con su obra. Pero en Chile no hay nada, porque todo quedó en Francia", agrega.
Hacía pintura, escribió libros de poesía y pensamientos, daba clases de yoga en la plaza del pueblo: "Eso la gente no lo sabe y es lo que trato de reflejar en el libro y en la divulgación de su vida. Porque no es sólo un fotógrafo sino todo un personaje complejo".
La escritora dice que en los escritos del fotógrafo puede observarse su idea de que la imagen es algo que aparece, no algo que se toma: "Te sientas a esperar a que aparezca y hay que estar en un estado receptivo, el satori. Habla mucho de vagar, de sentarse a esperar, no con la idea del reportero sino algo más espiritual, estar disponible y despierto y recibir como superficie sensible, estar receptivo a una imagen que aparece. Esa era su idea de la fotografía".

